lunes, 19 de noviembre de 2007

En el día de la puertorriqueñidad rindo homenaje a Don Diego de Torres Vargas

Esta es Señora una pequeña islilla
falta de bastimentos y dineros,
andan los negros como en ésa en cueros
y hay más gente en la cárcel de Sevilla
(Fragmento del soneto de la "Carta-relación" del Obispo Fray Damián López de Haro, 1644)

Hace varios años una vecina me llamó indignada por una conferencia que había escuchado en la Casa de España la noche antes. Me contó que un profesor español había “despotricado” contra Don Diego de Torres y Vargas y que de paso había insultado a los escritores e historiadores puertorriqueños. Según ella, ese profesor decía que no era cierto lo que habían dicho los historiadores puertorriqueños sobre el famoso canónigo en cuanto a que hubiese sido secretario de Don Damián López de Haro y por tanto que no era posible que hubiese conocido el contenido de la famosa “Carta-relación” de este obispo. Lo que más rabia le dio fue no poderle contestar porque ella no sabía exactamente de qué rayos hablaba el conferenciante. Por eso la llamada, para que yo la ilustrara y poder reaccionar mediante carta o para al menos estar preparada para la próxima vez que viniera esa persona a hablarle al grupo en esa institución. Era obvio que sentía que su “puertorriqueñidad” había sido agredida y lo que más le ofendía era que el que se atreviera hacerlo no fuese puertorriqueño. Demás está decir que me transmitió el coraje y procedí a prepararle un escrito resumiendo lo que conocía entonces sobre la famosa controversia entre ambos escritores del siglo diecisiete.

Tiempo después fui invitada por Don Ricardo Alegría a ofrecer el curso introductorio sobre Historia de Puerto Rico a nivel de maestría en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Para preparar el prontuario me adentré en la Internet para buscar materiales recientes y me dio por buscar bajo el nombre de Don Diego de Torres y Vargas. Para mi sorpresa encontré el título: “¿Fue el canónigo Diego de Torres y Vargas secretario del obispo Don Damián López de Haro?” y por fin conocí el nombre del profesor que tanto había consternado a mi amiga: Dr. Pío Medrano Herrero. La lectura de ese artículo me provocó tanto coraje como a mi amiga. No porque el contenido estuviese errado. No cabe duda alguna de que prueba que nuestro canónigo no fue secretario del obispo aunque difiero de la conclusión a la que llega de que por tanto no pudo haber sabido el contenido de la “Carta-relación”. El problema es el tono utilizado por el autor.

El Dr. Medrano Herrero comienza con un largo listado de escritores puertorriqueños a los cuales acusa de no haber hecho investigación suficiente por haber afirmado durante un siglo que Torres y Vargas fue secretario de López de Haro y que por tanto tuvo conocimiento de la “Carta-relación” la cual refuta en su “Descripción de la isla y ciudad de Puerto Rico” varios años después. Al demostrar que no lo fue concluye que “con ello se desmorona todo el tinglado, carente de bases y sentido, montado en la historiografía puertorriqueña sobre la secretaría episcopal a cargo de don Diego”. ¿Era necesario el uso de “tinglado”? ¿Porqué ese tono de prepotencia?

La curiosidad por saber la razón para esa reacción de este autor me llevó a leer el libro que le publicó Plaza Mayor bajo el título de Don Damián López de Haro y don Diego de Torres y Vargas, dos figuras del Puerto Rico Barroco. En el título lucen iguales pero en el contenido el autor cae en lo mismo que critica pues su antipatía hacia el criollo le hace buscar todo lo que pueda para hacer decaer su figura en contraposición con el obispo toledano a quien tanto admira.

En la Introducción al libro Pío Medrano parte del hecho cierto de que fray Damián ha tenido “mala prensa en la historiografía puertorriqueña debido al contenido de su “Carta-relación de 1644” mientras que la figura de don Diego “tal vez se haya mitificado”. Medrano además dice que ha tratado de “evitar los juicios subjetivos para no caer en lo que se critica” (lo cual no logra) y que se ha “esmerado en probar todo lo que digo” (lo cual logra a medias).

Lo malo es que aprovecha para atacar a los historiadores puertorriqueños de quienes duda que puedan hacer una crítica científica” (¿no sabe que ya el positivismo se superó?) de López de Haro, sin dejarse “llevar de desahogos emotivos y de resentimientos, reflejo de un fanatismo trasnochado, un subjetivismo a ultranza y una ignorancia supina”. Como si no fuese suficiente el exabrupto (¿y no y que iba a evitar “juicios subjetivos”?) en la nota al calce cita a Huerga cuando dice que “hay historiadores que escriben a golpe de prejuicios, en vez de hacerlo a enjundia de documentos” y entre esos escritos se encuentran los “asertos calamitosos y miopes” de Jalil Sued Badillo (p.122, nota 324). Al hacer suya esa frase está insultando a uno de los más importantes historiadores puertorriqueños, al cual debemos una nueva mirada a la historiografía sobre el tema de la esclavitud y del Puerto Rico negro, mucho más importante que si hubo equivocación al adjudicar una secretaría o unas fechas por encima de otras (como por ejemplo el año en que murió Torres y Vargas que usa Medrano para caerle encima a Coll y Toste por ser la fuente de la “patraña” de dar una fecha errónea).

La segunda parte del libro, la más larga, está dedicada enteramente a don Diego de Torres y Vargas. Es una pena que el prejuicio hacia el canónigo criollo, tan evidente en el autor (por más que lo trate de disimular), desmerezca ante los lectores nacidos en esta patria, el mérito de tanta documentación inédita que se incluye (y que el autor no repara en señalar que algunos de éstos tendrán que incluirse en futuros libros). Como historiadora aprecio sobre todo las cartas (páginas 255-278) que contribuyen a ampliar nuestros conocimientos sobre la situación de San Juan y de la isla entera en la segunda mitad del siglo diecisiete.

El prejuicio hacia Torres y Vargas comienza desde que tiene que aceptar que el prelado nació en Puerto Rico pues “parece difícil negarlo según los datos de que disponemos” (p.131). ¿Y porqué habría que negarlo? Da la impresión de que hurgó en los documentos para ver si podía probar que no era criollo pues eso sí hubiese sido escandaloso. Lo próximo es criticar a todos los escritores e historiadores puertorriqueños, de la talla de Isabel Gutiérrez del Arroyo, que han usado el término “puertorriqueño” en lugar de “criollo” al referirse a don Diego. Francisco Scarano se salva, pero en la cita en la que Medrano expande la alusión al texto de este historiador lo critica por “exagerar el grado de nobleza del canónigo”. Medrano aclara que don Diego no proviene de una familia criolla (puesto que el padre nació en La Mancha) pero le molesta lo de “prominente”. Concluye con el despectivo: “Don Diego no pasó de ser un hidalgo corriente”.

Alude entonces a otra de las aseveraciones que han hecho muchos escritores en el sentido de adjudicar a don Diego el haber sido el primero en referirse a Puerto Rico como “la patria”. Aparte de que prueba que no es cierto de que fue el primero (pues fue Juan Ponce de León II quien lo hizo en 1579), pasa entonces a tratar de probar que no pudo ser Puerto Rico “la patria” a la que se refiere don Diego. Esto no lo logra por más que intenta con varios ejemplos y definiciones con los que no convence. Asegura además que en el siglo diecisiete no había distinción entre peninsulares y criollos. Si no la había, ¿porqué la prohibición de que se reclutaran soldados nacidos aquí para la guarnición del Morro? Fue precisamente en 1650 que, según relata Salvador Brau en su Historia, el Rey regañó al gobernador Riva Agüero por haber reclutado naturales, con todo y que lo hizo para evitar que todos los soldados fuesen portugueses y por tanto desleales a España.

Pasa entonces a trazar toda la ruta de don Diego a partir de sus estudios en Salamanca hasta su regreso a Puerto Rico en 1642 luego de ser nombrado canónigo de la Catedral de San Juan por Felipe IV. Sin embargo, hay un empeño en desmerecer al canónigo puertorriqueño (para acabar con lo que llama la “idealización” que los historiadores puertorriqueños han hecho de la figura de don Diego) a todo lo largo de su escrito enfatizando siempre su ambición y su búsqueda de riquezas para concluir, en una nota al calce, que la “verdad histórica es que no fue ni tan santo, ni tan humilde, ni tan decidido, como ya hemos visto” (p.269, nota 373). Por supuesto, siempre para contrastar con la maravilla que fue don Damián.

El título de uno de los capítulos es “Breve historia de una soberana reprimenda” y se refiere a una instancia en que don Diego procedió en contra de lo establecido por la propia Corona y se llevó un regaño de Felipe IV. Al explicarse la actuación de Torres y Vargas Medrano dice reconocer “la astucia y habilidad de nuestro personaje” porque “pensando en un futuro personal más prometedor, se lavó las manos en el asunto y, en esa ingrata encrucijada, arrancó por la vía de en medio”.(p.225). Los que somos de aquí nos reconocemos en don Diego pues su actuación fue una de las tantas tácticas de resistencia desarrolladas por nuestro pueblo a lo largo de cinco siglos de coloniaje.

No cabe duda de que Pío Medrano prueba, a base de documentación hasta ahora desconocida, que es un error continuar afirmando que Torres y Vargas fue secretario de López de Haro pues el obispo toledano trajo consigo a su secretario en la persona de Sebastián de Avellaneda, el “religioso” que menciona en su “Carta-relación..” Sin embargo sus tajantes conclusiones no se desprenden de su gran descubrimiento.
¿Cómo puede afirmar categóricamente que “no existe ni el más mínimo indicio” de que don Diego pudo haber leído la Carta-relación? Pero asumiendo que no la hubiese leído, eso no lleva a la conclusión de que no pudo enterarse del contenido de otra manera.

En primer lugar el canónigo estaba muy cercano al Obispo en la catedral como para no darse cuenta de la actitud prepotente del toledano, que no debe haber ocultado el disgusto de estar en una diócesis muy poca cosa para él. Torres y Vargas en su Descripción alude a dos escritos del obispo: uno sobre los resultados del Sínodo Diocesano y una carta que López de Haro había enviado al Papa en 1646 sobre los problemas de los indios en la Margarita, provincia que estaba bajo el obispado de San Juan y donde en ese momento se encontraba el obispo. No es de extrañar que de la misma manera que supo el contenido de esta carta pudo haberse enterado de la anterior a Díez de la Calle.

En segundo lugar, hay una relación entre Díez de la Calle y la obra de ambos autores. Este secretario de la Nueva España en el Consejo de Indias publicó en 1646 una obra en la cual usa los datos suministrados por López de Haro en su Carta-Relación. Torres y Vargas la había leído pues comenta que falta una referencia en particular. Pero más aún, en el addenda al final de su Descripción, Torres y Vargas dice que va a incluir “algunas cosas que el Señor Secretario, Juan Diez de la Calle y el Maestro Gil González, avisaron iba falta la que llegó a sus manos, de esta Isla de Puerto Rico,y de los anexos de este obispado”. Si la persona a la cual le ha escrito López de Haro ha dicho que faltaban cosas en la anterior descripción, ¿no es lógico pensar que Torres y Vargas fue enterado del contenido de lo enviado por el Obispo?

El contenido de la obra de Torres y Vargas demuestra que quiso rectificar la errónea visión transmitida por López de Haro a Díez de la Calle y se esmeró en una descripción detallada a un cronista que eventualmente escribiría sobre Puerto Rico. Su apasionado amor por su patria lo llevó a exagerar todo lo bueno y a disminuir lo negativo en un obvio intento por balancear el cuadro tan pesimista que había dado el obispo.

Medrano no logra demostrar que el hecho de no haber sido secretario del Obispo hace imposible que don Diego haya conocido el contenido (o al menos el tono) de la Carta-relación del mismo. Por tanto, seguiré creyendo que su crónica sí fue una refutación de lo escrito por fray Damián.

Me imagino que para este señor caeré en el saco de los historiadores que siguen creyendo en “patrañas”. O a lo mejor me dice "¿Por qué no te callas?"

2 comentarios:

pionero dijo...

1
HABLEMOS DE HISTORIA DE PUERTO RICO
Réplica a la Dra. Ivonne Acosta Lespier
Pío Medrano Herrero
A los amantes de la verdadera historia de Puerto Rico:
La documental, no la manipulada.
Introducción
A veces nos enteramos por casualidad de las cosas que nos atañen. Es lo que
me ha sucedido recientemente. Un día se me ocurrió entrar en Google para ver si
aparecía alguna novedad en la referencia a mi nombre y encontré un título
desconocido: “La mordaza: En el día de la puertorriqueñidad rindo homenaje a
Don Diego de Torres Vargas”. De inmediato abrí el documento, lo leí con vivo
interés por tratarse de un individuo tan atractivo para mí y comprobé que lo que se
anunciaba como un homenaje al ilustre canónigo criollo, se convertía en un
ataque manifiesto a mi persona. Lo tomé con la filosofía que corresponde en estos
casos y decidí responder a su autora, la Dra. Ivonne Acosta Lespier,
autoproclamada “historiadora” de Puerto Rico. Esta es mi réplica.
Preparativos
Invito al amable lector a realizar conmigo un recorrido por algunos temas de
la historia de Puerto Rico del siglo XVII, deteniéndonos sobre todo en dos
personajes valiosos: el obispo don Damián López de Haro y el canónigo don
Diego de Torres y Vargas. Seguiremos paso a paso la ruta trazada por la Dra.
Acosta en su artículo, escrito como respuesta a algunas de mis publicaciones
sobre ambas figuras. Espero que el paseo resulte interesante y provechoso.
El referido artículo aparece en el blog que la Dra. Acosta tiene en Internet,
titulado “Sin mordazas”. Y encabeza dicho blog con el siguiente párrafo: “Este
blog es mi desahogo ante cualquier asunto que me afecte o provoque. El título
alude a la oportunidad de publicar sin censura y con absoluta libertad de
expresión. No esperen que sea objetiva, el que me lea encontrará opiniones y
reacciones que pueden ser producto de juicios o pre-juicios”.
Uno se queda sorprendido al leer tales expresiones. ¿Es admisible que en
temas históricos, donde debe reinar la objetividad, el dato preciso, basado en
documentos fidedignos y en el razonamiento lógico, la aludida “historiadora”
proceda subjetivamente y se conforme con manifestar desahogos, sentimientos y
emociones “producto de juicios o pre-juicios”? Con esos mimbres, ¿qué cestos se
pueden fabricar? Con esos presupuestos, ¿qué valor pueden tener las
conclusiones? Si tal es el punto de partida, ¿cuál será el de llegada? Caminemos,
por favor.
2
Primer paso
Tras la cita –como pórtico del artículo– de la primera estrofa del soneto de la
Carta-relación del obispo Damián López de Haro, la autora pasa a narrar la
anécdota que le contó una “vecina” sobre la conferencia que dicté en la Casa de
España, en San Juan, hace unos años. La versión ofrecida fue que “un profesor
español había ‘despotricado’ contra Don Diego de Torres y Vargas y que de paso
había insultado a los escritores e historiadores puertorriqueños”. Le comunicó
también que “ese profesor decía que no era cierto lo que habían dicho los
historiadores puertorriqueños sobre el famoso canónigo en cuanto a que hubiese
sido secretario de Don Damián López de Haro y por tanto que no era posible que
hubiese conocido el contenido de la famosa ‘Carta-relación’ de este obispo”.
Llena de “rabia”, la confidente lamentaba no haber podido contestar “porque ella
no sabía exactamente de qué rayos hablaba el conferenciante”. Ni corta ni
perezosa, esperó el nuevo día –la conferencia se había dictado la noche anterior–
para desahogarse con su amiga y pedirle información sobre don Diego a fin de ir
bien preparada por si tenía la oportunidad de encontrarse conmigo en otra
ocasión. Sobre esa conducta de la “vecina”, comenta la “historiadora”: “Era obvio
que sentía que su ‘puertorriqueñidad’ había sido agredida y lo que más le ofendía
era que el que se atreviera hacerlo no fuese puertorriqueño”. La lección de la
vecina debió de ser tan persuasiva, a pesar de que no tenía idea de lo que había
hablado el conferenciante, que convenció a su interlocutora: “Demás está decir
que me transmitió el coraje y procedí a prepararle un escrito resumiendo lo que
conocía entonces sobre la famosa controversia entre ambos escritores del siglo
diecisiete”. Hasta aquí el resumen del primer párrafo. Permítanseme unos
comentarios.
Lamento de verdad la falta de conocimientos de la “vecina” sobre las dos
famosas figuras del barroco puertorriqueño el día que dicté la conferencia, porque
hubiéramos tenido la oportunidad de dialogar sobre don Damián y don Diego.
Desconozco si la Dra. Acosta terminó el escrito y se lo entregó a la “vecina” o no.
En el primer caso, parece que la “vecina” no ha acudido a otras conferencias mías
sobre ambos personajes. En el segundo, en ese entonces al que se refiere, la autora
habría repetido los errores tradicionales de la historiografía puertorriqueña en
torno a Torres y Vargas y hoy hubiese tenido que cantar la palinodia.
Rechazo la acusación de haber despotricado contra Torres y Vargas y de haber
insultado a los escritores e historiadores puertorriqueños (cuya obra general no
valoro, aparte de que alguno de los incluidos es español), porque me limité: 1) a
exponer unos datos históricos irrefutables para demostrar que el secretario de
Damián López de Haro no había sido don Diego, y 2) a presentar una lista de
historiadores, principalmente puertorriqueños –que son quienes más han tratado el
tema– para comprobar que se habían equivocado en su atribución, y que la prueba
del error se debía a que no habían investigado, lo cual es evidente. Mi proceder no
es despotrique, sino documentación histórica, sin más. Y nadie debe molestarse
por ello. Si alguien se disgusta es porque no merece el honroso título de
historiador. Digámoslo con el refrán: “Quien se pica, ajos come”.
3
La actitud de la “vecina” de la Dra. Acosta es merecedora de un estudio
sicológico, y denigra, a mi entender, la verdadera “puertorriqueñidad”: Su
“puertorriqueñidad” había sido agredida por las pruebas incuestionables que yo
había ofrecido sobre el tema; y la ofensa se extremó al saber que quien las
proporcionaba era un extranjero. ¿Esto es “puertorriqueñidad”? Es fanatismo,
ignorancia, estrechez mental, complejo y xenofobia. Insularismo puro. ¡Pobre
Pedreira! ¿Puede haber algún ejemplo más palmario de “insularismo”, en esta
sociedad de la globalización del conocimiento en que vivimos, que estar dispuesto
a aplaudir el error propio y rechazar el acierto ajeno? ¡Mantenella y no
enmendalla! No es de extrañarse: Quidquid recipitur ad modum recipientis
recipitur.
Por mi parte, tengo una idea muy distinta de la “puertorriqueñidad”. La defino
como: Amor y defensa de lo puertorriqueño basado en la verdad. De manera que
si durante algún tiempo algo se ha considerado verdadero y ahora, por los nuevos
descubrimientos e investigaciones se demuestra falso, lo lógico, lo normal, es
aceptar el nuevo valor, aunque nos saque de nuestras casillas. Permanecer en el
error es de idiotas, mientras que rectificar es de sabios. Lo dice el refrán.
Segundo paso
Buscando información sobre don Diego, la Dra. Acosta encontró mi
conferencia en Internet: “¿Fue el canónigo Diego de Torres y Vargas secretario
del obispo don Damián López de Haro?” Comenta su reacción posterior: “La
lectura de este artículo me provocó tanto coraje como a mi amiga”. Aunque
reconoce: “No cabe duda alguna de que prueba que nuestro canónigo no fue
secretario del obispo”. Pero “difiero –añade– de la conclusión a la que llega de
que por tanto no pudo haber sabido el contenido de la ‘Carta-relación’”. Para
concluir: “El problema es el tono utilizado por el autor”. (Paréntesis: ¿Cuál es el
tono de la “historiadora” contra mí? Lo sabrá el amable lector si sigue leyendo).
Me alegra saber que, por mi artículo, la “historiadora” ha cambiado de opinión
sobre el particular. La he convencido en lo más, en que Torres no fue secretario
episcopal, pero no da su brazo a torcer en que don Diego no leyó la crónica de
fray Damián, aparte de molestarle mi tono. Y pasa a exponer mi procedimiento:
que acuso –lección aprendida de la “vecina”– a un conjunto de escritores
puertorriqueños “de no haber hecho investigación suficiente por haber afirmado
durante un siglo que Torres y Vargas fue secretario de López de Haro y que por
tanto tuvo conocimiento de la ‘Carta-relación’ la cual refuta en su ‘Descripción de
la isla y ciudad de Puerto Rico’ varios años después”. Más que acusar, corrijo. Y
si acusara, en el sentido de atribuir a alguien algún error histórico, estoy en lo
cierto, pues presento los documentos que avalan mi acusación. Si acuso con
pruebas inapelables y la Dra. Acosta cree que son falsas, proceda a desmentirme.
Si piensa que los acusados son inocentes, defiéndalos… con pruebas. O ¿querrá
dar a entender la “historiadora” que esos escritores pertenecen a una casta de
intocables y que, por tanto, se debe mantener el error en el que han caído?
Mi proceder es bien sencillo: parto de una afirmación inicial y paso a
documentarla. Hela aquí: “Los historiadores puertorriqueños llevan un siglo
4
afirmando categóricamente que Torres y Vargas actuó de secretario de don fray
Damián López de Haro, pero nunca han presentado el documento que avale tal
aserto”.1 Después procedo a citar los textos de los historiadores aludidos en los
que uno tras otro, insistentemente, dicen –sin probarlo– que Torres y Vargas fue
secretario de Haro, y a continuación documento con textos del Archivo General
de Indias que no lo fue, sino el padre Sebastián de Avellaneda, uno de los frailes
trinitarios que don Damián llevó de España a Puerto Rico. Si demuestro la verdad
histórica se debe a que he investigado. Si los historiadores puertorriqueños dicen
que el secretario fue don Diego es porque no han investigado sobre el tema. Más
claro ni el agua de la fuente. ¿Dónde está la acusación, es decir, dónde está la
injuria u ofensa? Para remachar mi opinión, presento la secuencia histórica del
dislate, basado éste en un acto de fe en el principio de autoridad. Y como el punto
de origen –el historiador Salvador Brau– nació viciado, se fue repitiendo por
inercia –y sin estudio, insisto– de generación en generación. ¿Puede la Dra.
Acosta demostrar que estoy equivocado en ese particular?
Por lo tanto, en vez de quejarse de mi tono, lo más profesional hubiera sido –
así lo veo yo– reconocer el descuido que en este asunto han tenido tan ilustres
historiadores puertorriqueños –meritorios, sin duda, por otros conceptos– y
admitir que se ha descubierto la verdad sobre un oficio mal atribuido a Torres.
Porque por encima de patrioterismos ridículos debe reinar el amor a la verdad.
Está bien ser amigo de Platón, pero antes hay que ser amigo de la verdad: Amicus
Plato, sed magis amica veritas. A este respecto, permítaseme una anécdota.
Ya se sabe que hay personas y personas. Como hay historiadores e
historiadores. Cuando publiqué el susodicho artículo en el número 23 de la revista
Encuentro, revista que yo dirigía, de la Asociación de Profesores Universitarios
Españoles en Puerto Rico (APUE-PR), número dedicado al lingüista
puertorriqueño Manuel Álvarez Nazario, lo inicié así: “Al Dr. Manuel Álvarez
Nazario, mi maestro en la maravillosa y retadora aventura de la investigación”.2
Se lo dediqué de todo corazón, a pesar de que tanto él como la Dra. Josefina
Rivera, su esposa y mi profesora, pertenecen al grupo de los autores que atribuyen
a don Diego la secretaría episcopal. Pues bien, al entregarles un ejemplar de la
revista en su casa de Mayagüez, a la que acudimos varios ex alumnos, le hice ver
a la Doctora el error en que ambos habían incurrido sobre Torres y Vargas. Y ella
me respondió (su esposo ya se encontraba casi sin habla por la enfermedad): “Es
un honor para nosotros que un discípulo nuestro haya descubierto que don Diego
no fue secretario de don Damián”. Eso es elegancia, eso es categoría, eso es
profesionalidad. Y prueba de que yo no les había ofendido. Y señal, por mi parte,
de que había interiorizado el amor por Puerto Rico que ellos irradiaban, y que yo
había aprovechado bien sus lecciones.
Como estudioso de la historia de Puerto Rico, que me apasiona, no pretendo
entrar en conflicto con nadie, pero tengo en tan alta estima la verdad histórica,
basada en los documentos, que me compele a defenderla aunque me cause roces.
1 P. Medrano Herrero, Don Damián López de Haro y don Diego de Torres y Vargas, dos figuras
del Puerto Rico barroco, San Juan, Editorial Plaza Mayor, 1999, p. 291.
2 Íd., “¿Fue el canónigo Diego de Torres y Vargas secretario del obispo don Damián López de
Haro?”, Encuentro, año XIII, n.° 23, 1999, pp. 165-178.
5
Una competente profesora que ha reseñado uno de mis libros, no duda en colocar
como título de su crítica: “Una pasión por la reconstrucción fidedigna del pasado:
la edición de Pío Medrano de la obra Carta-relación a Juan Díez de la Calle de
Damián López de Haro”.3 Y ha dado en el clavo. Por eso llamo la atención sobre
algunos de los errores sobresalientes que detecto, sin miramiento de personas y
nacionalidades. De ahí que puedan ser historiadores puertorriqueños, como
españoles, por ejemplo. Y este último caso se da en la crítica que he realizado al
fraile dominico español Álvaro Huerga –cuya obra sobre la historia eclesiástica de
Puerto Rico es encomiable, pero plagada de errores, sobre todo de transcripción–
del que he escrito afirmaciones como la siguiente, sobre un punto en particular:
“La edición de las Constituciones del obispo Haro a cargo del P. Huerga es un
trabajo burdo, un esperpento, un adefesio, un bodrio, una ofensa a la memoria de
don Damián, una falta de respeto al lector y un desprestigio del responsable”.4 Por
si fuera poco, le entregué la revista en propia mano. ¿Cree la Dra. Acosta que no
es certera mi crítica? ¿Cree que el P. Huerga ha contestado a mis expresiones?
¿Cree que algún español se ha sentido herido en su “españolidad”?
Tercer paso
Pero no todos los historiadores tienen la misma fibra intelectual de mis
queridos profesores, porque a algunos se les cae el tinglado que han montado
sobre el supuesto oficio secretarial de don Diego, en el que ven el origen de la
Descripción como réplica a la Carta-relación episcopal. Por eso, como mi
terminología no le gusta a la “historiadora”, me lo echa en cara: “Al demostrar
que no lo fue [secretario] concluye que ‘con ello se desmorona todo el tinglado,
carente de bases y sentido, montado en la historiografía puertorriqueña sobre la
secretaría episcopal a cargo de don Diego’. ¿Era necesario el uso de ‘tinglado’?
¿Porqué [sic] ese tono de prepotencia?”. Se lo explico.
No existe ningún tono de prepotencia, sino ejercicio de racionalidad y
dominio de documentos. Se entiende por tinglado: “Tablado armado a la ligera”
(DRAE). Y eso es lo que han hecho –aplicando la metáfora– muchos historiadores
a la hora de enjuiciar la Descripción de la isla y ciudad de Puerto Rico: dejarse
llevar a la ligera de su idea preconcebida, basada en cierta ideología política, con
el propósito, sin fundamento, de hacer decir al texto lo que el texto no dice. Todos
ellos –de esos muchos–, en su afán por encontrar el origen de la
“puertorriqueñidad”, como concepto no sólo distinto sino opuesto a lo español,
creen encontrarla en Torres y Vargas. En esa búsqueda ansiosa destaca el profesor
Jorge M. Ruscalleda Bercedóniz con sus delirios y ensoñaciones. Para apoyarse,
acude –por contraste– al soneto de López de Haro, del que comenta: “Contiene
también la primera visión detractora de la incipiente vida insular”. Con ese
aperitivo, nos podemos imaginar lo que servirá en los platos fuertes. Por lo que
3 E. Escudero Álvarez, “Una pasión por la reconstrucción fidedigna del pasado: la edición de Pío
Medrano de la obra Carta-relación a Juan Díez de la Calle de Damián López de Haro”, Focus,
año V, n.° 1, 2006, pp. 73-80.
4 P. Medrano Herrero, “El P. Álvaro Huerta, historiador de Puerto Rico”, Focus, año III, n.° 2,
2004, p. 58.
6
añade: “Ahora bien, resulta interesante que este primer atropello poético de Puerto
Rico no queda impune”.5 Para justificar tal lindeza acude al distinguido
historiador Cayetano Coll y Toste, a quien supone especialista en López de Haro:
“Pronto surgió otro autor anónimo, que hizo la paráfrasis, recogiendo y
devolviendo las injurias”.6 Aupado en tal autoridad, comenta Ruscalleda: “Si,
como indica Cayetano Coll y Toste, ‘pronto’ apareció la respuesta de parte de un
criollo 7 –y esto es bien importante–, ello indica que para entonces contábamos
con una clara conciencia autónoma. Era evidente la existencia de una voluntad
nacional en la poesía con doscientos años de anterioridad al Aguinaldo
puertorriqueño (1843)”. Ruscalleda Bercedóniz no se corta, ni se amilana, sigue
impertérrito: “Lo interesante de este segundo soneto radica en que, aunque
anónimo, es una valiente rectificación patriótica ante la ofensa de la mayor
autoridad eclesiástica del momento”.8 Satisfecho de la perfección de sus
argumentos, se propone robustecerlos aún más: “Aunque [don Cayetano] no
señala el momento de la creación de esta respuesta poética, es lógico concluir, por
el empleo del adverbio, que la contestación pertenece a una fecha cercana al
1644”. La deducción, prodigio de lógica aristotélico-cartesiana, luce aplastante y
patriótica. Seguro de haber dado en la diana, prosigue, porque el papel aguanta
todo lo que se le ponga: “Además, por el contenido, no cabe duda de que se trata
de la réplica justa de un hijo del país, por lo cual representa la primera defensa de
la isla en el terreno lírico frente al peninsular que ofende la naciente personalidad
criolla”.9 Pero, ¡ay!, después de haber llegado a tan sorprendente descubrimiento,
le asalta la duda: “Si no se trata de una fabricación espuria…”.10 Como la duda no
le arredra, le espolea, avanza una pista sobre el posible “anónimo contradictor
criollo” y llega al clímax de su interpretación: “¿Fue su autor acaso nuestro Diego
de Torres Vargas (1590-c.1651), al que debemos la Descripción de la Isla y
Ciudad de Puerto Rico (1647), y quien fuera secretario del obispo en cuestión? Si
alguien pudo contradecirlo, por segunda vez, fue él, puesto que la mencionada
obra es una impugnación a la ‘Carta que envió a Juan Díaz de la Calle’ su
eclesiástico superior”.11 Y así, sin prueba documental alguna, se corona la
construcción del gigantesco tinglado –el mayor ejercicio de fabulación que
conozco al respecto– sobre el origen de la “puertorriqueñidad”.
Queda claro que para el Dr. Ruscalleda don Diego de Torres y Vargas fue
secretario del obispo fray Damián López de Haro; queda claro que para el Dr.
Ruscalleda el señor canónigo, en su oficio secretarial, contestó con la Descripción
al escrito episcopal; queda claro que el Dr. Ruscalleda se inclina por el señor
5 J. M. Ruscalleda Bercedóniz, “El negro en la poesía puertorriqueña (Siglos XVI-XVII)”, en 22
conferencias de literatura puertorriqueña, Edgar Martínez Masdeu, editor, San Juan, Puerto Rico,
Ateneo Puertorriqueño, 1994, p. 436.
6 C. Coll y Toste en un comentario a la Carta-relación de don Damián, en Boletín Histórico de
Puerto Rico, IV, p. 87, nota.
7 Don Cayetano no dice que fuera “criollo”, sino “autor anónimo”.
8 J. M. Ruscalleda Bercedóniz, loc. cit.
9 Íd., Recuento generacional del negro en la poesía hispanoamericana (Desde el Siglo XVI hasta
el Primer Cuarto del Siglo XX), Aguadilla, Editorial Mester, 2000, p. 25.
10 Íd., “El negro…”, p. 436.
11 Ibíd., p. 437.
7
bachiller Torres y Vargas como el posible “anónimo contradictor criollo”. Pero
queda claro, sobre todo, que lo dicho por tal profesor es pura patraña histórica,
carente de bases documentales, pues como ya he demostrado con textos
irrebatibles –lo reconoce hasta la Dra. Acosta, que no es poco– Torres y Vargas
no fue secretario de López de Haro. Por lo tanto su tesis se desmorona cual
castillo de arena.
Y en cuanto a la fecha de aparición del soneto anónimo, el Dr. Ruscalleda
tenía que haber bebido en otra fuente, no en la turbia de Coll y Toste, porque el
distinguido historiador arecibeño se atraganta en el manantial que bebe –por falta
de investigación– y anticipa en dos siglos con su “pronto” la aparición de dicho
soneto, cuya fecha de composición coincide con la época del Aguinaldo
puertorriqueño, y participa con éste de la corriente de “puertorriqueñidad” propia
de entonces. Lo explico en otro lugar, por lo que huelga repetirlo aquí.12
¿Se da por enterada la Dra. Ivonne Acosta de por qué hablo de “tinglado” y de
“desmoronamiento” de la historiografía puertorriqueña en algunos de los estudios
sobre el obispo don Damián y el canónigo don Diego? ¿Era necesario el uso del
término “tinglado” en mi escrito, o no? ¿Seguirá acusándome de “prepotencia”? O
¿apoyará que los historiadores sigan fantaseando sobre estos temas? ¿Es capaz la
“historiadora” de poner algún reparo fundado a mis palabras?
Cuarto paso
Curiosa por saber mi actitud ante Torres y Vargas, según su interpretación, la
Dra. Acosta decidió leer mi libro sobre el obispo y el canónigo.13 Y llega a la
conclusión: “En el título lucen iguales pero en el contenido el autor cae en lo
mismo que critica pues su antipatía hacia el criollo le hace buscar todo lo que
pueda para hacer decaer su figura en contraposición con el obispo toledano a
quien tanto admira”.
No deja de ser una valoración personal, que no recoge mi sentir, pues
reconozco no pocos méritos del señor canónigo, los cuales sintetizo en las
palabras finales del libro al afirmar que “fue un valioso escritor, un distinguido
eclesiástico y una de las figuras criollas más notables del Puerto Rico barroco”.14
No obstante, tiene razón en que admiro a don Damián, pero no por tirria a don
Diego, como ella sugiere, sino por méritos propios, por su fina y vibrante pluma,
por la gigantesca obra que realizó en sus pocos años de ministerio pastoral en
favor de la diócesis de Puerto Rico, a la que dedicó los últimos cuatro años de su
vida y le entregó la vida.15 Aunque fuera solamente por las Constituciones
sinodales de 1645, López de Haro es merecedor de un puesto honorífico en el
episcopologio de Puerto Rico, puesto que ya ostenta.16 Y no creo que eso deba ser
motivo para que la “historiadora” se moleste, sino todo lo contrario. Por lo demás,
12 P. Medrano Herrero, Damián López de Haro en la historiografía puertorriqueña, Roma,
Secretariado General Trinitario, 2004, pp. 103-116.
13 El citado en la nota 1.
14 P. Medrano Herrero, Don Damián…, p. 308.
15 Íd., “Retrato espiritual de Damián López de Haro en los cuatro últimos años de su vida”,
Trinitarium, n.° 13, 2004, pp. 7-33.
16 D. López de Haro, Constituciones sinodales, Madrid, Catalina de Barrio y Angulo, 1647.
8
si la Dra. Acosta juzga falso lo que digo de Torres y Vargas, en vez de criticarme
gratuitamente, puede proceder a demostrarlo… con documentos. (Para
comprender mejor la personalidad y valía de don Damián, remito a los pasos
decimoctavo y decimonoveno).
Quinto paso
En otro párrafo, la Dra. Acosta cita mis expresiones en el sentido de que
López de Haro ha tenido “mala prensa en la historiografía puertorriqueña”,
mientras que don Diego “tal vez ha sido mitificado”. Sobre lo de don Damián no
cabe la menor duda por todo lo que llevamos dicho, con el agravante de que a la
lista aducida, hay que añadir a partir de hoy un nombre más: el de la citada
“historiadora”, por lo que ha sugerido hasta ahora y por lo que va a expresar un
poco más adelante contra el obispo.
En cuanto a la mitificación de don Diego no es menos evidente por las
interpretaciones que los escritores han dado de la Descripción, según hemos visto,
y por los juicios que han emitido sobre su persona, como explico en otro artículo
dedicado al tema, cuyo contenido producirá dentera, jaqueca o urticaria a mi
interlocutora, si tiene el humor de leerlo.17 Como la Dra. Acosta vuelve a sacar el
tema de la mitificación más adelante, me remito a lo que allí diré.
Sexto paso
En mi libro sobre don Damián y don Diego escribo que he tratado de evitar
los juicios subjetivos para no caer en lo que critico y que me he esmerado en
probar todo lo que digo. La Dra. Acosta anota que, en cuanto a lo primero, no lo
logro, y en cuanto a lo segundo, a medias. Vale, aceptemos que tiene razón la
“historiadora”. Pero si no lo logro yo, que escribo a base de documentos y no
suelo dar puntada sin hilo, ¿qué probará ella, pues no ha enhebrado aún la aguja
del razonamiento histórico y se deja llevar de opiniones, pre-juicios,
sentimentalismos y resentimientos?18
Séptimo paso
Como si se tratara de una manía persecutoria, vuelve la “historiadora” a
acusarme, esta vez de atacador: “Lo malo es que aprovecha para atacar a los
historiadores puertorriqueños de quienes duda que puedan hacer una [‘]crítica
científica’ (¿no sabe que ya el positivismo se superó?) de López de Haro, sin
dejarse ‘llevar de desahogos emotivos y de resentimientos, reflejo de un fanatismo
trasnochado, un subjetivismo a ultranza y una ignorancia supina’”.
Aquí –aparte de que la Dra. Acosta exagera, pues no ataco a los historiadores
puertorriqueños, sino que corrijo a algunos que se han equivocado en el tema de
estudio– la cosa es más grave, porque dicha “historiadora” no interpreta bien mis
17 P. Medrano Herrero, “Diego de Torres y Vargas: Los puntos sobre las íes”, Focus, año, IV, n.°
1, 2005, pp. 19-33.
18 Me refiero, claro está, al artículo que comento.
9
palabras y manipula el texto. Esa referencia se encuentra en la primera parte del
libro dedicado al señor obispo y al señor canónigo, titulada: “En torno a la Cartarelación
de don Damián López de Haro a Juan Díez de la Calle: Reivindicación
del obispo trinitario”. Esa sección nació como réplica a un artículo infame contra
don Damián –de ahí lo de “reinvidicación”–, cuyo autor me retó a que le
contestara cuando le manifesté mi desacuerdo con el contenido de su escrito.
Toda esa sección tiene como propósito rebatir la tesis opuesta y explicar el
sentido del soneto, mal interpretado por el articulista. No me meto con los
historiadores puertorriqueños, sino con el aludido profesor. Y donde escribo esas
palabras es en la conclusión, tras afirmar que a la hora de juzgar la obra de España
en América los historiadores no se deben banderizar en ninguno de los extremos:
ni elogiar la conquista y colonización de América como si hubiera sido obra de
ángeles, ni condenarla como obra de demonios. Y ofrecía textos. De ahí pasé a los
juicios que se podrían emitir sobre el obispo López de Haro y su obra, a saber:
“En cuanto a López de Haro, no sé si podrá ser blanco de la crítica científica por
parte de los historiadores. En caso afirmativo será preciso hacerla con pruebas
convincentes y documentos en mano, no dejándose llevar de desahogos emotivos
y de resentimientos, reflejo de un fanatismo trasnochado, un subjetivismo a
ultranza y una ignorancia supina”.19 Todo ello iba contra ese articulista porque su
escrito no reflejaba otra cosa que lo manifestado en mis palabras. En ningún
momento me referí al gremio de historiadores, ni menos para decir que fueran
incapaces de hacer crítica histórica. Esa interpretación torcida se debe a la
manipulación de la Dra. Acosta, proceder impropio de una profesional de la
historia. Por lo demás, ¿no se le pueden aplicar a ella mis criticadas palabras?
Porque hablo de hacer “crítica científica”, me acusa la “historiadora” de
ignorar que ya se ha superado el positivismo. Superado el positivismo o no, lo que
dije con esa expresión es que, para escribir de historia, resulta imprescindible
manejar documentos de primera mano. Y para criticar a don Damián había que
basarse en datos objetivos, incuestionables, no en sentimentalismos,
voluntarismos ni sensibilidades heridas. Sin embargo, la Dra. Acosta, en su
argumentación –es un decir– contra mis escritos, no usa documentos de primera
mano, ni de segunda, ni de tercera: brillan por su ausencia. Todo son corajes,
rabietas, pataleos, emociones, sentimientos y venganzas. Y así no se escribe la
historia. Bueno, así la escriben no pocos.
Octavo paso
En apoyo de mi tesis, y en nota al calce, acudí al historiador Álvaro Huerga,
cuya cita refiere la Dra. Acosta con un pequeño preludio: “Como si no fuese
suficiente el exabrupto (¿y no y que [sic] iba a evitar ‘juicios subjetivos’?) en la
nota al calce cita a Huerga cuando dice que ‘hay historiadores que escriben a
golpe de prejuicios, en vez de hacerlo a enjundia de documentos’ y entre esos
escritos se encuentran los ‘asertos calamitosos y miopes’ de Jalil Sued Badillo”.
De entrada, dos reflexiones: 1) Siguiendo la técnica de la “historiadora”,
pregunto: ¿A qué viene lo de “exabrupto”? ¿Cuál exabrupto? Si en el paso
19 P. Medrano Herrero, Don Damián…, p. 122.
10
anterior he demostrado que no he dirigido ningún ataque a los historiadores
puertorriqueños, pues mi afirmación, que ella critica, iba contra una persona en
particular (cuya documentación histórica contra López de Haro era nula), no tiene
sentido que lo catalogue de tal. ¿No será su postura reflejo de una soberbia
humillada y un rencor manifiesto?
Y 2) Como el texto citado de Huerga aparece incompleto y deja lo más
importante (nueva manipulación de la Dra. Acosta), lo ofrezco entero, con mis
comentarios adjuntos, pues no hay nada que ocultar: “’Pero hay historiadores que
escriben a golpe de prejuicios, en vez de hacerlo a enjundia de documentos’.
¡Cuánta razón tiene! Por eso critica los escritos de varios de ellos, entre los que se
encuentran los ‘asertos calamitosos y miopes’ de Jalil Sued Badillo ‘refiriéndose a
la anexión de las islas de Barlovento al obispado de Puerto Rico. Viene a decir
que se la sacó López de Haro de la manga’. Por lo que agrega: ‘Lo que ocurre es
que, metodológicamente hablando, abundan los juicios apriorísticos en vez de una
seria investigación previa, que es harina con la que se debe amasar la
historiografía’”. Hasta aquí la cita de Huerga con mis comentarios de entonces.
Queda claro que el historiador Álvaro Huerga defiende que para escribir de
historia sobran los prejuicios y se precisan los documentos, que es mi tesis. Y cita
al reconocido historiador Jalil Sued Badillo como prueba del primer supuesto, y le
critica los “asertos calamitosos y miopes” que ha vertido sobre la anexión de las
islas barloventeñas al obispado de Puerto Rico. Por lo tanto, quien crítica al Dr.
Badillo es Huega, no yo.
Mas como a la Dra. Acosta no le interesa el Dr. Huerga, sino mi persona,
arremete contra mí: “Al hacer suya esa frase está insultando a uno de los más
importantes historiadores puertorriqueños, al cual debemos una nueva mirada a la
historiografía sobre el tema de la esclavitud y del Puerto Rico negro, mucho más
importante que si hubo equivocación al adjudicar una secretaría o unas fechas por
encima de otras (como por ejemplo el año en que murió Torres y Vargas que usa
Medrano para caerle encima a Coll y Toste por ser la fuente de la “patraña” de dar
una fecha errónea)”.
Ante esta ocurrencia –porque no se puede llamar argumentación– de la
“historiadora”, no puedo menos de decir: ¿Qué tienen que ver chinas con
botellas? ¿Por qué mezclar churras con merinas? ¿O santoscristos, tiratacos y
confites? ¿Qué relación existe en que yo haya citado a Huerga para defender la
tesis dicha y que este historiador demuestre que el señor Jalil Sued se equivocó en
el asunto referido, con que yo he insultado al Dr. Badillo? ¿Es mía la referencia a
los “asertos calamitosos y miopes”? Si la “historiadora” cree que el Dr. Huerga
está equivocado en la crítica particular de un escrito del nombrado autor
puertorriqueño, demuéstrelo. ¿He insultado al señor Jalil por usar la certera
expresión de Huerga sobre el particular? ¿No es dicho escritor quien ha
desfigurado la verdad histórica del asunto referido? ¿He criticado yo la teoría del
Dr. Sued Badillo “sobre el tema de la esclavitud y del negro en Puerto Rico”? ¿No
sabe que me apoyo en él en otras páginas de mi libro? Entonces, ¿por qué me
acusa la citada “historiadora”? Y si dicho historiador ha errado en lo señalado,
¿por qué no se le va a llamar la atención? ¿No me está criticando ella sin aportar
pruebas? Lo malo no es que la Dra. Acosta trate de rebatirme sin documentos –lo
11
cual ya es grave–, sino que manipula los textos que maneja. Aparte de que se
proclama defensora de causas ajenas, cuando el Dr. Sued Badillo sabe defenderse
muy bien solo.
Curiosamente, la Dra. Acosta no cita mi referencia a Jalil Sued sobre otra
alusión de este historiador a López de Haro, en relación con el tema tratado por
Huerga. Digo en la misma nota al calce: “Y eso que el señor Sued Badillo en Los
caribes..., s. p., alardea de ‘propiciar la reflexión franca y responsable’ en asuntos
de historia puertorriqueña y, sin embargo, no tiene empacho en afirmar, respecto
de los intentos de los españoles para poblar las islas de Barlovento: ‘Es cierto que
Fray Damián López de Haro (1664) en su Memorial alude a la supuesta ‘anexión’
de 21 de las islas barloventeñas al Obispado de Puerto Rico para el 1519, pero
ninguna evidencia documental corrobora tal alegación’. Sin entrar en otras
consideraciones, baste decir, primero, que el citado obispo no pudo expresar en
esa fecha lo que se le atribuye, pues murió dieciséis años antes, en 1648; segundo,
que don Damián, en el referido ‘Memorial’, es decir, la carta-relación que
estamos comentando, de 1644 –único texto episcopal que cita el señor Sued
Badillo en la bibliografía (p. 177)–, no dice nada de la ‘supuesta anexión para el
año 1519’. Si, por el contrario, el señor Jalil se refiere a una carta –que no cita– de
fray Damián al monarca en 1645, desde Cumaná, sobre la lastimosa situación
económica del obispado, entonces es preciso aclarar que el obispo sí ofrece
pruebas de lo que dice tocante a la anexión de las 21 islas de barlovento al
obispado puertorriqueño, como lo demuestra el padre Huerga en su documentado
estudio, último libro suyo citado”.20 Hasta aquí mi comentario a la referencia
equivocada del Dr. Jalil sobre López de Haro. Como en esta ocasión, ¡oh
sorpresa!, la Dra. Acosta calla, aplico el refrán: Quien calla, otorga.
Noveno paso
En la siguiente cita de la Dra. Acosta se verá que, para valorar el mérito del
escritor nativo, no tiene reparo en desmerecer el del foráneo. Y así dice que la
aportación del Dr. Jalil Sued Badillo a la historiografía puertorriqueña con sus
estudios sobre la esclavitud y del Puerto Rico negro es “mucho más importante
que si hubo equivocación al adjudicar una secretaría o unas fechas por encima de
otras (como por ejemplo el año en que murió Torres y Vargas que usa Medrano
para caerle encima a Coll y Toste por ser la fuente de la “patraña” de dar una
fecha errónea)”.
El que los estudios del Dr. Jalil enriquezcan la historiografía puertorriqueña y
sean muy meritorios, no quiere decir que las aportaciones de otras personas la
afeen, ni mucho menos que ciertas investigaciones merezcan el desprecio que la
“historiadora” manifiesta. Y en esta ocasión, de nuevo, la Dra. Acosta riega fuera
del tiesto, porque de lo que aquí se trata no es de si determinada contribución del
Dr. Badillo es más valiosa que la de otros, sino si este historiador se equivocó o
no al hablar de la anexión de las islas de barlovento al obispado de Puerto Rico. Y
como se equivocó, justificados están la corrección del Dr. Huerga y mi
comentario en beneficio de historiadores desnortados. Por lo demás, ¿no se ha
20 Ibíd., pp. 122-123, nota 324.
12
percatado la Dra. Acosta que en otras ocasiones, en el mismo libro, me sirvo del
Dr. Jalil Badillo para confirmar mi tesis? Si porque lo corrijo me critica, ¿por qué
no me alaba cuando lo elogio?
En esa desvalorización de mis escritos, la Dra. Acosta viene a decir que, en un
estudio histórico, no tiene mayor importancia adjudicar un oficio u otro a una
persona, o saber si tal sujeto nació –o murió– en tal o cual fecha. Es decir, que a la
“historiadora” le importa un bledo que le adjudiquen el oficio de barrendera o
profesora universitaria, aun reconociendo la dignidad de toda profesión. O que le
añadan diez años a los que tiene, o le resten veinte. Los oficios que un personaje
desempeñó y los años de vida son fundamentales en un estudio historiográfico
porque ellos nos descubrirán muchos aspectos del biografiado.
Además, aunque la Dra. Acosta pretenda primar otros estudios –de gustibus et
coloribus non est disputandum–, no deja de tener mérito el haber corregido la
equivocación secular de adjudicar un oficio a una persona que no lo había
ejercido, porque con esa corrección “se desmorona todo el tinglado, carente de
bases y sentido, montado en la historiografía puertorriqueña sobre la secretaría
episcopal a cargo de don Diego”. Es decir, que el señor canónigo no contestó con
la Descripción al escrito episcopal porque no fue secretario de López de Haro. Por
lo tanto, no se puede poner a don Diego –como se ha hecho tradicional e
infundadamente– como el iniciador de la “puertorriqueñidad”, ni el criollo rebelde
contra el español peninsular, pues en 1647 no existía tal concepto, ni el personaje
tenía “una clara conciencia autónoma”, ni “era evidente la existencia de una
voluntad nacional en la poesía con doscientos años de anterioridad al Aguinaldo
puertorriqueño”, como ha escrito algún autor iluso, reflejo de una opinión
manipulada entre los estudiosos del tema. Por lo que urge “un nuevo enfoque a la
hora de juzgar y valorar las relaciones del obispo y el canónigo”.21 ¿Le parece
poco a la “historiadora”?
Décimo paso
Se queja la Dra. Acosta de que me sirvo de la falsa fecha de la muerte de
Torres y Vargas “para caerle encima a Coll y Toste por ser la fuente de la
‘patraña’ de dar una fecha errónea”. No se trata de caerle encima a nadie, sino de
resaltar la verdad por encima del embuste. Lo más elegante, lo más honrado en
este caso –pienso– hubiera sido reconocer que, ¡por fin!, después de un siglo de
errores, se han fijado de manera definitiva los años de existencia de tan
distinguido criollo. Pero no, es preciso amparar al equivocado, si es nativo de la
isla, por encima de todo.
A don Cayetano se le puede caer encima por lo dicho y por mucho más. Por
eso está hoy de capa caída como historiador, pues muchos de sus artículos carecen
de base documental.22 En un estudio muy razonado, ya advirtió el Dr. Arturo
Morales Carrión: “Con Don Salvador Brau y Don Cayetano Coll y Toste, llega a
su fin la escuela historiográfica puertorriqueña que floreció en las postrimerías del
Siglo XIX. Pero sería difícil clasificar a Don Cayetano como un verdadero
21 Ibíd., p. 302.
22 Recuérdese, por ejemplo, lo dicho sobre él en el Tercer paso.
13
historiador, de riguroso método y amplias concepciones, rasgos estos que se dan
tan cumplidamente en la obra de Brau”.23 Como si en los últimos años de su vida
don Cayetano hubiese caído en la cuenta de sus muchos deslices históricos,
decidió viajar a España para consultar los archivos. Ya era tarde: al poco tiempo
le visitó la muerte.
Sin pretender evaluar su Boletín –farragoso centón de documentos, meritorio
en su época, pero casi inservible hoy–, don Cayetano incluyó en él no pocas
colaboraciones, más hijas de la fantasía que de la verdad histórica. Y en algunos
casos se atrevió a contradecir la fuente documental sin presentar la prueba
confirmatoria. Por ejemplo, corrigió al sesudo historiador español Abbad y
Lasierra sobre la naturaleza del capitán Juan de Amézqueta y Quijano. Fray Íñigo
afirmaba que el militar era “natural de la ciudad de San Sebastián en la provincia
de Vizcaya”.24 Y su contemporáneo don Fernando Miyares repetía que era el
“capitán de infantería Juan de Amesqueta Quijano, natural de la villa de San
Sebastián, en el señorío de Vizcaya”.25 Pero Coll y Toste, queriendo resaltar a un
criollo en la hazaña contra los invasores holandeses en 1625, le pareció oportuno
–fruto de la lectura errónea de la Descripción– acudir a don Juan y, gratuitamente,
lo incluyó en la serie de “Puertorriqueños ilustres”,26 no siéndolo (puertorriqueño,
que sí ilustre). Tal error le lleva a decir al historiador Sebastián González que las
afirmaciones de Coll y Toste “carecen de valor documental e histórico”.27 ¿Se
quejará la Dra. Acosta del Dr. González por haber corregido a don Cayetano?
Si abrimos el abanico de los estudios históricos de don Cayetano, seguimos
encontrando más disparates. Por ejemplo, en su ojeriza contra el obispo Alonso
Manso, le juzga en estos términos: “No tenía el prelado las condiciones de su
apellido, y en lugar de manso era bien bravo y exigente, a pesar de que el
adulador cronista Oviedo le designa como hombre de gran ejemplo y santa
persona”.28 No contento con esa afirmación gratuita, le acusa de establecer
cárceles inquisitoriales como lóbregas mazmorras.29 Acusación a la que,
documentalmente, responde Huerga: “Las oscuras mazmorras y los lóbregos
23 A. Morales Carrión, Ojeada al proceso histórico y otros ensayos, San Juan de Puerto Rico,
Editorial Cordillera, 1974, p. 116.
24 A. Í. Abbad y Lasierra, Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan de Puerto
Rico, edición de Isabel Gutiérrez del Arroyo, Río Piedras, Editorial Universitaria, Universidad de
Puerto Rico, 1979, p. 86. En la actualidad pertenece a la Comunidad Autónoma Vasca, que
comprende las provincias de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, siendo San Sebastián la capital de la
última.
25 F. Miyares González, Noticias particulares de la isla y plaza de San Juan Bautista de Puerto
Rico, edición de E. Fernández Méndez, Río Piedras, Universidad de Puerto Rico, 1954, p.18.
26 C. Coll y Toste, “Puertorriqueños ilustres. El capitán Amézquita”, Boletín Histórico de Puerto
Rico, III, San Juan, 1916, pp. 223-224. Le sigue E. Fernández Méndez, Historia cultural de Puerto
Rico 1493-1968, San Juan, Ediciones ‘El Cemí’, 1995, p. 141: los sitiados “efectuaron varias
salidas, dirigidas por el capitán puertorriqueño don Juan de Amézquita, que fue el héroe de aquella
jornada”.
27 Sebastián González, “Notas sobre el gobierno y los gobernadores de Puerto Rico en el siglo
XVII”, Historia, nueva serie, vol. V, n.° 2, 1962, p. 65.
28 C. Coll y Toste, “El obispo Alonso Manso en Caparra y en San Juan”, Boletín Histórico de
Puerto Rico, X, San Juan, 1923, p. 332.
29 Ibid., p. 341.
14
calabozos de que habla Coll y Toste no existieron más que en sus fantasías”.30 Por
ello, don Cayetano tuvo que reconocer (como Salvador Brau), muy a su pesar, el
error de la Descripción de la isla y ciudad de Puerto Rico: “No hemos podido
constatar el hecho de que Manso quemara a alguien, como dice el Cronista de la
Catedral”.31 A ver si la Dra. Acosta critica a don Cayetano por haberse expresado
en esos términos despectivos contra Manso y por haber insultado al cronista
Oviedo. O ¿tendrá dos varas de medir?
Coll y Toste fue, sin duda, un hombre muy competente y, para su época, una
autoridad. Por eso, convencido de sus saberes, no sólo escribió de historia;
incursionó también en otras disciplinas, como la lingüística, de la que nos dejó
jugosas opiniones. En una ocasión, al tratar de la propiedad del término
“portorriqueño” o “puertorriqueño”, el insigne don Cayetano optó por la segunda
acepción. Argumentó así: “En la raíz puerto, el diptongo ue tiene un sonido doble
por la combinación de las dos vocales; y el acento prosódico que resulta de la
reunión de una vocal fuerte, u, y de una débil, la e, toma tal intensidad, que dicho
acento parece enfático y así equilibra la dureza del sufijo eño”.32 Por asociación de
ideas recordamos los versos de Lope de Vega: “¿Entiendes, Fabio, lo que voy
diciendo? –¡Y tanto si lo entiendo! –Mientes, Fabio. Que yo soy quien lo digo y
no lo entiendo”. No hace falta criticar a Coll y Toste hoy por esta salida: ya se
adelantó Antonio S. Pedreira: “Esas erróneas conjeturas en defensa de la voz
puertorriqueño le llevan a inventar una teoría de equilibrio ortológico harto
peregrina”.33 ¿Llamará la atención la Dra. Acosta al señor Pedreira por haberse
atrevido a corregir a Coll y Toste?
Si descendemos al terreno histórico-lingüístico-humorístico, nos encontramos
con la respuesta de don Cayetano a la pregunta de don Francisco Mariano
Quiñones sobre el origen y significado del apellido del segundo: “En la Edad
Media los caballeros que no querían ser conocidos en un torneo, entraban en liza
con la visera calada y en el escudo no llevaban mote alguno. Yo supongo que al
antepasado de su apellido se le ocurrió poner Quid non est. […]. Frase
equivalente a qué será o quién será. Los tres vocablos se encapsularon en uno con
el tiempo y el fermento vocalizador, y haciendo de la d y de la n una ñ, resultó
quiñon est. Fácilmente es comprender cómo se volatilizó la t final, y quedó
30 V. Murga y Á. Huerga, Episcopologio de Puerto Rico, I, Ponce Universidad Católica de Puerto
Rico, 1987, p. 204. Refiriéndose al caborrojeño y al arecibeño conjuntamente, Á. Huerga, “La preinquisición
hispanoamericana (1516-1568)”, en Historia de la Inquisición en España y América, I,
Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1984, pp. 669-670, afirma: “Los historiógrafos
puertorriqueños Salvador Brau y Cayetano Coll y Toste tejen una leyenda negra en torno a las
presuntas actuaciones inquisitoriales de Manso. […] uno y otro se dejaron llevar de prejuicios”.
Vuelve a criticar las valoraciones de ambos escritores al emitir su juicio sobre el proceder
inquisitorial de Manso, p. 682: “Mucho más pobre y escuálido que el espectro reconstruido por la
fantasía de Brau y de Coll y Toste”.
31 C. Coll y Toste, op. cit., pp. 343-344.
32 C. Coll y Toste, “Puertorriqueño o portorriqueño”, en op. cit., VII, San Juan, 1920, p. 331.
33 A. S. Pedreira, “¿Portorriqueño o puertorriqueño?”, Índice, año II, núm. 21, p. 332; uso la
edición facsimilar, San Juan, Editorial Universitaria, 1979; también en Aristas, Río Piedras,
Editorial Edil, 1969, p. 144.
15
quiñones”.34 Sin duda, don Francisco lo comprendió perfectamente. Como
nosotros.
Ahora comprenderá la Dra. Acosta por qué corregir a don Cayetano no es
“caerle encima”, sino defender la verdad, basada en documentos, y no inventada
con ingeniosas o ingenuas ocurrencias. Por eso, cualquier historiador serio que se
acerque al Boletín debe hacerlo con cautela, como aconsejaba un reconocido
investigador del país a una afamada estudiosa de la cultura isleña: “Tenga cuidado
con Coll y Toste, pues don Cayetano, si no tiene el dato, lo inventa”. Y don
Cayetano inventó las fechas vitales de Torres y Vargas: 1590-1649,35 cuando le
corresponden los años 1615-1670.36
Siguiendo con Coll y Toste, parece que la Dra. Acosta tiene ojos solamente
para lo que le interesa. Si me critica que le caigo encima, ¿por qué no señala que
valoro a don Cayetano en otras ocasiones? Por ejemplo en esta cita: “Todo mi
respeto y admiración para el prócer puertorriqueño don Cayetano Coll y Toste. En
modo alguno pretendo negar la importancia y valor que ha tenido –y tiene– su
colección de documentos en la historiografía puertorriqueña. Solamente quiero
resaltar que es una edición acrítica, por lo que los historiadores deben usarla con
muchas reservas, al menos en lo referente a don Damián López de Haro, y me
temo que también respecto a otros muchos cronistas. No es el momento de tratar
las causas que pudieran explicar una edición tan defectuosa. A pesar del reparo
que pongo al BHPR, lo usaré –tanto la serie documental como los trabajos
personales de don Cayetano– para refutar el artículo del profesor en su propia
fuente”.37 Si nos apuntamos a las duras, ¿por qué no también a las maduras?
Undécimo paso
Habiendo criticado la Dra. Acosta lo que ha creído oportuno de mis
afirmaciones de la primera parte del libro, pasa ahora a la segunda. Y comienza
con este lamento: “Es una pena que el prejuicio hacia el canónigo criollo, tan
evidente en el autor (por más que lo trate de disimular), desmerezca ante los
lectores nacidos en esta patria, el mérito de tanta documentación inédita que se
incluye (y que el autor no repara en señalar que algunos de éstos tendrán que
incluirse en futuros libros)”.
Se me ocurre pensar que un lector, de la patria que sea, cuando se acerca a un
texto histórico, lo que menos le debe de importar es el tono en el que está escrito,
sino el contendido. Y si ese lector es historiador, con mayor motivo. Porque la
historia se escribe “a enjundia de documentos” y no “a golpe de prejuicios”
(Huerga dixit). Y lo que la Dra Acosta muestra contra mi tesis no es una
argumentación sólida, ni una refutación de lo que digo, sino pura y llanamente
resentimiento y prejuicio: léase venganza. Tanto que al reconocer (de mala gana,
34 C. Coll y Toste, “Puertorriqueños ilustres. Francisco Mariano Quiñones”, op. cit., IX, San Juan,
1922, p. 141, y en Puertorriqueños ilustres, Río Piedras, Editorial Cultural, 1978, p. 162.
35 C. Coll y Toste, “Puertorriqueños ilustres. El canónigo Torres Vargas”, op. cit., III, 1916, pp.
153-154. Quede constancia de que el autor no brinda ninguna prueba sobre la naturaleza de don
Diego.
36 P. Medrano Herrero, Don Damián…, pp. 303-307.
37 Ibíd., pp. 34-35, nota 8.
16
a regañadientes, por mucho que intente disimularlo) el mérito de tanta
información inédita que incluyo, no puede evitar lanzar el dardo: “y que el autor
no repara en señalar que algunos de éstos tendrán que incluirse en futuros libros”.
Lo incluirán, si quieren, los historiadores imparciales, amantes de la verdad, a
quienes no les importe quién lo dice, ni cómo lo dice, ni qué tono emplea, sino lo
que dice –que es lo importante–, venga de donde viniere. Y no lo incluirán los
historiadores resentidos, resabiados, rencorosos y acomplejados que se resisten a
aceptar la verdad porque se les cae el chiringuito –léase “tinglado”– que han
montado sin haber manejado los documentos debidos –como es el caso de la Dra.
Acosta– o porque los interpretan a su conveniencia; los que creen que el estudio
de la historia de Puerto Rico es un coto privado de los historiadores nativos; los
que piensan que los nacidos fuera, por muy arraigados que vivan en Puerto Rico,
amen su cultura y sirvan a su pueblo, no tienen derecho a hablar ni escribir de
temas isleños; los que creen que el estudio histórico tiene que ser un ditirambo y
no un análisis crítico, aunque como fruto de ese estudio sea preciso modificar las
teorías o creencias erróneas arraigadas.
No obstante, la seriedad de mi rigurosa investigación histórica le obliga a
reconocer: “Como historiadora [sic] aprecio sobre todo las cartas (páginas 255-
278) que contribuyen a ampliar nuestros conocimientos sobre la situación de San
Juan y de la isla entera en la segunda mitad del siglo diecisiete”. Ya lo creo que
contribuyen, porque hablo “de un sinfín de noticias pertinentes a la isla: cédulas y
provisiones reales de nombramientos; elogios y críticas de gobernadores;
huracanes, tormentas y pestes; pobreza de los habitantes; provisión de víveres;
construcción y reparaciones de la iglesia catedral; ayudas para el culto divino;
situación del presidio y defensa militar; el situado; frutos de la tierra y sus precios;
clases de moneda; pesos y medidas de la época; valor de los diezmos; falta de
comercio en la isla; ataques de enemigos; tratos con las islas vecinas, etc.”.38 Y
presento las valiosas cartas del cabildo eclesiástico repletas de noticias e
información, que tanto han gustado a la Dra. Acosta.
Si las páginas 255-278 son valiosas por la razón que indica la “historiadora”,
las restantes de esa sección (127-255, 279-307) no lo son menos, aunque tengan
un alcance más reducido, pues en ellas trazo la biografía de don Diego de Torres y
Vargas, la única existente y documentada sobre él en la historiografía
puertorriqueña. En esas páginas no me limito a corregir el dislate de don
Cayetano, sino a seguir los pasos de don Diego desde la cuna hasta la tumba. En
mi libro hay mucho más de lo que señala la Dra. Acosta. Por eso apunto: “Como
resultado de la lectura de estas páginas, ya sabemos más noticias –algunas
conocidas, las menos; otras, la mayoría, inéditas hasta hoy– de su persona: cuándo
nació; la fecha del viaje a España; los estudios realizados en Salamanca; los
ascensos en el escalafón eclesiástico; su estancia en Madrid, Sevilla y Cádiz; el
regreso a Puerto Rico con un criado; los frecuentes negocios con la metrópoli; la
compra de esclavos; sus tensiones con miembros del cabildo catedral; la
correspondencia privada o colegial con el Consejo de Indias y otros
administradores de la burocracia española; la actividad religiosa y social
desarrollada en favor de la isla, principalmente como vicario general de la
38 Ibíd., p. 308.
17
diócesis en sede vacante; su vida pastoral; su modo de ser, con sus aciertos y
errores; la fecha de su muerte...”.39 Quiérase o no, guste o no, ahí está el hecho. Y
esa biografía puede servir de arranque a quien desee mejorarla: no tendrá que
partir de cero.
Duodécimo paso
Por la actitud de la Dra. Acosta hacia mí, estoy convencido de que si hubiera
encontrado algún error en mi estudio, me lo habría restallado en la cara (y lo
habría hecho con resentimiento y altanería, defectos que me critica, pues eso es lo
que destila en su diatriba). Pero como no corrige ningún error es evidente que no
lo ha visto, señal de su desconocimiento de la materia.
Como a mí no me duelen prendas y por encima de cualquier convención
humana valoro la verdad –principio básico en los estudios históricos–, no tengo
ningún inconveniente en reconocer que he detectado dos fallos en mi libro. Los
señalaré, y su fuente. En ambos casos se debe a que me fié, todo hay que decirlo,
de reconocidos historiadores puertorriqueños.
El primer fallo se halla en el prólogo. En él expongo que es preciso enriquecer
las monografías existentes en Puerto Rico sobre el siglo XVII, “basadas en las
fuentes, no en textos infundados, origen de refritos inaceptables por
antihistóricos”. Y paso a citar lo expresado en una Enciclopedia sobre Torres y
Vargas: “Nació en San Juan en 1590. Estudió la carrera sacerdotal en la
Universidad de Salamanca, donde se graduó de Teología y Derecho Canónigo.
Hacia 1639 ya estaba de vuelta en Puerto Rico, donde le designaron secretario del
obispo Fray Damián López de Haro. En 1647 escribió la Descripción de la Isla y
ciudad de Puerto Rico y de su vecindad y poblaciones, presidio, gobernadores y
obispos; frutos y minerales. Esta obra está considerada como una de las primeras
muestras sobre historia de Puerto Rico. Murió en 1649”. A lo que sigue mi
comentario: “Pues bien, no puede haber más errores en menos espacio, ya que
don Diego no nació en 1590 [sino en 1615], ni estudió teología en Salamanca
[sólo cánones], ni hacia 1639 estuvo de vuelta en Puerto Rico [llegó en 1642], ni
fue secretario del obispo López de Haro [sino fray Sebastián de Avellaneda], ni
escribió en 1647 la Descripción [yo suponía 1649, por la razón que diré], ni murió
en 1649 [sino en 1670]”.40 (Los corchetes aclaratorios son añadidos ahora para la
mejor comprensión del lector).
Pues bien, de todas esas afirmaciones, tengo que retirar la penúltima. Estudios
posteriores me han llevado a la conclusión de que la Descripción pertenece al año
1647. ¿Por qué lo negué anteriormente? Porque me fié de las transcripciones de
esa crónica aparecidas en las antologías de Alejandro Tapia y Rivera, Cayetano
Coll y Toste, Eugenio Fernández Méndez y Aída Caro Costas, todos
puertorriqueños, en las que se lee: “El año de 1649 fue proveído por su sucesor
[de don Fernando de la Riva Agüero] en estos cargos el Maestre de Campo, Don
39 Ibíd., pp. 307-308.
40 Ibíd., pp. 19-20.
18
Diego de Aguilera”.41 La conclusión salta a la vista: si el texto citado pertenecía a
la redacción original, la Descripción no podía ser de 1647. Hoy sé que se trata de
un añadido. ¿Lo sabe la Dra. Acosta?
El segundo se encuentra en la sección de don Diego, y hace referencia al lugar
de nacimiento de su padre. Fiándome de las mismas versiones, copié: “el capitán
y Sargento mayor de la plaza que era García de Torres, natural de la villa de
Vélez en la Mancha”.42 Ciertamente, García nació en Uclés, provincia de Cuenca
(Castilla-La Mancha, España) y no en el inexistente pueblo manchego de Vélez.
¡Qué desgracia la mía! Para dos veces que confié en los antólogos
puertorriqueños, me salió el tiro por la culata. ¿Me felicitará la Dra. Acosta por
haber seguido los pasos errados de esos historiadores, o me lanzará rayos y
centellas por señalar que las transcripciones dichas son defectuosas? ¿Me dará
quizás una de cal y otra de arena?
Decimotercer paso
La imaginación humana no tiene límites. La imaginación, el fanatismo, la
rabia, el rencor y el prejuicio de la Dra. Acosta para conmigo, tampoco. Lo digo
por las siguientes palabras: “El prejuicio hacia Torres y Vargas comienza desde
que tiene que aceptar que el prelado [sic, en vez de canónigo] nació en Puerto
Rico pues ‘parece –me cita– difícil negarlo según los datos de que disponemos’”.
Se pregunta en tono autoritario: “¿Y porqué [sic] habría que negarlo?”. Tras
cavilar lo suyo, encuentra la respuesta: “Da la impresión de que hurgó en los
documentos para ver si podía probar que no era criollo pues eso sí hubiese sido
escandaloso”.
Claro que he “hurgado” en los documentos para saber si Torres era criollo o
no, y he aportado las pruebas fehacientes de que lo era, en contra de quien lo
negaba y de lo que la historiografía tradicional afirmaba sin probarlo.
Con lo dicho en el párrafo anterior no se crea que estoy avalando la tesis de la
Dra. Acosta, sino todo lo contrario, porque –fruto de su “pre-juicio”– desbarra y
delira. Como historiadora, la Dra. Acosta podrá ser muy competente –a mí no me
lo parece–, pero como lectora de pensamientos resulta una calamidad: podrá leer
mis escritos e interpretarlos maliciosamente a su gusto, no mi mente. Cuando yo
escribía: “parece difícil negarlo –la naturaleza criolla de don Diego– según los
datos de que disponemos”, estaba pensando en la afirmación de Álvaro Huerga:
“La primera lista –o el primer Episcopologio– se debe al canónigo Diego de
Torres Vargas, autor de una Descripción de la ciudad e isla de Puerto Rico que
goza de mucho renombre. Algunos la ponen sobre las nubes, por tratarse de uno
de los más antiguos escritores puertorriqueños. Si sólo estriba el valor de la
Descripción en el puertorriqueñismo, habrá que advertirle a los ‘fanáticos’ que el
41 En E. Fernández Méndez, Crónicas de Puerto Rico. Desde la conquista hasta nuestros días
(1493-1955), Río Piedras, Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 1981, p. 208.
42 Ibíd., p. 204-205.
19
bueno de Torres y Vargas no fue puertorriqueño de nacimiento, aunque sí de
adopción”.43
¿Lo ha leído bien la Dra. Acosta? ¿Verdad que he “hurgado” en los
documentos y he desmontado la teoría de un historiador que se ufanaba de privar
a Puerto Rico de ser la cuna de Torres y Vargas? ¿Verdad que la Dra. Acosta no
tenía ni idea del asunto? ¿Verdad que ha sido necesaria la participación de un
español para derribar la tesis de otro español –miembro de la Academia
Puertorriqueña de la Historia, por más señas– en defensa de un criollo? ¿Se da
cuenta la Dra. Acosta de que a mí no me importa el nombre de las personas, sino
la veracidad de los hechos? ¿Verdad que la interpretación que la “historiadora”
hace de mis afirmaciones es un modelo de fantasía, prejuicio, resentimiento y
xenofobia? ¿No cae la Dra. Acosta entre las historiadoras que valoran la
Descripción y a su autor sólo por “el puertorriqueñismo”, como advierte Huerga,
sin reconocer los dislates históricos que tal crónica contiene? ¿No pertenece la
“historiadora” a esa lista de “fanáticos” que critica el distinguido académico?
¿Arremeterá ahora la Dra. Acosta contra el Dr. Huerga por haber negado la
naturaleza criolla de don Diego y por tratar de “fanáticos” a algunos
puertorriqueños? ¿Reconocerá el descubrimiento de la verdadera naturaleza de
Torres y Vargas y de que cuando yo escribía la frase citada por ella, yo pensaba
que don Diego había nacido en Puerto Rico?
Decimocuarto paso
Obsesionada contra mí, vuelve al ataque: “Lo próximo es criticar a todos los
escritores e historiadores puertorriqueños, de la talla de Isabel Gutiérrez del
Arroyo, que han usado el término ‘puertorriqueño’ en lugar de ‘criollo’ al
referirse a don Diego. Francisco Scarano se salva, pero en la cita en la que
Medrano expande la alusión al texto de este historiador lo critica por ‘exagerar el
grado de nobleza del canónigo’. Medrano aclara que don Diego no proviene de
una familia criolla (puesto que el padre nació en La Mancha) pero le molesta lo de
‘prominente’. Concluye con el despectivo: ‘Don Diego no pasó de ser un hidalgo
corriente’”.
Lo interesante en este caso hubiera sido que la “historiadora”, en vez de
repetir lo que digo, demostrara que lo digo mal; es decir, que me equivoco. Y no
creo equivocarme si afirmo que el término “puertorriqueño” no es el apropiado
para referirse a don Diego, sino “criollo”. Nombrar como “puertorriqueños” a los
nacidos en Puerto Rico en el XVII es un evidente anacronismo, pues tal vocablo
es creación del siglo XIX o, como mucho, de la segunda mitad del XVIII. La
mejor prueba a mi favor es que el autor de la Descripción nunca llama
“puertorriqueños” a los nacidos en dicha isla, sino “naturales”, igual que a los de
la península. Como muestra, cito en el libro una serie de textos confirmatorios. Si
la Dra. Acosta descubre, documento en mano, que ya se usaba el vocablo en la
época de Torres y Vargas, aceptaré su hallazgo con mucho gusto.
43 V. Murga-Á. Huerga, Episcopologio de Puerto Rico, II, Ponce, Universidad Católica de Puerto
Rico, 1988, pp. 18-19.
20
Por lo tanto, no critico a los historiadores puertorriqueños, ni mucho menos a
todos, y menos aún a la Dra. Isabel Gutiérrez del Arroyo, excelente historiadora,
sino que expongo ideas, ofrezco datos y argumentos en defensa de lo que opino.
Y la Dra. Acosta no pasa de criticar, criticar y criticar, sin aportar nada. Por lo
demás, la Dra. Gutiérrez no se muestra segura de la propiedad del vocablo
“puertorriqueño” al referir que Torres y Vargas “revela la primera manifestación
de que tengamos noticias de regionalismo, de criollismo o puertorriqueñismo,
como se quiera llamarle”.44 La vacilación, evidente, delata. ¿Puede demostrar la
Dra. Acosta que a mediados del siglo XVII se reconocía a los nacidos en Puerto
Rico como “puertorriqueños”?
En cuanto a la genealogía, es obvio que don Diego no proviene de una familia
completamente criolla debido al lugar de nacimiento del padre, y no sé por qué le
incomoda a la “historiadora”. Respecto a la nobleza del señor canónigo quise
decir que no pertenecía a una de las prominentes familias tradicionales españolas,
los Grandes de España, como las que cita don Damián en su soneto:
Aquí están los blasones de Castilla,
en pocas casas muchos caballeros,
todos tratantes en jengibre y cueros:
los Mendozas, Guzmanes y el Padilla.45
Su nobleza era de rango inferior. Si la Dra. Acosta juzga que voy errado,
podía haberme conducido al buen camino… con documentos, en vez de limitarse
a repetir mis palabras. Y yo, lejos de enfadarme, se lo hubiese agradecido. Porque
lo primero, en asuntos históricos, es la verdad. No obstante, si lo desea, le puedo
proporcionar la genealogía de don Diego.
Ciertamente, cito al señor Scarano. Y mi comentario a su texto es el siguiente:
“Respecto a esta cita, conviene aclarar que don Diego no fue descendiente, por
vía paterna al menos, ‘de una familia criolla prominente’, pues bien claro dice el
hijo que su padre fue natural de La Mancha. Además, es preciso no exagerar el
grado de nobleza del canónigo. Ese rango social que él ostenta en todo momento
al firmar con el título de ‘don’, no le viene por nobleza heredada o de sangre, sino
adquirida a causa de los méritos de sus antepasados españoles al servicio del
monarca castellano. De hecho, durante sus estudios universitarios en Salamanca,
su nombre no aparece registrado en la sección de nobles, sino en la común de
estudiantes manteístas. Tampoco lo reconoce como noble, ni a él ni a su familia,
G. Lohmann Villena en su documentado estudio, Los americanos en las órdenes
nobiliarias”.46
Como se ve, he dado razones y datos en apoyo de mi opinión. ¿Qué ha
brindado la Dra. Acosta para demostrar que estoy equivocado? Razones, ninguna;
datos, menos. Pataleo y rabieta a flor de piel.
44 I. Gutiérrez del Arroyo, Historiografía puertorriqueña. Desde la Memoria de Melgarejo (1582)
hasta el Boletín Histórico (1914-27), San Juan, Puerto Rico, 1972, p. 7.
45 D. López de Haro, Carta-relación a Juan Díez de la Calle, edición de P. Medrano Herrero, San
Juan de Puerto Rico, Universidad Interamericana, 2005, pp. 153-154.
46 P. Medrano Herrero, Don Damián…, p. 136.
21
Como la Dra. Acosta me acusa de que critico a los historiadores de Puerto
Rico –a algunos, no a todos, como ella da a entender– voy a brindarle más
pruebas que justifican mi postura, con la invitación a la “historiadora” para que
me llame a capítulo si demuestra que estoy equivocado. Sea mi punto de mira don
Eugenio Fernández Méndez.
Escribe el distinguido historiador, refiriéndose a don Diego: “Desde este
punto de vista el primer puertorriqueño en hacer frente a la alusión ofensiva [del
obispo Damián López de Haro] es Fray Diego que hace en su carta una exaltada
loa de la participación de los puertorriqueños en la administración de los
territorios del Imperio Español...”.47 No debía de estar muy ducho don Eugenio en
asuntos eclesiásticos, pues Diego de Torres no fue fraile o sacerdote regular, por
lo que no le corresponde el apelativo de “Fray” que le adjudica, sino sacerdote
secular o diocesano. ¿Será un entendido en lo que afirma de Torres contra don
Damián? Parte del punto de que don Diego fue secretario episcopal y ya sabemos
que no es cierto. Vemos que cae en el anacronismo de “puertorriqueño” que
hemos criticado, y acepta con los ojos cerrados, a pies juntillas, sin criba alguna,
los elogios de la crónica a los criollos de Puerto Rico, sin saber el historiador que
en esa lista de la Descripción se incluyen atribuciones erróneas. Discúlpeseme la
probanza, pues nos desviaría del camino y nos llevaría demasiado lejos.
Pero pasemos a otro juicio de este reconocido historiador para confirmar
nuestro aserto: que muchos historiadores puertorriqueños dogmatizan sin haber
investigado lo suficiente. En la versión de la Descripción que don Eugenio
incluye en su antología, en una referencia del cronista al gobernador don
Fernando de la Riva Agüero, el antólogo incluye la siguiente nota al calce: “Don
Fernando de la Riva Aguero [sic] era puertorriqueño. Habiéndose ‘granjeado
calificados créditos’ en los estudios de Salamanca, le honró S. M. con el empleo
de visitador general de todos los archivos de Galicia y corregidor de Écija. Fue
oidor de las Audiencias Reales de Santo Domingo, Panamá y Guatemala. Ocupó
la gobernación de Puerto Rico de 1643 a 1648”.48 Aquí sí que es acertado decir
que no puede haber más errores en menos espacio. El gobernador don Fernando
no fue puertorriqueño sino santanderino, del pueblo de Gajano, en la actual
Comunidad de Cantabria (España);49 hombre dedicado a la milicia, no estudió en
Salamanca, sino un pariente homónimo; ni ejerció los cargos judiciales que se le
atribuyen, sino militares; ni ocupó la gobernación hasta 1648, sino hasta 1650. Si
la Dra. Acosta piensa que no es cierto lo que digo, puede proceder a corregirme…
con documentos.
Además don Eugenio no parece muy respetuoso con el mérito ajeno, pues se
lo atribuye como propio. La inclusión de un sintagma entre comillas nos descubre
que se trata de una cita, que no la identifica, y da a entender que el resto del
párrafo es de cosecha propia, cuando es un calco de la fuente. Fernández Méndez
tuvo la buena idea de editar la obra de Fernando Miyares González y de ella copió
47 E. Fernández Méndez, Historia cultural..., p. 142.
48 E. Fernández Méndez, Crónicas…, p. 177, nota 15.
49 Lo dramático del caso del señor Fernández Méndez es que hace caso omiso de la información
del cronista, quien dice la verdad al afirmar que el gobernador don Fernando era “natural de las
montañas” (p. 208), es decir, de La Montaña, esto es, Santander, Cantabria.
22
la referencia anterior, pero sin saber distinguir que el señor Miyares habla del
licenciado Fernando de la Riva Agüero y no del militar: “Lograron también el
premio de sus trabajos, el licenciado don Fernando de la Riba Agüero, que
habiéndose granjeado calificados créditos en los estudios de Salamanca, le honró
S. M. con el empleo de Visitador general de todos los archivos de Galicia y el de
Corregidor de Écija y aunque se halló en carrera de mayores empresas, el dulce
amor a la patria lo determinó a que se volviese a Indias con plaza de oidor de la
Real Audiencia de Santo Domingo, de donde pasó a las de Panamá, Guatemala y
México…”.50 Pregunta lógica: Si el señor Miyares brinda los títulos del licenciado
Riva Agüero y calla el de gobernador de Puerto Rico, ¿no será porque no lo fue?
¿Es comprensible que habiéndolo sido, lo hubiera silenciado, puesto que era un
oficio más honroso que los señalados? Lo mismo se puede decir de los cargos de
corregidor de Piura, gobernador y capitán general de Cartagena, gobernador y
capitán general de Tierra Firme y presidente de su Real Audiencia, que
desempeñó el militar don Fernando y no el licenciado homónimo. Aparte de que
varios de los oficios aludidos los ejerció este último muerto el militar.
Pero lo malo del caso no es el plagio, ni que el historiador se equivoque –lo
que ya es grave–, sino que le copien otros historiadores y perpetúen el error. Es lo
que ha pasado con Arturo Ramos Llompart, quien en su artículo sobre los
gobernadores de Puerto Rico incluye esa cita en la referencia al gobernador Riva
Agüero.51 Y el dislate se traslada al trabajo en conjunto con Aurelio Tió. Con el
agravante de que en esta ocasión estos historiadores corrigen a don Eugenio la
patria chica de don Fernando: “Era caballero de Santiago, natural de Avila”,52
siéndolo, como he adelantado, de Gajano.
Que en la historiografía puertorriqueña se acostumbra a repetir lo dicho por
otros sin pasar por la criba sus afirmaciones, lo puede comprobar la “historiadora”
en mi crítica reciente al actual Secretario Perpetuo de la Academia
Puertorriqueña.53
En asuntos de historia no es aplicable la sentencia correspondiente a los de fe:
Roma locuta, causa finita. Por mucho renombre que tenga un historiador, sus tesis
no podrán ser dignas de crédito si no las documenta. Y don Eugenio –como otros–
no fundamentó nada de lo aquí expuesto. Si la Dra. Acosta no está de acuerdo
conmigo y demuestra mi error, no tenga duda de que rectificaré. ¿Se atreverá?
Decimoquinto paso
También se queja la Dra. Acosta de que corrijo a los historiadores
puertorriqueños el que hayan dicho que don Diego fue el primero en utilizar el
vocablo “patria” aplicado a Puerto Rico. Escribe: “Alude entonces a otra de las
50 F. Miyares González, op. cit., pp. 21-22.
51 A. Ramos Llompart, “Catálogo de Gobernadores de Puerto Rico”, Boletín de la Academia
Puertorriqueña de la Historia, vol. V, núm. 20, 1978, p. 74.
52 A. Tió y A. Ramos Llompart, “Catálogo anotado de los gobernadores de Puerto Rico y de los
alcaldes de San Juan y San Germán como cabezas de partido”, Boletín de la Academia
Puertorriqueña de la Historia, vol. X, núm. 40, 1988, p. 27, nota 3.
53 P. Medrano Herrero, “Apostilla a un artículo del Dr. Luis Torres Oliver”, Focus, año V, n.° 2,
2006, pp. 79-80.
23
aseveraciones que han hecho muchos escritores en el sentido de adjudicar a don
Diego el haber sido el primero en referirse a Puerto Rico como ‘la patria’. Aparte
de que prueba que no es cierto de que fue el primero (pues fue Juan Ponce de
León II quien lo hizo en 1579), pasa entonces a tratar de probar que no pudo ser
Puerto Rico ‘la patria’ a la que se refiere don Diego”.
Vayamos por partes, pues de nuevo la “historiadora” vuelve a tergiversar mis
palabras. En primer lugar es de destacar que reconoce que pruebo que el cronista
no fue el primero en utilizar en Puerto Rico el vocablo “patria”. Por lo tanto,
quienes afirman lo contrario están equivocados. Pero modifica mi expresión al
decir que paso “a tratar de probar que no pudo ser Puerto Rico ‘la patria’ a la que
se refiere don Diego”. Yo no hago tal afirmación: no digo que Puerto Rico no sea
el lugar de nacimiento de Torres y Vargas, pues he demostrado antes que sí lo es,
en contra de la opinión de Huerga. Digo que en aquella época la palabra “patria”
no tenía el significado político de que goza actualmente; antes bien, equivalía a
pueblo, villa o ciudad donde uno había nacido. Por lo que advierto: “No se puede
confundir el concepto ‘patria’ del Siglo de Oro español con el de hoy, originado
en el siglo XIX”. Y paso a ofrecer varios textos en los que “patria” equivale al
rincón de nacimiento de uno, es decir, a lo que hoy llamamos “patria chica”. Entre
ellos, el Quijote: “Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores
desta Andalucía”.54 Y comento: “Esto es, la ‘patria’ de Cardenio no es España, ni
tan siquiera Andalucía, región española, sino una ‘ciudad’ andaluza”. Rubrico esa
teoría con otra referencia: “Y este alcance reducido del vocablo ‘patria’ se
mantiene hasta hoy. Por ejemplo, Emilio Orozco, al hablar de don Luis de
Góngora, expresa: ‘Pero nunca se olvidó don Luis de su ciudad ni tampoco perdió
su orgullo de andaluz. Cuando, entusiasmado con Granada, escribió su bello
romance de descripción y elogio, le dolió hondamente pensaran se había olvidado
de su patria. Y desbordante de amor y admiración a su Córdoba, la cantó en un
famoso soneto”.55 Por lo que termino: “’Su patria’. ¿Qué patria? Córdoba, la
ciudad natal del poeta”.56
Con el mismo significado de “patria” se usa también en la Descripción el
término “nación”: no con valor de país o patria grande, sino con alcance reducido
de región o patria chica. Cuando el cronista se refiere al fundador de hospital de
Nuestra Señora de la Concepción, anota: “Francisco Juancho, vizcaíno de
nación”; el gobernador Diego Menéndez de Valdés era “asturiano de nación”.57
Tanto Vizcaya como Asturias son dos provincias españolas. La continuidad de ese
concepto sigue vigente en la actualidad. El reconocido sociólogo español don
54 M. de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha, en Obras completas, ed. de Á. Valbuena
Prat, 16ª ed., Madrid, Aguilar, 1970, p. 1317. El mismo valor tiene dicho vocablo en otros
capítulos de la novela inmortal y en otros escritos cervantinos.
55 E. Orozco, Introducción a Góngora, Barcelona, Ed. Crítica, 1984, p. 23. M. Torremocha dice
que los estudiantes de la Universidad de Valladolid, para practicar la caza, regresaban a sus
“patrias”, es decir, sus pueblos, porque les resultaba más fácil encubrir las armas prohibidas: La
vida estudiantil en el Antiguo Régimen, Madrid, Alianza Editorial, 1998, p. 159.
56 P. Medrano Herrero, Don Damián…, p. 139.
57 Ibíd., p. 141.
24
Amando de Miguel dice de sí mismo: “No solo soy zamorano de nación sino
sayagués”.58
Obnubilada por su actitud, la Dra. Acosta valora así mi exposición: “Esto
[demostrar mi tesis] no lo logra por más que intenta con varios ejemplos y
definiciones con los que no convence”. No lo logro en algunas personas porque
no hay peor ciego que el que no quiere ver. No obstante, voy enriquecer mi
pensamiento con otras referencias históricas para recalcar mi creencia. Ojalá no
sea pérdida de tiempo. Acudo a don Gil González Dávila, receptor de la
Descripción, quien al hablar del lugar de nacimiento de varios prelados, detalla:
Don Juan de Zumárraga “tuvo por patria a la noble villa de Durango”; Don fray
Alonso de Montúfar “tuvo por patria a la ciudad de Loja”; Don Pedro de Moya de
Contreras “tuvo por patria a Córdoba”; Don Alonso Fernández de Bonilla “tuvo
por patria a Córdoba”; Don fray García de Santa María “tuvo por patria a la villa
de Alcalá de Henares”; Don fray García de Enguerra “tuvo por patria a la villa de
Frómista”; Don Juan Pérez de la Serna “tuvo por patria a Cervera”; Don
Francisco Manso “tuvo por patria a Cañas, lugar del obispado de Calahorra”; Don
Francisco Verdugo: “Tuvo por patria a Carmona, ciudad del reino de Sevilla”;
Don Feliciano de Vega “tuvo por patria a la ciudad de Lima”; Don Juan de
Mañozca y Zamora “tuvo por patria la villa de Marquina, en la provincia de
Vizcaya”, etc.59 ¿No queda suficientemente probado el alcance más común del
término “patria” en la época que estudiamos?
En apoyo de mi punto de partida, alego que durante la época española los
nacidos en el Nuevo Mundo eran tan españoles como los peninsulares, por lo que
la Dra. Acosta me reta: “Asegura además que en el siglo diecisiete no había
distinción entre peninsulares y criollos. Si no la había, ¿porqué [sic] la prohibición
de que se reclutaran soldados nacidos aquí para la guarnición del Morro? Fue
precisamente en 1650 que [sic], según relata Salvador Brau en su Historia, el Rey
regañó al gobernador Riva Agüero por haber reclutado naturales, con todo y que
lo hizo para evitar que todos los soldados fuesen portugueses y por tanto desleales
a España”.
Un comentario, una respuesta y una explicación. Comentario: la referencia a
que yo he dicho que “en el siglo diecisiete no había distinción entre peninsulares y
criollos” no me parece correcta. Lo que yo digo en el libro es que a los nacidos en
Puerto Rico en aquella época no se les llamaba “puertorriqueños”, sino
“naturales”, y añado: “La expresión común consistía en afirmar que fulano era
‘hijo y nieto de españoles’, o que ‘sus antepasados fueron conquistadores y
pobladores de la isla’, como hemos visto en textos referidos a don Diego. La
razón es que a los nacidos en América de antepasados españoles, se les
consideraba unos españoles más y eran tenidos –ellos mismos se consideraban
también– como vasallos del rey, lo mismo que un peninsular”.60 Está claro mi
58 Libertad Digital, 15.III.2008.
59 G. González Dávila, Teatro eclesiástico de la primitiva iglesia de las Indias Occidentales, vidas
de sus arzobispos, obispos y cosas memorables de sus sedes, I, Madrid, Diego de la Carrera, 1649,
en sus respectivos lugares.
60 P. Medrano Herrero, Don Damián…, pp. 135-136.
25
pensamiento: los criollos del Nuevo Mundo eran tan españoles como los de
España.
La respuesta a la pregunta capciosa de la “historiadora”: Por un acto de
prudencia y de autodefensa de la Corona para evitar que se diera un motín, una
revuelta, un levantamiento o una rebelión de los nativos contra las autoridades
militares de la Isla nombradas en Madrid, mucho más si los sublevados se aliaban
con los esclavos y negros cimarrones o con los numerosos extranjeros que
habitaban las islas de barlovento, por lo que España podría perder la llave de las
Indias y pondría en peligro su imperio en el Nuevo Mundo. Recuérdese que la
Descripción habla de “la isla de Puerto Rico como [la] primera de las pobladas y
principal custodia y llave de todas”.61
Y una explicación: Que los naturales de Puerto Rico eran tan españoles como
los peninsulares, lo demuestra la misma doctrina de la época. El cosmógrafo y
cronista Juan López de Velasco (1574) dice que a los hijos de españoles nacidos en las
Indias “llaman criollos, y en todo son tenidos y habidos por españoles”.62 Y en el Consejo
de Indias, al hablar don Juan Solórzano de los criollos y de los mestizos, dice: “En
cuanto a los primeros, no se puede dudar que sean verdaderos españoles y como
tales hayan de gozar sus derechos, honras y privilegios, y ser juzgados por ellos,
supuesto que las provincias de las Indias son como auctuario de las de España y
accesoriamente unidas e incorporadas en ellas, como expresamente lo tienen
declarado muchas cédulas reales que de esto tratan”.63 En cuanto a la
“españolidad” de los criollos eclesiásticos, escribe el mismo autor que “no sólo no
deben ser excluidos de las prelacías regulares, y seculares, oficios y dignidades,
como algunos pretenden, sino en igualdad de méritos han de ser preferidos a los
de España”.64
Esta doctrina se aplicaba en Puerto Rico y la recoge complacido el autor de la
Descripción: “Y de ordinario todas las dignidades y prebendas de esta Iglesia, las
gozan los naturales [sic] por el patronazgo Real que los prefiere a otros”.65 Y
como hijos del terruño, los eclesiásticos salían en defensa del lugar y del Rey, su
señor, pues en 1669 –entre los muchos datos que se pueden ofrecer–, el cabildo
eclesiástico –presidido por Torres y Vargas como deán–, informado del peligro
que corría Puerto Rico ante la amenaza de una armada enemiga, comunicaba a Su
Majestad: “Y conociendo este cabildo el riesgo en que estaba esta dicha isla con
tal vecindad, envió al punto dos comisarios a ofrecer a vuestro gobernador sus
personas y las de todos los eclesiásticos, las carretas y bueyes de la fábrica de la
iglesia para que fortificase las partes que necesitasen de fortificación, y las
lámparas y candeleros si le faltasen efectos para entrar víveres en sus almacenes”.
Poco después, entró en el puerto una balandra con franceses de la isla de Santa
61 En A. Tapia y Rivera, Biblioteca Histórica de Puerto Rico, San Juan de Puerto Rico, Instituto
de Cultura Puertorriqueña, 1970, pp. 540. Para facilitar la lectura, corregimos las faltas de
ortografía en las citas de la Descripción, los Anexos y Adiciones de esta edición.
62 J. López de Velasco, Geografía y descripción universal de las Indias, edición de M. Jiménez de
la Espada, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, vol. 248, Ediciones Atlas, 1971, p, 20.
63 J. Solórzano Pereyra, Política indiana, I, Madrid, Ediciones de la Fundación Juan Antonio
Castro, 1996, lib. 2, cap. XXX, n.° 2.
64 Ibíd., n.° 16.
65 En A. Tapia y Rivera, op. cit., p. 576.
26
Cruz que llegaban a comerciar. Como los prebendados, con buen criterio, los
catalogaron de espías, no dudaron en comunicárselo al Rey, lamentando que esa
visita peligrosa se debía a los pecados del clero: “Y habiendo este cabildo
reconocido mejor el riesgo que corría esta isla, y que eran espías que venían a
reconocer el estado de esta plaza, queriendo engañarnos con la baratesa [sic] de
esclavos y ropa que ofrecían, acudimos a Dios pidiéndole misericordia y
prometiéndole enmienda de nuestras vidas, y procurando la reformación de las
demás”. Los eclesiásticos prosiguieron en su empeño: “Volvimos a hacer
continuas instancias a dicho gobernador sobre que se previniese de los víveres
necesarios, ofreciéndole de nuevo todo lo referido, y con efecto le entregamos
cinco yuntas de bueyes y dos carretas, y al ejemplo todos los vecinos ofrecieron
sus vidas y haciendas, dando con toda puntualidad lo que se les repartió y
haciendo más de lo que han podido, según la pobreza en que se hallan […], con
que se pudo poner en defensa esta plaza”. Por si fuera poco lo dicho en apoyo de
nuestra tesis, el cabildo remata –como manifestación de su conciencia–, con
crítica incluida al gobernador Jerónimo de Velasco: “Y así nos ha parecido que no
cumpliéramos con la obligación de vasallos y capellanes de Vuestra Majestad si
no le diéramos esta cuenta, y suplicamos lo siguiente para la seguridad de esta isla
en lo venidero, viendo tan abatidos los ánimos a los vecinos que temen el poder
del que gobierna de presente y del que lo ha de suceder, para que Vuestra
Majestad provea lo que más convenga a su real servicio”.66 ¿Puede poner algún
reparo la Dra. Acosta a lo que decimos con documentos?
Como para justificar su pregunta, la “historiadora” se apoya –cual ciego en su
lazarillo– en don Salvador Brau, quien refiere el regaño del Monarca al
gobernador Fernando de la Riva Agüero por haber sentado plazas de soldados a
los naturales de la Isla, tengo que decir que la conclusión a la que llega tan insigne
historiador no es la correcta: no los reclutó “con todo y que lo hizo para evitar que
todos los soldados fuesen portugueses y por tanto desleales a España”, sino
porque el presidio se había quedado mermadísimo a causa de la peste en la que
murieron cientos de habitantes, entre ellos muchísimos soldados. Lo explico en
los dos siguientes pasos.
Decimosexto paso
Si duda alguna, la abundancia y destreza de los soldados de origen portugués
en Puerto Rico durante la gobernación de don Fernando fue motivo de alarma. La
alarma se debía a que, separado Portugal de España en 1640, los soldados
portugueses en la Isla podían traicionar a la Corona llegando a tratos con sus
nacionales o con los piratas de otros países europeos que amenazaban a Puerto
Rico. El peligro lo señalaba con dramatismo el obispo López de Haro: “Esta Isla,
señor, es la puerta de las Indias y de lo primero que ganaron vuestros españoles, y
consecuentemente lo que más codicia el enemigo, que le tenemos tan cerca que en
un día natural, y con buen tiempo en una noche sola, se puede poner sobre este
puerto; y con los espías que tiene de ordinario, no puede ignorar el estado
miserable en que nos hallamos, que si bien he dado alguna cuenta en otras cartas
66 En P. Medrano Herrero, Don Damián…, pp. 271-273.
27
de aviso representando la falta y miseria de los soldados y la sobra de
portugueses, así de ellos como de los vecinos y de los esclavos, que con el menor
socorro pueden vender esta plaza”.67
Que el acoso que sufrían los vecinos de Puerto Rico a mediados del siglo
XVII era abrumador lo reflejan de nuevo las palabras del prelado: “Esta plaza,
señor, tiene hoy muchas murallas, cercos y guarniciones, que a mi ver se parecen
a las de Cádiz, y de todas necesita por ser la puerta de las Indias por donde
nosotros entramos y por tener a la vista muchos enemigos que la codician y
ganado el barlovento para el día o la noche que quisieren amanecer sobre ella. Los
soldados nuestros son tan pocos que si el enemigo acometiese por diferentes
puestos, parece imposible el poderla defender”.68
La situación interna de la ciudad –e isla– se complicaba porque los soldados
eran escasos y las autoridades no se fiaban de algunos que tenían la obligación de
defenderla. Los sospechosos eran los portugueses. Apunta fray Damián: “El
mayor daño está en lo que voy a escribir: que de estos pocos soldados y
malcontentos, muchos son portugueses y oficiales, y de esta nación los más bien
disciplinados en la milicia, a quienes forzosamente, por no haber otros, se han de
entregar las guardias, y llevados de la ceguera de su nación, nos pueden entregar
en una noche”.69
Como también abundaban los portugueses entre los vecinos, aumentaba el
riesgo de sublevación, por lo que el señor obispo avisa a la Corte: “Sea la primera
[circunstancia] que los vecinos de esta Isla son poquísimos, de diferentes naciones
y pobres, que a mi ver aun no llegan a 400, y de éstos los que tienen alguna
hacienda y trato son de la dicha nación [portuguesa]; y unos y otros se sirven de
esclavos naturales de Angola y aquellas partes, y de criollos, hijos de portuguesas,
que por todos serán más de mil”.70
Remata el prelado la presencia lusa en Puerto Rico con los frailes: “La
segunda circunstancia, que de dos conventos que hay en esta ciudad, el de San
Francisco son cinco religiosos y los cuatro portugueses. Y lo peor es que el de
Santo Domingo, sobre ser muy fuerte y estar en una eminencia que señorea toda
la ciudad, el prior que le gobierna es un portugués cerrado, pretendiente de
provincial; y tiene otros tres religiosos portugueses; y el provincial actual, aunque
criollo, es también hijo de portugués”.71
El que avisa no es traidor, dice el refrán. Y el señor obispo avisó
repetidamente del peligro que corría Puerto Rico si se confabulaban soldados,
vecinos y frailes portugueses, aliados con los espías que llegaban a la ciudad o
con los piratas que merodeaban los puertos. Urgía evitar un sobresalto. Y dejó la
decisión en manos de quien tenía el remedio: “Allá verá Vuestra Majestad,
conforme la disposición de las cosas, si éstas son de embarazo, que por acá bien
sé yo que lo son, y que al Gobernador, como tan atento al servicio de Vuestra
Majestad, le tienen con no pequeño cuidado, y con estar tan necesitado de
67 Archivo General de Indias [AGI[, Santo Domingo [SD], 172.
68 Loc. cit.
69 Loc. cit.
70 Loc. cit.
71 Loc. cit.
28
soldados ha descartado algunos, y lo hiciera de los demás, como a mí me tiene
comunicado, si no temiera dejar esta plaza sin sangre, que, aunque poca y
maliciosa, con ella se sustenta este enfermo, y no parece acertado desangrarle
hasta que pierda la vida”.72 Ni que decir tiene que Felipe IV tomó cartas en el
asunto y agradeció al obispo sus desvelos: “Respóndase al obispo agradeciéndole
el cuidado y dígasele que al Gobernador se le escribe lo que en esto se ha de
ejecutar, al cual se le diga que con toda prudencia y buena forma procure ejecutar
lo dispuesto por las cédulas del año de 641 sobre los portugueses con ocasión del
levantamiento de Portugal”.73
¿No son hermosas e impresionantes las palabras de López de Haro en defensa
de Puerto Rico y sus diocesanos? Si el Rey le agradeció tanto esfuerzo y tanta
clarividencia, ¿se lo negará la Dra. Acosta?
Vista la exposición de los hechos por parte de fray Damián, en la que la
presencia de los soldados portugueses aparece como espada de Damocles pronta a
caer en cualquier momento, pero en la que el reemplazo de soldados portugueses
por criollos brilla por su ausencia, pasemos a la visión del señor Gobernador.
Sobre el peligro que amenazaba a Puerto Rico por parte de los corsarios y el
posible levantamiento de los soldados portugueses afincados en el Morro, don
Fernando de la Riva Agüero pensaba lo mismo que el señor obispo. En carta a
Felipe IV le recordaba que era preferible prevenir a lamentar: “Mucho importa,
señor, se tome con brevedad la resolución que conviene porque según el estado de
presente, aunque esta Isla tiene en las circunvecinas más de 30.000 hombres
enemigos, sólo teme la necesidad en que se halla y la dilación de los socorros que
espera”.74 Sobre el peligro de la plaza, avisaba en otra ocasión: “Su necesidad es
tan grande que más la defiende el crédito y apariencia de sus fuerzas que la
sustancia de su defensa. La gente es poca; los bastimentos que debieran tenerse de
respecto, ningunos; las armas y municiones, la tercia parte de las necesarias; y si
con orden mía no se hubieran comprado doscientos quintales de pólvora en
Méjico […] fuera fuerza, si el enemigo nos hubiera buscado, librar en las espadas
nuestra defensa, y si hoy nos buscase conviene, por la falta de bastimentos,
aventurarlo todo antes que el enemigo tome tierra, porque sin ellos no sirven las
murallas, y está nuestra salud en que no llegue a ponerlas batería”.75
A las deficiencias dichas había que añadir la falta de los oficiales del ejército,
responsables de la fortaleza y de la disciplina militar, sin la cual no es posible la
victoria: “Ha muchos años que la fuerza del Morro está sin alcaide propietario y
las compañías sin capitanes […]. Me hallo solo en una plaza tan dilatada que si
bien hay soldados de valor, los puestos dan autoridad y los que legítimamente los
ocupan son obedecidos con diferente respeto”.76 Pero los valientes soldados con
que contaba resultaban insuficientes para atender las necesidades de la plaza;
además de que algunos eran inservibles, sin tener en cuenta el peligro que
acarreaban los de origen portugués, los más valerosos y diestros. El relato no
72 Loc. cit.
73 AGI, SD, 156, R. 7, N. 103.
74 Ibíd., N. 90.
75 Ibíd., N. 99.
76 Ibíd., N. 88.
29
puede ser más expresivo: “La dotación de este presidio tiene cuatrocientas plazas
de su pie de lista y hoy los soldados no llegan a doscientos, y de estos los treinta
tan viejos y enfermos que ya no están de servicio, los noventa son portugueses,
tienen valor y experiencia en la milicia, que los más de ellos sirvieron conmigo a
Vuestra Majestad en la guerra de Pernambuco, y cuanto más se conocen más
cuidado causan, y los ejemplares de Cartagena, Cataluña y otras partes no
permiten confianza. Por este recelo envío en este patache cuatro, los de mayor
sospecha, para que en Cádiz se entreguen, y enviaré en la primera ocasión algunos
de los que quedan, a donde divididos, cuando falten a lo que deben, importe
menos que obren como se presume”.77 Y añade en otro punto de la carta: “De
todas las necesidades que represento a Vuestra Majestad ninguna, con ser tan
grandes, me causan tanto cuidado y desvelo como los portugueses que aquí
sirven”.78
Como se habrá podido apreciar, hemos planteado el problema de los soldados
portugueses en Puerto Rico a mediados del siglo XVII, según los documentos, y
se ha visto la coincidencia entre las dos autoridades máximas de la Isla sobre la
peligrosidad de los militares lusos. Se habrá advertido también que nada ha salido
de la sustitución de los soldados portugueses por los vecinos naturales de la isla.
¿Por qué? Porque la razón de la incorporación de los criollos a la milicia en
Puerto Rico se debió a otra causa ya adelantada, que no coincide con la
afirmación de Salvador Brau recogida por la Dra. Acosta Lespier. Esa causa la
exponemos en el siguiente paso.79
Decimoséptimo paso
Ante las dificultades que sufría la presencia española en la isla de San Martín,
debido principalmente al acoso de los corsarios holandeses, la Corona decidió
desmantelar el fuerte y enviar a Puerto Rico la tropa que lo defendía. Hecho el
desmantelamiento a principios de 1648, los soldados viajaron a su nuevo destino,
donde prendió –dice Riva Agüero– con “nuevas fuerzas la peste o contagio que
vino de aquella isla, tanto que en dos o tres días, y cinco a lo más largo, mueren
los enfermos. Pasan de quinientas personas las que en el referido desmantelo y
después han muerto de esta ciudad, y donde los vecinos apenas llegan a
doscientos es mucha pérdida. Y más la falta que hace la infantería, que ya no hay
donde enterrar a los muertos, ni soldados para proveer las postas ordinarias”.80
Ante esta calamitosa situación, don Fernando de la Riva acude al Rey para que
mande “socorrer esta plaza con doscientos hombres que, aunque el rigor de esta
enfermedad (que está hoy en su mayor fuerza) cese, son necesarios para el
cumplimiento de su dotación”.81 Como se ve, nada de soldados portugueses
77 Ibíd., N. 81.
78 Loc. cit.
79 El tema del presente paso lo tratamos más ampliamente en P. Medrano Herrero, “Puerto Rico en
la correspondencia del obispo Damián López de Haro”, Trinitarium, n.° 16, 2007, pp. 33-56, y en
Un pastor para un pueblo: El obispo Damián López de Haro y Puerto Rico, San Juan, Editorial La
Ojeda, 2008.
80 AGI, SD, 156, R. 7, N. 108.
81 Loc. cit.
30
peligrosos que deban ser sustituidos por criollos, sino falta de vecinos y de
soldados, muertos por causa de la peste. Y necesidad de cubrir las vacantes.
Para ganar tiempo, fiándose más de su diligencia que de la rapidez con que le
pudiesen atender en Madrid, Riva Agüero envió a don Francisco de Rivafrecha,
capitán y sargento mayor de Puerto Rico, a Nueva España para levantar –dice don
Francisco– “soldados y dineros”. Viendo la gravedad de la situación, el obispogobernador
de Méjico “hizo enarbolar dos banderas en esta ciudad y mandó hacer
la misma diligencia en la de [Puebla de] los Ángeles, con que a los quince días
hay alistados ciento y ochenta soldados”.82 De nuevo, nada del peligro de los
soldados portugueses, ni de su reemplazo por los nativos, sino de la leva de
soldados en Nueva España para el presidio de Puerto Rico.
Con una constancia a toda prueba, don Fernando vuelve a insistir en la Corte,
“representando a Vuestra Majestad la necesidad en que se halla aquella plaza por
el contagio que ha habido en ella, pues en menos de un mes han faltado más de
400 personas y la mayor parte de los soldados del presidio”. En previsión del
posible ataque enemigo, el gobernador urge a Felipe IV el envío de “la infantería
necesaria, o por lo menos 250 soldados, en la más próxima embarcación que se
pudiere”, pues el ejército extranjero no dudaría en atacar si conociese el estado en
que se hallaba Puerto Rico, con el consiguiente “perjuicio al servicio de Su
Majestad y a todas las Indias occidentales, siendo como es frente y vanguardia de
todas ellas”.83 Nada de portugueses y nada de criollos. Sino mortandad de vecinos
y soldados, y necesidad de ser sustituidos éstos por militares de afuera.
La peste duró tres meses y medio. A causa de ella, “murieron como hasta
seiscientas personas, de que tocó mucha parte a los soldados de este presidio, de
lo más lucido de él, y los ciudadanos de lo más noble y mayor importancia”.84
Desvalido como estaba, don Fernando volvió a despachar otra fragata a Nueva
España con cartas al Virrey –por conducto de don Diego Guajardo Fajardo, ex
gobernador de San Martín y nombrado gobernador de Nueva Vizcaya– para que
“socorriese esta plaza con alguna gente, antes que los enemigos de las islas de
barlovento supiesen la falta que tenía y conflicto en que se hallaba”.85 De nuevo,
nada de soldados portugueses amenazadores, ni de naturales sustitutos. Muertes a
granel y urgencia de llenar las vacantes dejadas por los militares fallecidos con
hombres del exterior.
Como los socorros pedidos a España y a Méjico no llegaban –“hasta ahora no
he sabido el efecto de esta diligencia”, manifiesta resignado don Fernando–, no le
ha quedado más remedio que tomar una decisión drástica para minimizar el
peligro que anticipa: servirse interinamente de los hombres de la tierra para cubrir
las vacantes de los soldados muertos, a sabiendas de que incumple la normativa:
no he tenido –dice– “otro alivio que haberme valido de los hombres del campo de
esta isla: San Germán, Coamo y el Arecibo, entreteniendo a unos con socorrerlos
y a otros asentándoles plaza, que si bien sé y estoy advertido no poder
82 Ibíd., N. 108 b. Era virrey de Nueva España en esas fechas el obispo de Yucatán, don Marcos de
Torres y Rueda.
83 Ibíd., N. 108 c.
84 Ibíd., N. 112.
85 Loc. cit.
31
asentárselas, por ser contra las órdenes generales de Vuestra Majestad, pareciome
en tanta necesidad que lo que más importaba era defender estas fortificaciones y
valerme para ello de los medios posibles”.86 Consciente de su atrevimiento y
desobediencia, pide disculpas y comprensión: “Suplico humildemente a Su
Majestad lo tenga a bien, pues todo se ha hecho con buen celo y por el mayor
servicio de Vuestra Majestad”. Y termina mostrando la interinidad de tales
nombramientos: “Por el mayor servicio de Vuestra Majestad […] se sirva de
mandar que los capitanes sucesores en las compañías [… de quienes] murieron de
la peste, levanten y conduzcan a este presidio doscientos hombres, en cuyo
número se llenará el de su dotación y se borrarán las plazas a los criollos que las
han asentado y a algunos de los de San Martín, que están enfermos y sirven con
poco gusto”.87
Ante una explicación tan sincera y juiciosa del Gobernador, la Junta de Guerra
autorizó el plan y anotó al pie de la carta, para asombro de la Dra. Acosta:
“Aprobar lo que propone y dar las gracias por ello. Y repítanse las órdenes al
Virrey de la Nueva España para que, correspondiéndose con el Gobernador de
Puerto Rico, procure socorrer de gente aquella plaza”.88 Y al acuerdo de la Junta
siguió la cédula real a don Fernando, en la que, tras glosar el contenido de la
misiva anterior de éste, añade Felipe IV: “Y habiéndose visto en mi Junta de
Guerra de las Indias, juntamente con lo que me escribió el obispo de Yucatán,
gobernador de la Nueva España, en carta de dos del mismo mes de diciembre de
48 sobre haberse perdido el socorro de gente y dinero que enviaba a esa plaza y
forma en que quedaba disponiendo remitiros otro de doscientos infantes a cargo
de don Luis de Salinas, tesorero de mi hacienda de esa isla, que se hallaba en
Méjico a la cobranza de lo que se debe al situado de ese presidio, ha parecido
aprobar, como por la presente apruebo, la forma en que os valisteis de la gente del
campo y lo demás que referís, y os doy por ello gracias por ser muy conforme a lo
que se esperaba de vuestro celo y atención a mi mayor servicio. Y por carta de
este día encargo a mi Virrey de la Nueva España que fomente la ida del nuevo
socorro de forma que se halle esa plaza en defensa”.89
Como se ve, el Monarca no tuvo inconveniente en aceptar la solución
provisional que había encontrado Riva Agüero para salir al paso de una situación
en que peligraba la seguridad de la isla, mientras llegaba el reemplazo de los
soldados del exterior. Por lo que carece de fundamento la argumentación de la
“historiadora” Acosta Lespier al afirmar que Felipe IV se opuso al nombramiento
de criollos para la defensa del Morro. Y resulta evidente que don Salvador Brau
no detuvo su mirada en los textos citados.
A lo que el Rey se oponía era –por la razón ya adelantada– a que esas plazas
de soldados nativos fueran fijas y duraderas, por lo que volvió a escribir al
Gobernador para que le diera más explicaciones. Y don Fernando notificó el
acuse de recibo: “Por cédula de diez y siete de junio del año de cuarenta y ocho,
que recibí el agosto de cuarenta y nueve, me manda Vuestra Majestad diga las
86 Loc. cit.
87 Loc. cit.
88 Loc. cit.
89 AGI, SD, 871, L. 12.
32
causas que me obligaron a asentar plazas de soldados y artilleros a algunos
criollos de esta isla, estando prohibido por cédulas reales”. Tras el preámbulo, la
explicación sin desperdicio: “Puerto Rico, señor, tiene muy vecinas las islas de
Santa Cruz, Guadalupe, la Dominica, Estacio, San Cristóbal, Montserrate y la
Barbada, y en ellas más de cincuenta mil hombres que toman armas, y por estar a
barlovento y ser en este mar las brisas vientos generales, pueden juntarse con
mucha brevedad en Santa Cruz, que está a la vista de ésta, y en seis horas llegar a
intentar alguna invasión. Y considerando yo que esta ciudad tiene como
doscientos vecinos, que todos o la mayor parte de ellos asisten de ordinario en sus
labranzas y algunos tan lejos que han menester dos días para volver a ella, y los
de San Germán, Coamo y Arecibo más de ocho, me pareció, forzado de los avisos
que tuve del embajador de Inglaterra, y después con la ocasión de la peste, de que
murieron muchos soldados de este presidio, debía estar con la prevención posible,
y que no la podía tener sin valerme de los medios que el tiempo y la necesidad me
enseñaban, por cuya causa tomé resolución de que se asentasen y recibiesen a
sueldo algunos criollos, en el ínterin que esta plaza se socorría, de los cuales,
luego que llegó el socorro de la Nueva España se les borró las plazas a la mayor
parte y después se va borrando a los que quedaron, conforme a las ocasiones que
se ofrecen de forasteros, con particular cuidado de que el número de la dotación
de este presidio esté lleno. Y para que conste a Vuestra Majestad de esta verdad
en su Real Consejo y Junta de Guerra, remito la certificación inclusa”.90 Una vez
más, nada de soldados portugueses peligrosos reemplazados por los criollos, sino
pocos vecinos residentes en la ciudad listos para defenderla, muchos soldados del
presidio muertos por causa de la peste y miles de enemigos apostados en las islas
vecinas dispuestos a tomar las armas contra Puerto Rico.
Y la certificación la firma el veedor Melchor Fernández de Tejada: “Certifico
que conforme a la muestra que en tres de este presente mes de enero se tomó a la
infantería y artilleros que en este presidio sirven a Su Majestad, está lleno el
número de las cuatrocientas plazas de su dotación, inclusas en él primera plana de
ambas compañías: sargento mayor y alcaide del Morro, como parece de las listas
reales de mi cargo, a que me refiero”.91 Por si fuera poco, como para esa fecha ya
había sido nombrado don Diego de Aguilera sucesor de Riva Agüero, la Junta de
Guerra anotó: “Dígase al gobernador nuevo de Puerto Rico que con la gente
nueva que fuere llegando, vaya llenando la dotación y acabe de borrar las plazas
de los criollos, guardando las órdenes, y a éste [don Fernando] no hay que
responderle”.92 Además de cursársele a Aguilera una real cédula en la que se le
ordenaba: “Y habiéndose visto en mi Junta de Guerra de las Indias, pareció
ordenaros y mandaros, como lo hago, que con la gente nueva que fuere llegando
va[yá]is llenando las plazas de la dotación que tiene ese presidio y acabéis de
borrarlas a los criollos, guardando en ello las ordenanzas que sobre esto están
dadas, que así conviene a mi servicio”.93 Como acabamos de ver, el predecesor le
90 AGI, SD, 156, R. 7, N. 119.
91 Ibíd., N. 119 b.
92 Ibíd., N. 119.
93 AGI, SD, 871, L. 12, y AGI, SD, 156, R. 7, N. 119 a.
33
ahorró este trabajo, pues don Fernando había completado la dotación con los
soldados llegados de Nueva España.
Visto lo anterior, creemos que la pregunta capciosa formulada por la
“historiadora” Acosta ha sido contestada con pelos y señales. Y la respuesta –
basada en documentos irrebatibles– demuestra que: 1) Felipe IV aprobó
inicialmente el nombramiento interino de criollos para ocupar las plazas de
milicia en el Morro; 2) Ese nombramiento interino de naturales no sirvió para
reemplazar a los soldados portugueses por miedo a que estos fuesen desleales a
España, sino para cubrir las vacantes de los soldados, sin marca de nacionalidad,
que habían fallecido a causa de la peste de 1648, ante la amenaza de los enemigos
de las islas vecinas; 3) La llamada de atención real al gobernador don Fernando
no se debió a que Riva Agüero hubiese nombrado soldados criollos en sustitución
de los portugueses peligrosos, sino para que sus plazas no fueran fijas, tras la gran
mortandad de milicianos en la ocasión dicha; 4) Y que tan pronto se cubrió la
dotación con la leva llegada de Méjico, se dio de baja a los criollos reclutados en
San Germán, Coamo y Arecibo.
¿Lo ha entendido la Dra. Acosta? ¿Me reprenderá una vez más por haber
tenido que corregir de nuevo a don Salvador Brau, en quien ella había depositado
su confianza? ¿Se dará cuenta la “historiadora” de lo conveniente que es “hurgar”
en los archivos, beber en los manantiales y no en arroyos que puedan estar
contaminados por falta de investigación, interpretación equivocada o
manipulación política?
Así, pues, peninsulares y criollos pertenecían a la misma nación española. El
que los criollos, como compañía o grupo numeroso, estuvieran apeados de la
tropa militar no se opone a nuestro aserto, sino que por cuestiones de seguridad,
como dijimos antes, se les ponía una tranquilla. Impedimento inexistente cuando
se trataba de casos individuales, cuyos sujetos ofrecían todas las garantías de
fidelidad, como los dos hermanos de don Diego de Torres y Vargas, don García y
don Alonso –entre otros muchos criollos–, que ocuparon las plazas de capitán
otorgadas en atención a los méritos de su heroico padre, muerto en defensa de
Puerto Rico con motivo del ataque holandés de 1625. Y a veces no sólo se
admitían soldados criollos particulares, seleccionados, exclusivos, sino en mayor
número, aunque pequeño, como sucedió en 1644 cuando el gobernador Riva
Agüero socorrió dos veces la isla de San Martín, acosada por los holandeses, y en
el segundo socorro, además de víveres y algunas armas y municiones, envió de
refuerzo “diez soldados hijos de esta isla” al mando del capitán y sargento mayor
don Baltasar de Alfaro, soldado de Flandes.94
Es más, hasta se aceptaban como militares a gentes nacidas en otros lugares,
incluso de Portugal, siempre que hubiesen dado pruebas indudables de servicio a
la Corona. Es el caso del capitán Francisco Vicente Durán, portugués, mano
derecha del gobernador Riva Agüero en muchas gestiones militares, entre ellas el
socorro a la isla de San Martín, primero, y la demolición de su fuerte, después;
aparte de haber desalojado a los enemigos de las islas de Santa Ana y Santa Cruz.
Por eso, al enviarlo a España con un aviso, don Fernando comunica al Felipe IV
que aunque el mensajero, por “haber nacido portugués, parece por los accidentes
94 AGI, SD, 156, R. 7, N. 82.
34
de los tiempos defecto, es tan afecto al servicio de Vuestra Majestad que
justamente merece las honras y mercedes que fuere servido hacerle”.95
Recomendación en la que insiste: Sería justo “le haga merced de un
entretenimiento en esta plaza o lo que Vuestra Majestad fuere servido, que demás
de lo que ha sabido merecer, estoy cierto me desempeñará de la confianza y
estimación que yo hago de su persona con mayores efectos del servicio de Su
Majestad, siempre que tenga ocasión en que pueda mostrarlo”.96 Y remacha Riva
Agüero en apoyo de su ayudante al juzgarle libre de sospecha: “Tiénele con
alguna desconfianza haber nacido portugués, efecto de los accidentes de los
tiempos, y es su mayor deseo que Vuestra Majestad conozca que su corazón es
castellano, en cuya verdad tiene muchos actos positivos”.97 Los méritos del
recomendado son tales que el Gobernador insiste: “Digo, señor, que el sujeto es
de importancia, particularmente para las cosas de la mar, por ser gran marino y
buen piloto, de resolución, valor y juicio bastante. Y siendo Vuestra Majestad
servido hacerle merced de una compañía en la Armada de Barlovento, la merece;
o confirmándole el título de capitán que le di, continuará, con un entretenimiento
de cuarenta escudos, sus servicios en la Isla. Y tengo por cierto será su persona de
mucha importancia en ella, y bien empleada y de mucho ejemplo a los que le han
visto servir la merced que Vuestra Majestad fuere servido hacerle”.98
Y el Rey no permaneció indiferente. Le dice a don Fernando que viendo “lo
bien que procedió en mi servicio Francisco Vicente […], ha parecido deciros
llaméis a este sujeto y le deis gracias de ello, dándole a entender lo que se ha
estimado este servicio, y que yo tendré cuidado de su persona, y en el ínterin os
encargo le ocupéis en las ocasiones que ahí se ofrecieren de su comodidad, y para
que yo lo haga me diréis en qué le podré emplear conforme a sus servicios y
experiencia”.99 Más tarde le llegaría al portugués con corazón castellano una
ayuda de costa y la confirmación del título de capitán. Una prueba extra en contra
de la tesis de la Dra. Acosta y de su fuente.
Decimoctavo paso
En el análisis de mi escrito, comenta la Dra. Acosta: “Pasa entonces a trazar
toda la ruta de don Diego a partir de sus estudios en Salamanca hasta su regreso a
Puerto Rico en 1642 luego de ser nombrado canónigo de la Catedral de San Juan
por Felipe IV. Sin embargo, hay un empeño en desmerecer al canónigo
puertorriqueño (para acabar con lo que llama la ‘idealización’ que los
historiadores puertorriqueños han hecho de la figura de don Diego) a todo lo largo
de su escrito enfatizando siempre su ambición y su búsqueda de riquezas para
concluir, en una nota al calce, que la ‘verdad histórica es que no fue ni tan santo,
ni tan humilde, ni tan decidido, como ya hemos visto’ (p. 269, nota 373). Por
supuesto, siempre para contrastar con la maravilla que fue don Damián”.
95 Ibíd., N. 90.
96 Ibíd., N. 93.
97 Loc. cit.
98 Ibíd., N. 100.
99 Ibíd., N. 100 a.
35
Si, según la “historiadora”, trato de desmerecer los méritos de don Diego, veo
que ella sigue la lección al intentar desmerecer los ajenos, pues si antes ha
aceptado, a regañadientes, mi prueba de que Torres no fue secretario episcopal,
ahora silencia que por primera vez en la historiografía puertorriqueña se han
documentado datos fundamentales de la biografía de tan distinguido criollo: su
vida universitaria en Salamanca (matrícula, asignaturas estudiadas, cursos
realizados, fecha de graduación, incluida la hora), los años de estancia en España,
la real cédula con el título de canónigo, los trámites de regreso a Puerto Rico, la
flota y nao en que realizó la travesía, día de salida y de llegada a su destino…
En la segunda parte de su párrafo anterior, se queja la Dra. Acosta de que
condeno la “idealización” de la figura de don Diego y que le catalogo de
ambicioso y amante de riqueza, además de que le bajo del pedestal de santo,
humilde y decidido. Repasando mi libro, no veo que yo realce en Torres y Vargas
“su búsqueda de riquezas”, sino su lucha por la vida, como no quedaba otro
remedio en aquella sociedad en la que faltaba lo imprescindible para la
subsistencia, según prueban tan palmariamente los documentos de la época, tanto
de gobernadores y obispos, como de los cabildos secular y eclesiástico y hasta de
personas particulares. Por eso puntualizo: “En Puerto Rico, los diezmos
eclesiásticos siempre fueron exiguos, concretamente en el siglo XVII, época que
aquí nos interesa. Razón principal: la pobreza de la isla […]. De ahí la constante
queja de obispos, prebendados y simples curas respecto a la penuria y necesidad
en que vivían: con frecuencia los diezmos eran cortos y la caja real a veces se
encontraba vacía o sin fondos suficientes. De ahí también las actividades
comerciales que llevaba a cabo la clerecía con el propósito de lograr una vida
digna; actividad no exenta en ocasiones de excesos y abusos, como el
contrabando realizado por algunos clérigos menos escrupulosos”. Tras la
panorámica general, la particular: “Por lo que aquí nos toca, veamos algunas de
las transacciones comerciales efectuadas por nuestro protagonista en su afán de
buscar horizontes económicos más halagüeños para sí y los suyos”. Procedo
después a documentar los envíos de productos de don Diego a España y concluyo:
“En resumen, teniendo en cuenta los documentos aportados, referidos a
determinado e incompleto número de años, podemos decir que el bachiller Diego
de Torres desplegó una actividad comercial nada despreciable. Él, como otros
clérigos y seglares, enviaba a España los productos de la tierra y de la ganadería
conseguidos a través de los diezmos a que tenía derecho por razón de su cargo,
más otras limosnas y beneficios de capellanías, para, en un principio, saldar
posibles deudas contraídas en la metrópoli con motivo de sus estudios, los
honorarios de la prebenda y su viaje de regreso, y en particular para conseguir
todo aquello necesario e imprescindible –alimentos, ropa, calzado, ajuar,
mobiliario, ornamentos litúrgicos, libros, etc.– a fin de llevar él y su familia una
vida más o menos digna y holgada, dentro de la estrechez económica isleña, pues
como decía el obispo López de Haro, ‘el vino, el vinagre, el aceite, el pan, con
todo lo que es necesario para vestirse, viene por el mar, de Castilla o de la Nueva
España’”.100 ¿En qué momento acuso a Torres y Vargas de “búsqueda de
100 P. Medrano Herrero, Don Damián…, pp. 185-199.
36
riquezas”? Si no acuso, ¿por qué me acusa la “historiadora” de que acuso? ¿Qué
pruebas presenta en contra?
De las palabras de la Dra. Acosta se deduce que yo rechazo a don Diego y veo
en él un cúmulo de defectos sin mezcla de virtudes. Lo cual no es cierto. A una
cita elogiosa acerca de él, ya adelantada en el paso cuarto, anoto en otro lugar:
“Que Torres y Vargas fue un clérigo digno y competente nadie lo pone en duda,
ni aun los estudiosos más acendrados y acuciosos de su figura”.101 Lo que sucede
es que esa figura ha sido idealizada por falta de investigación y exceso de
manipulación política, cuyo ejemplo palmario lo tenemos en la Dra. Acosta, y yo
he tratado de dar una visión más acorde con la realidad histórica.
En cuanto a las tachas que le señalo, no soy el primero, aunque sí el más
crítico. Pero no por “pre-juicios”, sino con documentos. Uno de ellos, la
valoración del obispo Benito de Ribas, precedida de mis palabras: “El juicio que
le merece don Diego de Torres y Vargas no tiene desperdicio, pues junto al
ditirambo al uso –de entonces y de hoy– sobre el famoso bachiller, nos revela
rasgos negativos de su personalidad. Si en el texto de Francisco Arnaldo de Isasi
se catalogaba a Torres y Vargas –como al resto de los capitulares– de interesado y
ambicioso, en el de fray Benito –junto a los valores positivos– se resalta
expresamente su orgullo, ambición y capacidad de manipulación”. La prueba:
“Entre los prebendados, el deán es jurista; estudió en Salamanca y es bachiller por
aquella escuela. Es gran eclesiástico y un sujeto muy digno de mayor puesto.
Hállase mal de súbdito, porque con las vacantes largas de las Indias ha sido
obispo 102 mucho tiempo en Puerto Rico. Hoy le tengo nombrado provisor; no sé
si se desdeña de ejercer hasta que falte yo. Propone para las prebendas de la
iglesia sujetos que él los pueda traer a su mano. Sírvase Vuestra Excelencia de
tenerlo advertido”. Y no sólo el destinatario de la carta, sino “también debe
tenerlo en cuenta el historiador actual, especialmente el del patio, para no emitir
juicios parcializados e incompletos acerca de nuestro distinguido protagonista”,103
como yo recordaba entonces y repito ahora.
Por eso, en mi último estudio sobre el tema –en el que mantengo la misma
postura que en el libro criticado por la Dra. Acosta–, llego a la siguiente
conclusión: “De las dos imágenes de don Diego de Torres y Vargas –la una más
soñada que real; la otra fundada en sólidas fuentes históricas–, nos quedamos con
la segunda porque presenta con más fidelidad, aunque refleje algunas zonas
oscuras, el verdadero rostro del distinguido eclesiástico criollo. Esta nueva visión
nos aleja de la subjetividad y fantasía, nos acerca a los hechos y nos muestra a un
personaje más auténtico, más humano, de carne y hueso, más próximo a
nosotros”.104 Si la “historiadora” cree que yerro, “hurgue” en los documentos y
anímese a rebatirme, en vez de repetir lo que yo digo. Ojalá demuestre que don
Diego fue un santo. Lo celebraría.
En su desahogo revanchista, dice la Dra. Acosta que rebajo la figura de Torres
y Vargas para contrastarla siempre “con la maravilla que fue don Damián”. Aquí
101 P. Medrano Herrero, “Diego de Torres y Vargas…”, p. 19.
102 Esto es, vicario general en sede vacante.
103 P. Medrano Herrero, Don Damián…, p. 269.
104 Íd., “Diego de Torres y Vargas…”, p. 30.
37
no se trata de quitar lo méritos de uno para dárselos a otro, porque se le puede
aplicar el refrán: Quien de lo ajeno se viste, en la calle lo desnudan. Se trata de
dar a cada uno lo suyo conforme a justicia. Y la justicia se administra, en el caso
que nos ocupa, teniendo como base los documentos fidedignos, no las rabietas, las
emociones ni los prejuicios.
Los juicios de valor documentados sobre la figura de don Diego son escasos
en la historiografía puertorriqueña; los subjetivos y prejuzgados, muchos. Con
don Damián sucede al revés. Como estudioso de la vida y obra del señor
canónigo, a la vez que he resaltado sus méritos, he señalado también algunos de
sus deméritos, todo ello debidamente fundado. Respecto al señor obispo no
conozco hasta hoy ninguna tacha documentada –sí, claro está, por parte del club
de los resentidos e indocumentados–, y eso que he “hurgado” con ahínco. Antes
bien, elogios. Varios de ellos corren por estas páginas, a los que me remito.
Añado otros sobre don Damián manifestados por sus contemporáneos, como
prueba de la “maravilla” episcopal. Sea el primero el del gobernador Fernando de
la Riva Agüero: “El maestro fray Damián López de Haro, obispo de esta isla, ha
23 [sic, en vez de 11] meses que está en ella, y en este breve tiempo ha hecho, en
el bien de esta santa iglesia, a Dios y V. M. muy particulares servicios, aliviándola
de los empeños en que la halló con buscar la forma que convino para la verdad de
las cuentas que de muchos años a esta parte no tuvieron la claridad en que su
cuidado e incansable trabajo las ha puesto. Ha celebrado sínodo diocesal, dando
en él las leyes eclesiásticas que de su mucho talento y maduro acuerdo
esperábamos. Su doctrina, su virtud, la autoridad de su persona y, en mayor lugar,
el ejemplo de su vida nos tiene a todos con la veneración y rendimiento que por
tantos respetos le confesamos, y a mí en obligación inexcusable de hacer a V. M.
este acuerdo, cuya católica y real persona guarde Dios como la cristiandad ha
menester”.105
Recojamos las palabras del cabildo secular de Puerto Rico: “Rendimos a V.
M. las gracias que podemos por la merced de habernos dado tal prelado como el
maestro don fray Damián López de Haro, nuestro obispo, cuya gran virtud y celo
del servicio de Dios y de V. M. con que ha procurado nuestro espiritual consuelo
y alivio en lo temporal, conservando siempre la paz y amistad con nuestro
gobernador y capitán general don Fernando de la Riva Agüero; nos ha dado
grande alivio y desahogo en los graves aprietos y aflicciones en que nos han
puesto las guerras, falta de comercio y situaciones; hanos edificado con su
ejemplo y doctrina y dado leyes eclesiásticas en la [sic] sínodo que celebró, de
que totalmente carecía este obispado, en que con nueva luz las ha dado a estas sus
iglesias; ha ajustado las cuentas de su fábrica librándola de más de cincuenta mil
reales en que la halló empeñada y atributada, buscando el modo y forma más
suave para este desempeño y paga, ejecutándolo con prudencia y sin ruido de
pleitos: obras solas de su gran valor y gobierno. Y aunque no podemos hacerle
otro servicio por nuestras cortas fuerzas, reconocemos los beneficios recibidos
significándolos a V. M. para que se sirva premiarlos como de su grandeza
esperamos”.106
105 AGI, SD, 172.
106 Loc. cit.
38
Los miembros del cabildo eclesiástico no les van a la zaga: “Corta quedara,
señor, nuestra atención si a la de V. M., que Dios guarde, tan atento a lo
arriesgado de la monarquía, no lo advirtiéramos de lo pacífico y loable en que se
hallan las cosas de iglesia mediante el agrado, prudencia y santo celo de nuestro
prelado, el maestro don fray Damián López de Haro, con que incansablemente las
ha reducido ajustando cuentas, allanando dificultades, que con la invasión del
enemigo holandés y delaciones del tiempo se habían confundido, si bien la
tenuidad de rentas antes decrece por la falta y baja de los frutos, buques y situados
que la acrecían, como avisamos a V. M. y suplicamos nos socorriese en la caja de
Cartagena”. Y añaden: “Finalmente, señor, nuestro buen pastor, para más bien
disponerlo todo, al cabo de más de 80 años que no se celebraba [sínodo] en este
obispado, celebró ahora uno tan copioso y tan en breves días, que más pareció,
como lo es, obra del Espíritu Santo que lo asistió, que conducción humana que lo
solicitó. A los ojos de V. M. se remite para que como tan católico lo advierta y tan
justificado lo cualifique, y premie cuidados tan lucidos como bien logrados en
servicio de esta iglesia y V. M., a quien nosotros, como sus humildes capellanes,
postrados a sus reales pies, así lo suplicamos, y rogamos a Dios guarde a V. M.
felices años”.107
Coronamos estas valoraciones con las palabras de Felipe IV. Satisfecho el Rey
por el sínodo diocesano celebrado por don Damián, ordena: “Respóndase al
obispo cómo se han visto las Constituciones y se han aprobado con la calidad que
lo están, y dándole muchas gracias por el celo con que procede”.108 Y al mandato
siguió la real cédula: “Os doy muchas gracias por el celo y atención con que
procedéis en esto y en las demás cosas de vuestro cargo, de que quedo con la
estimación debida, y tendré memoria de vuestra persona en las ocasiones que se
ofrecieren de vuestros aumentos”.109
La lectura de esas misivas nos revela la calidad humana y espiritual de don
Damián; el prestigio de que gozaba entre sus diocesanos; la admiración de sus
contemporáneos –militares, seglares y clérigos– hacia él. Valoración que aumenta
si consideramos que entre los firmantes eclesiásticos se encuentra don Diego de
Torres y Vargas en su calidad de canónigo, testigo de los hechos relatados, juez
sinodal y admirador de su prelado, por mucho que algunos rencorosos y
politizados los quieran enfrentar. Valoración, en fin, que se extrema por los
elogios reales en los que lejos de una reprimenda, como a don Diego,110 se le
reconocen a López de Haro los méritos para una promoción a una diócesis más
honrosa.111 No hay duda de que fray Damián era considerado entonces una
“maravilla”, como lo sigue siendo hoy por quienes le conocen, aunque rabien los
resentidos y prejuiciados.
107 Loc. cit.
108 Loc. cit.
109 AGI, SD, 870, L. 11.
110 Cf. el Vigésimo paso.
111 La promoción llegó poco después para la diócesis de Cuba, pero con retraso: Don Damián
acababa de morir.
39
¿Puede presentar la Dra. Acosta elogios semejantes dedicados por sus
contemporáneos a don Diego desde 1642, fecha de su regreso a Puerto Rico, hasta
1670, año de su muerte? Me llenaría de satisfacción.
Decimonoveno paso
Enfrentar a don Diego con fray Damián por culpa de la Carta-relación, como
ha hecho tradicionalmente la historiografía puertorriqueña, carece de todo soporte
documental. Por el contrario, los documentos presentan a ambos personajes como
personas bien relacionadas. Aunque ya he tratado el tema en otro lugar,
permítaseme aquí unas pinceladas.
Al año siguiente, escaso, de llegar a Puerto Rico, López de Haro celebró el
sínodo diocesano. Para su mejor desarrollo, entre los títulos que otorgó el prelado,
adjudicó a Torres y Vargas el de juez examinador y testigo de tan magna
asamblea. Señal de que las relaciones eran cordiales. Poco tiempo después, don
Damián viajó al Oriente venezolano para llevar a cabo la visita pastoral. En el
ejercicio de este ministerio, el obispo excomulgó a don Diego Guajardo Fajardo,
gobernador de la isla de San Martín, por haberse entrometido en asuntos
eclesiásticos. Como por esas fechas se había realizado el desmantelamiento del
fuerte de San Martín y tanto el gobernador como los soldados se habían
trasladado a Puerto Rico, el prelado remitió el proceso a la sede para que allí se
tomaran las declaraciones a los afectados, con el encargo de que realizara las
gestiones el arcediano don Luis Ponce de León, comisario del Santo Oficio de la
Inquisición, gobernador eclesiástico, juez provisor y vicario general de la diócesis
en ausencia del pastor. Más tarde, descontento de su proceder, fray Damián
destituyó del oficio al señor arcediano y nombró en su lugar al canónigo don
Diego: “Nos, el maestro don Fray Damián López de Haro […], confiado de la
prudencia, letras y recta conciencia del licenciado don Diego de Torres y Vargas,
canónigo de la catedral de este obispado y que bien y fielmente hará lo que por
nos le fuere encomendado, y mandamos por la presente en la mejor forma y
manera que podemos y de derecho debemos, criamos, señalamos y diputamos al
dicho don Diego por visitador general de nuestra diócesis […]”.112 Ante este
hecho, ¿se puede admitir alguna rencilla o animosidad entre ambos personajes?
En la Descripción, el señor obispo tiene un puesto destacado, no sólo por el
espacio que se le dedica, sino por lo que de él se resalta. Nos limitamos a lo
esencial: “Vino a esta Ciudad el año de 1644, y luego trató de celebrar Sínodo
Diocesano, como lo hizo, el cual remitió a Su Majestad y le confirmó y está
mandado imprimir. En él se reforman muchos abusos y da asiento a muchas cosas
que necesitaban de tenerle fijo, y en particular puso precio a las Misas de
capellanías perpetuas, que hasta ahora era de ocho reales la limosna de la Misa, y
la subió hasta quince, para que mejor puedan sustentarse los capellanes. Así
mismo escribió carta a Su Santidad el año de 1646 sobre el aprieto que se hace a
los indios de la Margarita y provincia de Cumaná que es anexo a este Obispado, y
hasta ahora se está haciendo aquella visita de que se esperan grandes frutos en
112 AGI, SD, 173.
40
bien de las almas, y reverencia del Culto divino y estimación de sus prelados”.113
Como se puede apreciar, el juicio no puede ser más sentido y elogioso, en el que
se destaca la actividad apostólica del prelado, tanto en Puerto Rico como en los
anexos, en beneficio de sus fieles y particularmente de los clérigos. Juicio en el
que no aparece ni un atisbo de crítica a López de Haro, mucho menos por su
“actitud prepotente” y su “disgusto de estar en una diócesis muy poca cosa para
él”, como le acusa irreflexivamente la Dra. Acosta.
En la sección dedicada a los Anexos diocesanos vuelve a aparecer la figura
egregia de López de Haro. El cronista narra los efectos del desmantelamiento del
fuerte de la isla de San Martín y sus dramáticas consecuencias por la muerte de
muchos soldados a causa de la peste que allí se originó. Tan lamentable suceso
repercute en la mente del escritor, quien, influido por la corriente providencialista
de la época, comenta: “Atribúyese este desgraciado fin a estar su Gobernador
excomulgado por ciertos agravios que hizo al Cura y Vicario y a otro clérigo”.114
Reconocimiento velado a la decisión del obispo don Damián.
Lejos de lucir una “actitud prepotente” y de mostrar “disgusto de estar en una
diócesis muy poca cosa para él”, el obispo trinitario manifestó una diligencia
inusual en visitar los anexos diocesanos “con toda presteza y aliento” para
defender allí la fe, los derechos de la Iglesia y de los aborígenes. En ese menester
acabó sus días. Y su muerte aparece registrada en el relato de los Anexos. ¿En qué
tono? Apunta el cronista: “En este año de 648, murió, por Agosto, el Señor
Obispo de este Obispado, Don Fray Damián López de Haro, en donde estaba
entendiendo en la visita espiritual, que por corregir algunas cosas, que necesitaban
de remedio y defender su esposa la Iglesia de la Ciudad de Cumaná, padeció
mucho por los enemigos poderosos que se levantaron”.115 El autor presenta a un
obispo heroico y mártir, no prepotente y amargado, como lo valoran los
desconocedores de su vida. Y el cronista no hace más que reflejar la verdad: el
conflicto que fray Damián mantuvo con don Gregorio de Castellar y Mantilla,
gobernador y capitán general de Cumaná, y don Francisco de Santillán y Argote,
gobernador y capitán general de la isla Margarita –aparte del ya señalado con don
Diego Guajardo Fajardo–, rebasó los límites diocesanos y alcanzó a la Audiencia
de Santo Domingo y al Consejo de Indias, con consecuencias lamentables para el
prelado, no sólo morales sino también físicas: estuvo encarcelado injustamente en
su casa por orden del gobernador de Cumaná y vigilado por soldados armados,
quienes le impidieron comer, beber y dormir durante 36 horas. Conducta
episcopal a la que se refiere el cronista y que Huerga juzga así: López de Haro,
“hombre de acero, como buen toledano, trabajó a tajo y a destajo, sufrió crueles
tratos de los gobernadores de turno, y nunca dio el brazo a torcer. A todo trance y
a toda costa, incluso de la propia vida, se esforzó en poner en práctica las
Constituciones sinodales”.116 Que estas afirmaciones no son palabrería hueca,
como las de otras personas, sino verdad fundada, sirve de ejemplo este arranque
113 En A. Tapia y Rivera, op. cit. pp. 558-559.
114 Ibíd., p. 585.
115 Loc. cit.
116 Á. Huerga, Constituciones pastorales de las iglesias del Oriente venezolano (1604-1752),
Ponce, Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, 1998, p. 22.
41
episcopal en su carta a la Real Audiencia de Santo Domingo en defensa de los
derechos eclesiásticos: “En nombre de Dios nuestro señor y su santa Iglesia
nuestra madre, con lágrimas de sangre en el corazón, ternuras y sentimientos en el
alma, parezco ante V. A. a pedir satisfacción y justicia, no de las recibidas y
personales injurias, que de mí están perdonadas todas y de nuevo las perdono; de
aquéllas sí que la libertad eclesiástica y dignidad episcopal han padecido y
actualmente están padeciendo, con que se hallan tan sobremanera ultrajadas y
ofendidas que por ningún caso pueden cobrar el debido lustre ni ejercer su
jurisdicción sin nuevo auxilio, amparo y favor de V. A.”117 O este otro texto:
Retenido injustamente el señor obispo en su casa por orden del Gobernador de
Cumaná, le presionan a López de Haro para que alce el entredicho contra don
Juan de la Cueva, ayudante del militar. Y fray Damián se niega porque sería
“cometer un sacrilegio y contravenir al juramento que tiene hecho de defender la
libertad de la Iglesia, por cuya defensa está presto no sólo a dar la vida, sino mil
vidas que tuviera, y así lo protesta”.118 ¡Hombre de acero, obispo ejemplar,
cristiano heroico!
La noticia de la muerte del obispo llegó a la sede episcopal y los prebendados
le celebraron las exequias. Para el cronista no fueron unas exequias corrientes,
sino maravillosas por la escena de la paloma, que cuenta con detalle y
satisfacción: “Estando a los veinte y uno de Octubre de dicho año de 1648,
diciéndose la primera Misa del novenario, entró una paloma montaraz en la
Iglesia y se puso sobre el coro, en medio de un tirante que cae sobre la silla
obispal, estando cantando la música, después de la epístola, el verso ‘in memoria
eterna [sic] erit iustus abanditione [sic] non timebit’. La cual se estuvo allí hasta
que se acabó la Misa y salieron del coro a cantar el responso, donde estaba el
túmulo al lado del Evangelio, junto al Altar mayor, donde es el entierro de los
Señores Obispos; y entonces, dio un vuelo pasando por sobre el túmulo y se
estuvo allí cuatro días naturales, hasta el sábado después de la Misa del novenario,
sin comer cosa alguna. De esto hubo general regocijo en la Iglesia, teniéndolo por
buen anuncio de que estaba en carrera de salvación el alma de dicho Señor
Obispo”.119 ¿Puede un cronista enfadado, molesto y resentido expresarse en estos
términos laudatorios de su opositor?
Por si fuera poco, la crónica continúa: “De la Margarita se avisa hay hecha
información [de] cómo el Señor Obispo profetizó su muerte, y por carta de su
Gobernador se avisó al Canónigo Don Diego de Torres y Vargas. También que se
hizo información con mucho número de testigos, que le vieron muchas veces
llamar los pájaros y venírsele a las manos. Esta información se remite a España en
el patache, y en ella va inserto el testimonio del suceso de la paloma”.120 Ante
estos datos incontestables resulta imposible mantener la doctrina tradicional de un
enfrentamiento entre ambos escritores, pues por parte del cronista no se observa
más que unción, respeto y admiración hacia fray Damián, al que considera no sólo
117 En P. Medrano Herrero, “Retrato espiritual…”, p. 16.
118 AGI, SD, 173. ¡Qué diferencia con don Diego de Torres y Vargas, que al primer pulso con las
autoridades se le dislocó la muñeca! (Cf. Siguiente paso).
119 En A. Tapia y Rivera, op. cit., pp. 585-586.
120 Ibíd., p. 586.
42
un gran pastor, sino un santo. De ahí que insistamos: “En la crónica del criollo no
se aprecia ni el más mínimo atisbo de fricción con su prelado; antes bien,
profundo respeto, piadosa veneración con sabor hagiográfico. Una vez más, no
hay motivo para dar crédito a la patraña montada en torno a la relación tirante
entre el obispo y el canónigo”.121
Vigésimo paso
Una de las críticas que hago a don Diego la resalta la Dra. Acosta: “El título
de uno de los capítulos es ‘Breve historia de una soberana reprimenda’ y se refiere
a una instancia en que don Diego procedió en contra de lo establecido por la
propia Corona y se llevó un regaño de Felipe IV. Al explicarse la actuación de
Torres y Vargas Medrano dice reconocer ‘la astucia y habilidad de nuestro
personaje’ porque ‘pensando en un futuro personal más prometedor, se lavó las
manos en el asunto y, en esa ingrata encrucijada, arrancó por la vía de en medio’
(p. 225). Los que somos de aquí nos reconocemos en don Diego pues su actuación
fue una de las tantas tácticas de resistencia desarrolladas por nuestro pueblo a lo
largo de cinco siglos de coloniaje”.
He dicho hace un momento que la figura de Torres y Vargas ha sido
idealizada por falta de investigación y exceso de manipulación política. Buena
prueba la tenemos, una vez más, en lo que la Dra. Acosta acaba de expresar. En
vez de contradecir mi tesis, basada en documentos de primera mano, tiene la
ocurrencia de salir por la tangente, por peteneras, para justificar una conducta
impropia del señor canónigo, que se suponía entendido en leyes y no tuvo reparo
en quebrantar la normativa por interés personal, defraudando con ello la confianza
que en él se había depositado como canonista, razón por la cual recibió la
merecida reprimenda real. La conducta de don Diego en el caso de marras no
merece otro calificativo que de “irresponsable” por su dejación de funciones o, si
se prefiere, de “ignorante”, como le califica la cédula real: “Y así se ha extrañado
mucho en el dicho mi Consejo que hubiésedes hecho semejante remisión, y
aunque debiera hacerse con vos mayor demostración, lo he suspendido por ahora
esperando que en lo de adelante procederéis con más atención y menos
ignorancia, como debéis y sois obligado”.122 Sin embargo, la argumentación de la
“historiadora” consiste en salir por los cerros de Úbeda con la monserga de la
resistencia al coloniaje –mito de los colonizados felices, aprovechados y
desagradecidos–, aplicada a don Diego, como si el señor canónigo se hubiera
sentido colonizado, sabiéndose él un español criollo, orgulloso de su padre y
ascendientes peninsulares, por cuyos méritos había logrado la canonjía, primero, y
la chantría y el deanato, después.123
121 P. Medrano Herrero, “Damián López de Haro y Diego de Torres y Vargas, ¿escritores
encontrados?”, Focus, año II, n.° 2, 2003, pp. 41-42.
122 En Íd., Don Damián…, p. 220.
123 A propósito: ¿Dónde ha realizado la colonizada Dra. Acosta sus estudios de bachillerato y
doctorado? ¿En la colonia o en la metrópoli? ¿Por qué no en la colonia? ¿Dónde queda la
resistencia contra los cinco siglos de coloniaje? ¿Dónde la coherencia intelectual?
43
Que en la vida de Torres y Vargas tuvo una importancia capital su
ascendencia española lo confirman los documentos. Cuando el obispo Solís, que
no le conoció personalmente, pide para don Diego una merced, aduce que se le
conceda “por los servicios de sus antepasados y los propios suyos”, para
remachar: “Por ser lo primero su antigua nobleza tan sabida y conocida, así por
los hábitos que por todas partes hay en su linaje, como por los grandes puestos
que han ocupado en el servicio de Vuestra Majestad, así en las armas como en su
Real Casa, de que todo consta a Vuestra Majestad en los papeles que han
presentado en sus Reales Consejos, como sirviéndose de ello podrá mandar
volverse a informar y hallará que son beneméritos de toda la gracia, favor y
merced que se sirviere Vuestra Majestad de hacerle”.124
Cuando, con el mismo fin, soliciten las merced los miembros del cabildo
eclesiástico, dirán: “Es hijo del capitán y sargento mayor García de Torres, que lo
fue muchos años en esta isla y en la de Santo Domingo de la Española, y sirvió a
Vuestra Majestad en España y Flandes con el valor y satisfacción que le es
notorio en sus Reales Consejos de Guerra y Indias. Murió en el sitio que puso el
enemigo holandés el año de veinte y cinco a esta fuerza de un mosquetazo, y es
nieto por parte materna del tesorero Juan de Vargas Zapata, uno de los primeros
conquistadores del Perú, que por sus muchos servicios el señor rey don Felipe
Segundo, de gloriosa memoria, abuelo de Vuestra Majestad, le hizo merced de la
tesorería de la Real Caja de esta isla, que sirvió más de treinta años con grande
legalidad y aprobación hasta que murió”.125
En atención a esos servicios de los antepasados, llegaron las mercedes
eclesiásticas a don Diego y las militares a sus hermanos García y Alonso, quienes
también presentaron los méritos paternos como trampolín para conseguirlas.
Vigésimo primer paso
La “historiadora” reconoce algo bueno en mis escritos: “No cabe duda de que
Pío Medrano prueba, a base de documentación hasta ahora desconocida, que es un
error continuar afirmando que Torres y Vargas fue secretario de López de Haro
pues el obispo toledano trajo consigo a su secretario en la persona de Sebastián de
Avellaneda, el ‘religioso’ que menciona en su ‘Carta-relación’. Sin embargo sus
tajantes conclusiones no se desprenden de su gran descubrimiento”. Ya se ve que
la dicha no puede ser perfecta, pues el reparo final resta puntos al reconocimiento
inicial. Recalca el reparo con la pregunta: “¿Cómo puede afirmar categóricamente
que ‘no existe ni el más mínimo indicio’ de que don Diego pudo haber leído la
Carta-relación? Pero asumiendo que no la hubiese leído, eso no lleva a la
conclusión de que no pudo enterarse del contenido de otra manera”.
Analizando el escrito de la Dra. Acosta, se puede decir que hasta ahora no ha
sido más que un eterno preparativo, un largo desahogo introductorio para llegar a
lo que se avecina, es decir: va a demostrar con argumentos incontestables –al
menos eso espera uno, tras su tajante afirmación– que sí existen pruebas de que
124 En P. Medrano Herrero, Don Damián…, pp. 143-144.
125 Ibíd., p. 154.
44
Torres y Vargas “pudo enterarse del contenido [de la Carta-relación] de otra
manera”, ya que no pudo ser como secretario episcopal, oficio que no ejerció.
Al lector le habría gustado que la “historiadora” hubiese dicho que don Diego
“se enteró del contenido” por otras vías, y las documentase, en vez “pudo
enterarse”. En el primer caso tendríamos seguridad, certeza de que se enteró; en el
segundo huele a hipótesis o suposición. Y partiendo de dicha hipótesis,
preguntamos: ¿Y si al cronista le informaron mal? ¿Si no le transmitieron
fielmente el contenido? ¿Si le dieron gato por liebre? ¿Con qué base o
fundamento iba a contestar? ¿Se atrevería a responder de oídas? No obstante,
procuraré coger el paraguas para protegerme del chaparrón que me espera con las
razones de la Dra. Acosta.
Escribe: “En primer lugar el canónigo estaba muy cercano al Obispo en la
catedral como para no darse cuenta de la actitud prepotente del toledano, que no
debe haber ocultado el disgusto de estar en una diócesis muy poca cosa para él”.
Desconozco la proximidad física –¿la sabe Dra. Acosta?– entre don Damián y don
Diego en la catedral, pero se me ocurren unos acercamientos: 1) Con toda
probabilidad no estaban codo con codo, pues en aquella sociedad jerarquizada, al
señor canónigo Torres y Vargas le precedían en el cabildo y en los oficios
litúrgicos don Félix de Galves Carvajal, deán; don Luis Ponce de León, arcediano;
don Pedro Moreno Villamayor, chantre; y don Juan Morcelo, el canónigo más
antiguo; 2) No creo que la catedral sea el lugar más propicio para que el señor
obispo mostrara la actitud prepotente que la “historiadora” le atribuye; 3) Si la
proximidad se daba en la celebración eucarística, resultaba difícil ver los gestos
de los ministros porque éstos miraban hacia el retablo, de espalda al pueblo; 4) Es
de suponer que tanto el obispo como el canónigo estarían recogidos y devotos
celebrando los santos misterios y edificando a los fieles; 5) Es de suponer que
Torres y Vargas no dedicaría ese tiempo a vigilar a su prelado para cogerle in
fraganti, pues demostraría tener un espíritu frívolo y disipado; 6) Por el contrario,
me imagino a don Diego sorprendido, admirado y edificado de los sermones de
fray Damián, predicador de renombre en España y en Puerto Rico. Es un suponer,
insisto, porque carezco de pruebas, pero doy una sencilla explicación de lo que
pudo haber pasado. Además, ¿qué tiene que ver la imaginada cercanía del
canónigo al señor obispo en la catedral para justificar que el primero leyó o tuvo
conocimiento del escrito del segundo?
Sin embargo, la “historiadora” acusa don Damián, como si ella hubiera estado
allí, y no ofrece la señal. Con el intento de que la presente, invito formalmente a
la Dra. Acosta a que pruebe con documentos fidedignos que el obispo toledano
mostró una “actitud prepotente” y manifestó “el disgusto de estar en una diócesis
muy poca cosa para él”. Y si no la presenta sería preferible que disimulara su
resentimiento contra el prelado o dirigiera sus críticas infundadas por otros
cauces. Ni que José Luis González hubiera pensado en la Dra. Acosta cuando
escribió que “algunos estudiosos de nuestra historia todavía no le perdonan” a don
Damián la Carta-relación.126
126 J. L. González, Literatura y sociedad en Puerto Rico, México, Fondo de Cultura Española,
1976, p. 43.
45
Y aunque fuera justa la acusación –que no lo es–, no dejaría de ser cierto que
la diócesis de Puerto Rico era poca cosa no sólo para fray Damián, sino para
cualquier obispo en aquellas circunstancias. Así lo vio don Salvador Brau: “En
verdad que, por mucho que se conceda al espíritu de la época, no se concibe la
erección de una sede episcopal en colonia tan rudimentaria como Puerto Rico”.127
Y porque Puerto Rico era poca cosa para la calidad de sus personas, varios
obispos pidieron traslado a fin de terminar sus días en alguna diócesis más pingüe.
Y no faltaron eclesiásticos peninsulares y del Nuevo Mundo que rechazaron las
prebendas de la catedral de Puerto Rico a causa de la pobreza de la isla. Como
tampoco faltaron clérigos nativos que tomaron las de Villadiego porque su tierra
no les satisfacía, algunos pertenecientes a la flor y nata de la sociedad. Y si Diego
de Torres y Vargas renunció a algún puesto provechoso en otras partes de las
Indias se debió a que tuvo que atender a sus hermanas en Puerto Rico.
Don Damián nunca dio señales de lo que le acusa malévolamente la
“historiadora”, sino todo lo contrario: una humildad vivida, una entrega constante
y un amor sin límites a su diócesis y feligreses. Desde el primer momento de su
llegada a Puerto Rico se le ve decidido a cumplir su misión: “Y crea Vuestra
Majestad que a estas partes no ha pasado prelado con mayores ansias de acertar a
servir a Dios y a su rey, y de conservar la paz, procediendo en cuanto se ofreciere
más como padre que como juez”.128 Además de contento y feliz, como lo trasluce
la carta a Juan Díez de la Calle: “Por la relación que irá con ésta, sabrá vuestra
merced […] de cuanto pasa en esta isla, donde, a Dios gracias, llegamos y
quedamos con salud y alegremente pobres”,129 reflejo del talante espiritual del
señor obispo; talante que confirmará en la relación: “Quede por asentado que, con
la bondad del clima, yo lo paso muy bien y con salud, a Dios gracias; […] y
aunque hay algunos trabajos que para otros fueran intolerables, yo los ofrezco a
nuestro Señor y los llevo con buen aliento y paciencia”.130 Y al final del escrito
revela su plan pastoral: “Luego que llegué traté de confirmar, habiendo primero
consagrado los óleos, de que tenían mucha necesidad. Hice órdenes generales y
particulares con el indulto de Su Santidad, porque había gran falta de sacerdotes.
He comenzado a predicar, y trato de visitar y hacer sínodo. Luego pasaremos a la
Margarita y a Cumaná, si Dios fuere servido”.131 Y cumplió lo prometido:
convocó el sínodo, redactó las 187 constituciones, lo celebró con rotundo éxito y
enfiló a los anexos diocesanos, donde se pisoteaban los derechos de los indios y
de la Iglesia. Camino de la isla Margarita, con el mar en calma, manifiesta en
carta su contento a Su Majestad por la misión cumplida en Puerto Rico y la
satisfacción de las autoridades y del pueblo: “Celebré sínodo con todas las
solemnidades y disposiciones de los sagrados cánones, con tanta aceptación y
alegría del pueblo como si vinieran del cielo, de que yo quedo gozosísimo por
haber visto el celo cristiano y conformidad de ambos cabildos, eclesiástico y
127 S. Brau, La colonización de Puerto Rico, 4ª edición, San Juan, Instituto de Cultura
Puertorriqueña, 1969, p. 210.
128 En P. Medrano Herrero, Don Damián…, p. 38.
129 D. López de Haro, Carta-relación…, pp. 109-110.
130 Ibíd., pp. 128-129.
131 Ibíd., pp. 161-162.
46
secular, con que aceptaron y admitieron 187 constituciones y leyes sinodales
nuevas, y las más de ellas contra muchos abusos y corruptelas que tenían”.132
Esta proeza sinodal le encumbra como el máximo legislador de la diócesis a lo
largo de su historia. En previsión de su viaje a los anexos venezolanos y sabedor
de los peligros que acarreaba realizarlo, le manifiesta a Felipe IV: “A todas estas
navegaciones y riesgos va expuesto el prelado que se resuelve a visitar cualquiera
de estas islas y provincias, a que yo acudo y acudiré con toda presteza y
aliento”.133 Ante esta actitud de un obispo entrado en años hay que quitarse el
sombrero. Por eso ha sido valorado elogiosamente por los historiadores que
conocen su obra. Salvador Perea escribe: “Cubre, en lo eclesiástico, la mayor
parte de la incumbencia en la gobernación, de Agüero, aquella figura excelsa de
nuestros fastos que se llamó el Obispo Fray Damián López de Haro, digno de un
mural”.134 Y Álvaro Huerga comenta: “López de Haro fue uno de los más
prestigiosos obispos de Puerto Rico, y también uno de los más ejemplares”.135 En
otro momento dice que “la figura del obispo López de Haro se agiganta al
columbrarla desde estas perspectivas [amor al indio y al negro y la atención a los
enfermos]. Y desde la de legislador, no tiene par en el Episcopologio de Puerto
Rico”.136 A ese respecto, añade: “Si las Constituciones sinodales son un
monumento jurídico, las Constituciones pastorales que redactó para las iglesias
del Oriente venezolano son su proyección o aplicación, y van a servir de patrón y
guía a las demás”.137 No duda en afirmar también, por la obra del obispo trinitario
en la isla Margarita y Cumaná, que “López de Haro se convierte en paladín de los
derechos humanos, que son preámbulo imprescindible de toda evangelización”.138
Y para remachar el clavo, añade: “¿Le discutiremos a López de Haro el título de
defensor de los indios? ¿Le escatimaremos nuestro admirado aplauso por tan
firme y luminosa defensa?”139 Así se expresan quienes conocen la vida y obra de
don Damián: lo consideran una “maravilla”. ¿Tiene la Dra. Acosta algo que
corregir u objetar?
Por lo demás, la “historiadora” podía haber sido un poco más original en su
diatriba contra el señor obispo, porque huele a plagio. Escribe Fernández Méndez:
“López de Haro consideraba a Puerto Rico poco obispado para su persona, de ahí
que ensombrezca algo su pintura de la isla”.140 Y este historiador, se despacha tan
campante. Le correspondía demostrar su perversa acusación, pero no lo pudo
hacer porque sabía de fray Damián lo que yo de energía cuántica. Por eso se
132 AGI, SD, 172.
133 Loc. cit.
134 S. Perea, Historia de Puerto Rico, 1537-1700, Instituto de Cultura Puertorriqueña y
Universidad Católica de Puerto Rico, 1972, p. 178. Ya lo había escrito: “Mural del obispo fray
Damián López de Haro”, Horizontes, Revista de la Universidad Católica de Puerto Rico, año XIV,
n.° 28, 1971, pp. 41-49.
135 Reseña del libro de A. Domínguez Ortiz, Política y hacienda de Felipe IV, en Horizontes, año
XXIX, n.° 58, p. 82.
136 Á. Huerga, Constituciones pastorales…, p. 23.
137 Ibíd., p. 22.
138 Á. Huerga, La evangelización del Oriente de Venezuela, Ponce, Pontificia Universidad Católica
de Puerto Rico, 1996, p. 161.
139 Ibíd., p. 164.
140 E. Fernández Méndez, Crónicas…, p. 162, nota 5.
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merece las palabras de Huerga: “El señor Fernández hubiese hecho mejor, en
lugar de este juicio gratuitamente maligno, ofreciendo a los lectores de su
antología un texto limpio o depurado, y no limitarse a copiar ad pedem litterae
(pedestremente) la transcripción de A. Tapia, ininteligible en algunos pasajes”.141
Y a la Dra. Acosta se le puede aplicar el cuento: en vez de vituperar sin base al
señor obispo, debe “hurgar” en los archivos, consultar los documentos originales,
quemarse las cejas de ser necesario, tragar el polvo de los legajos, investigar todo
lo posible contra fray Damián y después darlo a conocer: tendría algún valor. Pero
lo que no debe hacer una historiadora que se precie de tal es acusar sin pruebas.
Vigésimo segundo paso
Pasa después la “historiadora” a explicar que Torres y Vargas alude en su
crónica “a dos escritos del obispo: uno sobre los resultados del Sínodo Diocesano
y una carta que López de Haro había enviado al Papa en 1646 sobre los problemas
de los indios en la Margarita [y provincia de Cumaná, añado]”. Y argumenta: “No
es de extrañar que de la misma manera que supo el contenido de esta carta pudo
haberse enterado de la anterior a Díez de la Calle”. A renglón seguido, la Dra.
Acosta tendría que haberlo probado, mas pasa de largo, como es habitual en ella.
Tira la piedra y esconde la mano.
Y llega la decepción: el cronista “pudo haberse enterado”. Pero ¿se enteró? La
“historiadora” no lo demuestra. ¿Supo el contenido o supo el tema de la carta? El
contenido no lo indica, solamente el tema. Es más, aunque hubiese conocido el
contenido de la carta de don Damián a Su Santidad, ¿por qué tenía que conocer el
contenido de la Carta-relación del obispo al funcionario de la Secretaría de
Nueva España? No existe entre ambos escritos relación de causa-efecto. No
obstante, analicemos más a fondo las expresiones de la Dra. Acosta.
La referencia a los resultados del sínodo diocesano que aparece en la
Descripción no tiene ningún valor argumentativo para demostrar que Torres y
Vargas conociese el contenido de la Carta-relación: don Diego supo del
contenido y el resultado de la magna asamblea porque asistió a ella en calidad de
juez sinodal, nombrado por fray Damián. Y que don Diego tuviese noticia de que
el señor obispo había enviado una carta al Pontífice en defensa de los indios de la
Margarita y Cumaná, no es señal de que conociera su contenido. Leemos en la
crónica: “Así mismo escribió carta a Su Santidad el año de 1646 sobre el aprieto
que se hace a los indios de la Margarita y provincia de Cumaná, que es anexo a
este obispado”.142 ¿Dónde está el contenido? ¿Cuántos párrafos tiene? ¿Qué ideas
desarrolla en cada uno de ellos? Si un estudiante dice que Cervantes narra en el
Quijote las aventuras de don Quijote y Sancho, ¿es señal de que ha leído la novela
inmortal? ¿No sabe la Dra. Acosta que López de Haro envió dicha misiva al Papa
en defensa de los indios del Oriente venezolano? ¿Ha leído la Dra. Acosta dicha
carta, a pesar de que sabe de lo que trata? Pues si ella lo sabe sin haberla leído,
¿por qué no lo iba a saber el cronista por la misma razón?
141 V. Murga-Á.Huerga, Episcopologio de Puerto Rico, III, Ponce, Universidad Católica de Puerto
Rico, 1989, p. 94.
142 En A. Tapia y Rivera, op. cit., pp. 558-559.
48
Repitamos el argumento clave: “No es de extrañar que de la misma manera
que supo el contenido de esta carta pudo haberse enterado de la anterior a Díez de
la Calle”. Sabría el tema porque se trató de un suceso sonado en los anexos
diocesanos del Oriente venezolano donde fray Damián libró batallas verbales y
jurídicas con las autoridades militares de la zona durante los últimos años de su
vida: los memoriales y juicios, totalmente documentados, lo demuestran. El que el
cronista haga referencia a dicha carta se debe a que el conflicto con los
gobernadores tuvo repercusión diocesana y se conoció el dato de que López de
Haro había escrito a Su Santidad, dato general –no el contenido– llevado a la sede
episcopal tanto por clérigos como seglares que viajarían de los anexos a la sede,
como sucedió en otros casos. ¿Dice el cronista que leyó la carta? Para afirmar que
el cronista había leído la carta de López de Haro al Papa se necesitaría tener
pruebas de que en Cumaná se habían sacado copias, se habían repartido por la
diócesis y una de ellas había caído en manos del cronista. Pero esa suposición
carece de base. Como mucho, y no se puede asegurar sin pruebas, el cronista pudo
haber tenido la vaga noticia de la carta del obispo al Papa, como la tuvo don
Diego en 1648 de la muerte de don Damián, según el texto ya citado de los
Anexos: “De la Margarita se avisa hay hecha información [de] cómo el Señor
Obispo profetizó su muerte, y por carta de su Gobernador se avisó al Canónigo
Don Diego de Torres y Vargas. También que se hizo información con mucho
número de testigos, que le vieron muchas veces llamar los pájaros y venírsele a
las manos”. Como se ve, se informan datos mínimos, generales, que en modo
alguno nos desvelan los detalles: seguimos sin saber –por el texto aducido– el
contenido de la carta de don Francisco de Santillán y Argote (qué día murió el
obispo, a causa de qué, cómo lo velaron, las exequias que le hicieron, cómo
procedió con el expolio, etc.) y de las informaciones (quiénes participaron, qué
preguntas les formularon, qué respondieron, cuántos días duraron los
interrogatorios, quiénes los presidieron, etc.). Sin embargo, sí se enteraron en
Madrid: “Esta información se remite a España en el patache, y en ella va inserto el
testimonio del suceso de la paloma”,143 como también conocieron detalles de la
muerte del prelado por las cartas que se conservan en España.144
Por lo tanto, si falta la base documental de que el cronista leyese la carta de
López de Haro al Santo Padre, ¿por qué la va a haber de que conociese el
contenido de la Carta-relación de don Damián a Juan Díez de la Calle? Y en este
caso mucho menos, pues se trataba de una carta estrictamente personal, de amigo
a amigo, sin ninguna repercusión en la sociedad capitalina. ¿Vamos a pensar que
el señor obispo mandó hacer copias y se distribuyesen en las cuatro calles de la
ciudad como si fueran hojas volanderas? ¿O que se repartieran entre los miembros
143 A. Tapia y Rivera, op. cit., p. 586.
144 Si la redacción de la Descripción de la isla y ciudad de Puerto Rico fuese un año posterior, no
tendríamos reparo en aceptar que Torres y Vargas (en el caso de que él sea el autor de dicha
crónica, por lo que diremos más adelante) sí habría leído la misiva de López de Haro al Pontífice,
pues fue un tema tratado en el juicio contra don Diego Guajardo Fajardo, ex gobernador de la isla
de San Martín, residente en Puerto Rico los primeros meses de 1648; juicio en el que participó el
señor canónigo por nombramiento expreso de fray Damián. Con todo, el que el cronista tuviera
conocimiento del contenido de dicha carta, no demostraría que conociera el contenido de la Cartarelación.
Es evidente que no existe entre ambas, repetimos, una relación de causa-efecto.
49
del cabildo eclesiástico para que conociesen su contenido, tan crítico, por cierto,
con la sociedad en que vivían y de la que ellos eran casi todos originarios? ¿O
que, copia en mano, el pregonero la anunciase, previo toque de tambor, en la
plaza pública?
El texto episcopal corresponde a un envío privado del emisor al receptor, sin
indicio alguno de que alguien lo leyera, salvo el secretario personal del prelado,
que no fue don Diego. Y este envío fue tan precipitado que no dejó tiempo para
que la Carta-relación se difundiese, pues el mismo día de su redacción se
despachó a España. La prueba no puede ser más contundente: “Esta nao –dice el
obispo– parte muy deprisa y no sé si llegará a España. Con otra escribiré más
despacio […]. Puerto Rico, septiembre 27 de 1644. Amigo y capellán de vuestra
merced, Fray Damián López de Haro [rúbrica]”.145 Y esa nao partió dicho día,
según la siguiente misiva (23.XI.1644) de López de Haro a Felipe IV: “De mi
llegada y ocupaciones di cuenta a Vuestra Majestad, luego que pisé tierra de
Puerto Rico, en el primer navío que se dio a la vela a 27 de septiembre, que era de
Juan Sánchez Barba”. Es decir, el mismo día de concluir el escrito episcopal lo
depositó en la nao que lo llevaría a su destino, juntamente con las cartas que fray
Damián había redactado para el Monarca los días 20 y 25 de septiembre, a las que
alude la cita anterior. Poco importa que el navío saliera unos días más tarde a la
fecha indicada, por cuestiones burocrático-administrativas, y llegó a España,
como hemos documentado en nuestra edición del relato episcopal.146 Ante esta
realidad histórica, ¿pensará la “historiadora” que don Diego acudió raudo y
presuroso al puerto y pidió al maestre del barco que le entregara el sellado
documento episcopal para leerlo?
La falta de pruebas por parte de la Dra. Acosta me confirma en mi tesis: Diego
de Torres y Vargas no fue secretario episcopal, por lo tanto no existe prueba de
que leyera ni conociese la Carta-relación, ni de que contestase al escrito
episcopal, y menos con la Descripción, como se verá.
Vigésimo tercer paso
Vayamos al segundo argumento de la “historiadora”: “En segundo lugar, hay
una relación entre Díez de la Calle y la obra de ambos autores. Este secretario de
la Nueva España en el Consejo de Indias publicó en 1646 una obra en la cual usa
los datos suministrados por López de Haro en su Carta-Relación. Torres y Vargas
la había leído pues comenta que falta una referencia en particular. Pero más aún,
en el addenda [sic] al final de su Descripción, Torres y Vargas dice que va a
incluir ‘algunas cosas que el Señor Secretario, Juan Diez de la Calle y el Maestro
Gil González, avisaron iba falta la que llegó a sus manos, de esta Isla de Puerto
Rico, y de los anexos de este obispado’. Si la persona a la cual le ha escrito López
de Haro ha dicho que faltaban cosas en la anterior descripción, ¿no es lógico
145 D. López de Haro, Carta-relación…, p. 111.
146 Ibíd., pp. 60-64.
50
pensar que Torres y Vargas fue enterado del contenido de lo enviado por el
Obispo?”147
Confieso que el párrafo anterior se las trae para su comprensión, al menos
para mí. Voy a tratar de traducirlo: existe una relación del señor Díez de la Calle
con Damián López de Haro y Diego de Torres y Vargas; el primero publicó una
obra en la que incluye datos de la Carta-relación del segundo; don Diego la había
leído (¿la obra de Díez o la de fray Damián?; interpreto que la primera) y en ella
(¿la obra de Díez o la del obispo?; me inclino por la primera) echaba en falta
algún dato; en los añadidos a la Descripción (es decir, las Adiciones) se cita que
don Juan y don Gil avisaron que al informe recibido le faltaban varias noticias.
Tras esas premisas, la conclusión: Si la persona a la cual ha escrito López de Haro
(esto es, Díez de la Calle) ha dicho que faltaban cosas en la anterior descripción
(¿en la Descripción y en los Anexos, o en la Carta-relación?; supongo que, de las
dos, en la primera opción), es lógico pensar que Torres y Vargas fue informado
(¿por quién?, ¿por don Juan?, ¿por una tercera persona?; pienso que por don Juan)
del contenido de lo enviado por el Obispo (es decir, la Carta-relación).
Si mi interpretación es correcta, no veo ninguna lógica en la conclusión a la
que llega la “historiadora”. No hay duda de que existe relación de don Juan con el
obispo y el emisor de la Descripción. Y de que Díez de la Calle se sirve del texto
episcopal en su libro. También es cierto que el cronista de las Adiciones (no así el
de la Descripción, a no ser que se demuestre que se trata del mismo autor) leyó el
libro del Oficial Segundo de la Secretaría de la Nueva España, en el que encuentra
algún vacío, como don Juan y don Gil habían encontrado lagunas en la
Descripción y en los Anexos. Pero considero un error de bulto querer deducir que
porque Díez de la Calle use en su libro información dada por fray Damián y que
don Juan se comunique con el cronista criollo sobre el contenido de la
Descripción y de los Anexos se deba concluir que el funcionario real informara a
Torres y Vargas del contenido de la Carta-relación. No existe ninguna lógica.
Además, el conocimiento que del escrito episcopal tuvo por esta vía el emisor de
la Descripción se limitó a tan poca cosa –referencias mínimas y positivas dadas
por Díez en su libro–, que no justifican ninguna respuesta de nadie contra López
de Haro. Vamos a probarlo.
Don Juan Díez de la Calle dedica en su libro cuatro folios a Puerto Rico, los
tres primeros a la ciudad de San Juan; el resto a la Villa de Arecibo (cuatro
renglones), a la Villa de San Germán (siete renglones), más una página a los
frutos de la isla. En nota marginal al primer párrafo, el autor da como fuente a
Antonio de Herrera, a Oviedo, las Tablas cronológicas y el “Informe del Obispo
de esta Isla 1645”. Siendo exigentes, podemos eliminar esa referencia a don
Damián como fuente, pues la fija en 1645 y la Carta-relación data 1644. Pero
siendo generosos, podemos aceptar que se refiere a ella. No obstante, de los
147 El libro es Memorial y noticias sacras y reales de las Indias Occidentales. En 1646, Juan Díez
de la Calle no era “secretario de la Nueva España en el Consejo de Indias”, sino “Oficial Segundo
de la misma Secretaría”, es decir, de la “Secretaría de la Nueva España”, como reza la portada del
libro impreso. La expresión de la Dra. Acosta delata que no maneja el libro al que se refiere; su
fuente es el inicio de las Adiciones a la Descripción, escritas varios años después. Para más datos
de don Juan, cf. mi Introducción a la Carta-relación…, pp. 25-31.
51
veinticinco renglones que ocupa el párrafo, solamente pertenecen tres al informe
del obispo: “Tiene 400 vecinos españoles con el presidio, conventos de las
Órdenes de S. Domingo y San Francisco con 36 religiosos”.148 Fray Damián
escribe en la Carta-relación: “La vecindad del lugar no llega a 200 vecinos”.149 Y
sobre los conventos de la ciudad: “Uno de Santo Domingo, con 30 religiosos, en
Puerto Rico […]. Otro de San Francisco, con seis religiosos, en Puerto Rico”.150
(Paréntesis: Como se ha visto, en la Carta-relación don Damián habla de 200
vecinos, no de 400, cifra que pertenece a otra misiva episcopal posterior).
En la sección dedicada al “Obispado de esta Isla”, don Juan incluye a fray
Damián en el catálogo episcopal y da como fuente a López de Haro cuando
escribe: “En el año de mil y seiscientos y cuarenta y cinco (demás de los
Prebendados de la catedral) [había] Cura y Vicario, Juez de testamentos, Maestro
de música, diez y nueve clérigos, catorce de menores Órdenes, veinte y cuatro
Estudiantes Gramáticos y doce Gramáticos Artistas”.151 Se basa en el “Informe del
Obispo, año 1645”. Evidente error de fecha, pues pertenece a la memoria de los
clérigos del obispado incluida en la tercera parte de la Carta-relación del año
anterior, en la que, además de nombrar a los eclesiásticos en sus puestos, anota:
“Dos docenas de estudiantes gramáticos y una de artistas”.152
Al referirse a San Germán, el funcionario real se apoya en Antonio de Herrera
y en el “Informe del Obispo, [1]645” (yerra de nuevo el año). De los siete
renglones, sólo semeja con el texto episcopal esta referencia: “Tiene convento de
la Orden de S. Domingo, Iglesia Parroquial con dos Curas y Vicarios”.153 Y don
Damián: “Otro [convento] con dos [frailes] en San Germán”. Y respecto a los
sacerdotes de la parroquia: “Vicario: Diego de Figueroa; Giraldo González”.154
Curiosamente, Díez de la Calle no nombra a don Damián como fuente al
hablar de las frutas, a pesar de que coincide con él en el nombre de varias. Pero lo
que más llama la atención es que no se refiera a él en esta ocasión: “El año de 42
padeció una gran tormenta esta Isla, que derribó parte de la Iglesia y muchas
casas, y esterilizó la tierra. Hay moneda de vellón y dan 34 cuartos más delgados
que los de España por un real; y por la plata llevan algún premio”.155 Evidente
calco de la Carta-relación: “Pero el mayor trabajo fue el de la tormenta y
tempestad que sobrevino el año de 42, […] porque aquí derribó la iglesia y
muchas casas, y en el campo arrancó muchos árboles y bohíos, e hizo tan grande
estrago que dejó esterilizada la tierra hasta hoy, que va volviendo en sí”. Y sobre
la moneda: “La ciudad está muy pobre. La moneda que en ella se gasta es de
pobres, porque es de cobre, treinta y cuatro cuartos más delgados: la mitad que los
de allá dan por un real. Por el real de a ocho llevan uno o dos reales de premio”.156
148 J. Díez de la Calle, Memorial y noticias sacras y reales del imperio de las Indias occidentales,
[Madrid], 1646, f. 18r.
149 D. López de Haro, Carta-relación…, p. 124.
150 Ibíd., p. 170.
151 J. Díez de la Calle, Memorial…, f. 19v.
152 D. López de Haro, Carta-relación…, p. 167.
153 J. Díez de la Calle, Memorial…, f. 21r.
154 D. López de Haro, Carta-relación…, pp. 170 y 167, respectivamente.
155 J. Díez de la Calle, Memorial…, f. 21r-v.
156 D. López de Haro, Carta-relación…, pp. 149-150 y 133, respectivamente.
52
A lo expuesto se reduce la intertextualidad del escrito episcopal en el libro de
don Juan Díez de la Calle. Preguntas: Las mínimas referencias de don Juan a la
Carta-relación, ¿dan una imagen adecuada, cabal, del escrito episcopal? De
ninguna manera. Una persona que haya leído esas referencias, ¿tendrá una visión
exacta del “contenido” del relato de fray Damián? En absoluto. Esa supuesta
persona –por mucha ojeriza que mostrara al señor obispo– vería en las referencias
indicadas un insulto a Puerto Rico, merecedor de la réplica contundente por parte
del criollo ofendido? Inconcebible. Dicha persona, ¿tendría base para contestar al
prelado con el fin de “rectificar la errónea visión transmitida por López de Haro a
Díez de la Calle”, como nos endilga a continuación la Dra. Acosta? Ni por asomo.
Si se tiene en cuenta que las referencias aducidas son mínimas e insuficientes para
contestar a un escrito serio, totalmente inofensivas e históricamente ciertas, y que
algunas de ellas no pertenecen a la Carta-relación, sino a escritos posteriores del
obispo, y que las últimas referencias a los desastres naturales y la calidad de la
moneda no aparecen adjudicadas a don Damián –por lo que no se le podrían
atribuir a él–, entonces el escritor respondón quedaría desarmado para llevar a
cabo su intento. Según estos datos fidedignos, ¿estaría dispuesto el cronista a
contradecir el texto episcopal, como afirma gratuitamente la “historiadora”?
Un inciso aclaratorio sobre el último texto de la Dra. Acosta: “Si la persona a
la cual le ha escrito López de Haro ha dicho que faltaban cosas en la anterior
descripción, ¿no es lógico pensar que Torres y Vargas fue enterado del contenido
de lo enviado por el Obispo?” He interpretado que el sintagma “la anterior
descripción” se refiere a la Descripción. Pero si se refiriese al escrito episcopal, es
decir, que Díez de la Calle había notado “que faltaban cosas” en la Carta-relación
y que Torres y Vargas se enteró por don Juan del contenido de lo enviado por fray
Damián, me parece un disparate mayúsculo por la sencilla razón de que el
funcionario real se refiere a las ausencias de datos en la crónica criolla, que
respondía a un cuestionario oficial, y no en el relato del peninsular, pues era un
escrito personal, como se verá a continuación.
Don Juan y don Gil nada dicen al señor canónigo del escrito episcopal. Se
limitan a llamar la atención sobre las ausencias que han encontrado en la
Descripción y en el texto de los Anexos diocesanos, pues no se habían atendido
todos los puntos señalados en las instrucciones enviadas desde Madrid a las
provincias indianas para que las tuvieran en cuenta a la hora de redactar los
informes que sirvieran a don Gil González Dávila, cronista mayor de las Indias,
en la elaboración de su Teatro eclesiástico de la primitiva iglesia de las Indias
Occidentales que estaba redactando por aquellas fechas. En respuesta a esos
reclamos, el autor de las Adiciones comienza así: “En esta relación van algunas
cosas que el señor secretario Juan Díez de la Calle y el señor maestro Gil
González avisaron iba falta la que llegó a sus manos de esta isla de Puerto Rico y
de los anexos a este obispado”. Queda meridianamente claro que la referencia a lo
que llegó a España no es la Carta-relación episcopal, sino la Descripción de la
isla y ciudad de Puerto Rico y la crónica de los Anexos diocesanos del Oriente de
Venezuela. Además, si hubiesen notado falta de información en la Carta-relación,
los escritores cortesanos se habrían dirigido al señor obispo, no al cronista criollo.
53
Otras pruebas de que el cronista se refiere al libro de don Juan Díez son las
siguientes: 1) Díez de la Calle habla de la “villa de Arecibo” 157 y el autor de las
Adiciones corrige: “La población de San Felipe del Arecibo no es villa, sino
valle”;158 2) Como Díez de la Calle habla de Arecibo y San Germán y olvida el
nombre de Coamo, el cronista avisa: “El valle de San Blas de Coamo falta por
poner en el memorial y noticias sacras y reales que ha impreso el Señor Juan Díaz
de la Calle, de que fue hecha mención en la relación remitida”, es decir, en la
Descripción enviada, en la que se habla de Coamo;159 3) En cuanto al estanco de
tabaco, escribe el cronista: “El estanque [sic] del tabaco de esta Ciudad no vale
más que ocho mil reales cada año, y fue yerro de la imprenta porque está puesto
ocho mil pesos”.160 Así es. Dice Díez de la Calle: “En esta Ciudad hay estanco de
tabaco, que vale al año 8.000 pesos”;161 4) En Adiciones: “Tampoco en los oficios
de la Ciudad viene puesto el alguacil mayor”.162 En efecto, don Juan habla de los
alcaldes ordinarios, el alférez mayor, el oficio de la Santa Hermandad, varias
categorías de escribanos…,163 y el oficio de alguacil brilla por su ausencia. Por lo
tanto, el autor de las Adiciones ha leído la edición impresa del Memorial y
noticias sacras y reales de Díez de la Calle –título que cita, como se ha visto– y,
de la misma manera que don Juan y don Gil habían llamado la atención por
algunas ausencias de datos en la Descripción, el cronista informa las que ha
detectado en la obra del funcionario real. En ningún caso alude, ni de pasada, al
escrito episcopal.
Lo que se anunciaba como un cataclismo para mi tesis, se ha quedado en el
ridículo parto de los montes: el diminuto ratón de la opinión contraria ha dejado
intacta y fortalecida la mía.164 La esperada prueba documental de que Diego de
Torres y Vargas conoció el escrito episcopal, al que contestó –según la
“historiadora”–, se ha quedado en agua de borrajas: lo que se anunciaba como un
argumento inapelable, no pasa de hipótesis, sospecha, imaginación, anhelo, deseo,
fantasía, sueño. Y los sueños, sueños son.
Vigésimo cuarto paso
Dije al principio que con los mimbres de la “historiadora” malos cestos se
podrían hacer, y que si su punto de partida iba descaminado, el de llegada sería el
desmadre. Helo aquí: “El contenido de la obra de Torres y Vargas demuestra que
157 J. Díez de la Calle, Memorial…, f. 21r.
158 En A. Tapia y Rivera, op. cit., p. 594.
159 Loc. cit. Nótese que el cronista cita hasta el título del libro de Juan Díez de la Calle.
160 Ibíd., p. 595.
161 J. Díez de la Calle, Memorial…, f. 21v.
162 En A. Tapia y Rivera, op. cit., p. 595.
163 J. Díez de la Calle, Memorial…, f. 20v.
164 En atención a algún lector, presento la fábula de Félix María Samaniego: “Con varios
ademanes horrorosos / Los montes de parir dieron señales; / Consintieron los hombres temerosos /
Ver nacer los abortos más fatales. / Después que con bramidos espantosos / Infundieron pavor a
los mortales, / Estos montes, que al mundo estremecieron, / Un ratoncillo fue lo que parieron. //
Hay autores que en voces misteriosas / Estilo fanfarrón y campanudo / Nos anuncian ideas
portentosas; / Pero suele a menudo / Ser el gran parto de su pensamiento, / Después de tanto ruido
sólo viento”.
54
quiso rectificar la errónea visión transmitida por López de Haro a Díez de la Calle
y se esmeró en una descripción detallada a un cronista que eventualmente
escribiría sobre Puerto Rico. Su apasionado amor por su patria lo llevó a exagerar
todo lo bueno y a disminuir lo negativo en un obvio intento por balancear el
cuadro tan pesimista que había dado el obispo”.
Y ¿cómo la Dra. Acosta demuestra que el cronista quiso corregir la
interpretación episcopal? Y ¿cómo la “historiadora” demuestra que Torres y
Vargas demuestra la tesis que ella sostiene? Y ¿cómo la Dra. Acosta demuestra
que es errónea la visión de López de Haro? No demuestra nada, pues no ofrece el
documento probatorio. Se limita a dar opiniones basadas en lo que ella demuestra:
“pre-juicio”, rencor, rabia, fanatismo, resentimiento. ¿Habrá que recordar a la
Dra. Acosta las palabras del señor Rexach Benítez a doña Norma Burgos? Helas
aquí: “¿Se da cuenta, doña Norma? El colador de las historias que usted impugna
no ha sido manejado por historiadores con rigor y disciplina intelectual. Ha sido
manejado por ideólogos que inventan lo que necesitan y silencian lo que les
conviene. Por esos [sic], sus mito-historias navegan esquizofrénicamente, con sus
quillas chocando con eventos que se ocultan y con mitos forjados en las
calenturas patrióticas de la fantasía”.165 Pues eso.
Comenta la “historiadora” que Torres y Vargas “se esmeró en una descripción
detallada a un cronista que eventualmente escribiría sobre Puerto Rico”. De
detallada, no tanto, pues el mismo cronista se contiene: “y por no dilatar la
narración o descripción de la Isla, que necesita de tratado copioso, vengo a la
Península […]”.166 En cuanto a que “se esmeró”, me imagino que se trata de un
eufemismo, o es señal del desconocimiento que de ese escrito tiene quien emite
tal juicio. Lo que tendría que haber hecho el señor cronista era haberse esmerado
en su trabajo para que hubiese salido pulido. Esmerarse, lo que se dice esmerarse,
fue más bien poco. Ejemplo: “Sucedió en la silla episcopal al dicho licenciado D.
Alonso Manso, clérigo y Canónigo de Salamanca, el Maestro Don Fray Manuel
de Mercado, del [sic] orden de San Jerónimo”.167 Craso error; tanto que el
destinatario de la crónica hizo caso omiso del aserto e incluyó en su libro al
verdadero sucesor: “Tuvo por sucesor en esta sede a don Rodrigo de Bastidas”.168
De la misma manera procedió don Juan Díez de la Calle en su escrito:
“Sucediéronle D. Diego [sic] de la Bastida”.169 ¿Desconoce la Dra. Acosta que
Brau cataloga de “yerro capitalísimo […] llamar sucesor de Manso al padre fray
Manuel de Mercado”?170 A este error, siguió otro: designar a Bastidas como
165 R. Rexach Benítez, “La mito-historia boricua”, El Mundo, San Juan, 11-III-1999, p. 35. El
mismo escritor repite en “Paladines de la patria”, El Vocero, San Juan, 28-XII-2000, p. 49, ante un
disparate de otro escritor: “¡Oh, boy! ¡Cómo abundan los mitómanos en esta bendita Isla del
Encanto! Y lo más sabroso es que mucha gente se traga sus faroles”. Y en “El patriota
intermitente”, El Vocero, San Juan, 10-V-2001, p. 39: “Lo que la historia no acredita la fantasía
patriotera lo inventa”. Atinadísimo don Roberto.
166 En A. Tapia y Rivera, op. cit., p. 542.
167 Ibíd., p. 552.
168 G. González Dávila, op. cit., p. 289.
169 J. Díez de la Calle, op. cit. f. 18v.
170 S. Brau, op. cit., p. 426.
55
sucesor de Mercado, siendo al revés.171 Y ¿qué decir de que el obispo Bernardo de
Balbuena no participó en el concilio provincial dominicano,172 cuando el mismo
prelado lo asegura y otros muchos documentos lo confirman? Y ¿qué de atribuir
la “patria” puertorriqueña a personajes nacidos fuera de la isla? Y ¿qué decir de la
ristra de disparates en la serie de los gobernadores de Puerto Rico, donde unos
brillan por su ausencia, otros no existieron y no pocos aparecen fuera de lugar? Y
así en muchos casos más. Esmero, pues, no mucho, aunque se pueden disculpar
en parte los fallos del cronista “por la falta de papeles que tienen los archivos con
los sacos y invasiones de los enemigos, que han robado dos veces la Ciudad”;173
como el desconocimiento de los nombres de los cinco frailes franciscanos
martirizados por los indios caribes en Aguada, “de que no he podido saber el
nombre –dice– por la antigüedad y falta de archivos y papeles”.174 Y sin
documentos no se puede escribir de historia, por lo que dicho martirio, no
confirmado por otras fuentes, bien podría tratarse más de leyenda que de realidad.
Por eso la Descripción deja mucho que desear como fuente histórica. Don
Sebastián González la cataloga así: “Aun el medio siglo que trató Torres Vargas
aparece tan solo en su elemental estructura, con las sucesiones de obispos y
gobernadores, plagada de equivocaciones e interrumpida por lagunas, a las cuales
no habrán de ser ajenos los varios copistas de transcripciones secundarias”.175
¿Osará la Dra. Acosta llamar la atención al Dr. González por tan severo juicio
sobre la Descripción? Por lo tanto, un cronista que comete errores a tutiplén no
puede corregir a otro que dice verdades como puños. ¿Puede contradecir la Dra.
Acosta, con documentos, lo que aquí afirmamos? Mantener la Descripción de la
isla y ciudad de Puerto Rico como documento histórico fidedigno refleja el
desconocimiento que se tiene de la historia de Puerto Rico de los siglos XVI y
XVII.176
El amor apasionado del cronista por la patria, que elogia la Dra. Acosta, ¿no
es un buen punto de partida para deformar la realidad? El amor legítimo a la
patria ¿puede llevar a un escritor sensato, equilibrado, a ocultar los aspectos
negativos, a actuar como el avestruz? ¿No deberá, más bien, ponerlos sobre el
tapete para intentar superarlos? Aunque en el escrito de fray Damián resalta el
lado negativo –también es digno de notar el positivo– de la sociedad en que vivió,
¿puede demostrar la “historiadora” que no responde a la realidad histórica? ¿No
ha leído la Dra. Acosta las cartas del cabildo eclesiástico que aparecen en mi
libro, en las que los prebendados, entre ellos don Diego, reflejan una sociedad la
171 Cf. en A. Tapia y Rivera, op. cit., p. 552. A Bastidas sucedió en el cargo fray Andrés de
Carvajal, pero no lo ejerció porque a los pocos meses fue promovido a la arquidiócesis de Santo
Domingo.
172 Cf. Ibíd., p. 557.
173 Ibíd., p. 552.
174 Ibíd., p. 548.
175 S. González, “Notas sobre el gobierno y los gobernadores de Puerto Rico en el siglo XVII”,
Historia, nueva serie, V, 1, n.° 2, 1962, p. 3. Ya había adelantado don Salvador Brau, op. cit., p.
426, que “ni al prebendado puertorriqueño se ha de tener por impecable, como historiador”.
176 Para un estudio crítico de la Descripción, cf. P. Medrano Herrero, “Acotaciones a la
Descripción de la isla y ciudad de Puerto Rico de Diego de Torres y Vargas”, en Actas del Primer
Congreso de la Lengua y Literatura Manuel Álvarez Nazario, Mayagüez, Centro de Publicaciones
Académicas UPR-RUM, Facultad de Artes y Ciencias, 2007, pp. 429-455.
56
mar de semejante a la descrita por don Damián? ¿Ha leído, por ventura, las del
cabildo civil en los mismos términos? ¿Puede decir la “historiadora” qué es lo que
el autor de la Descripción corrige al de la Carta-relación? Yo ya me he
adelantado a probar que ambos escritos coinciden en muchos temas, como reflejo
de la mentalidad de la época, de la experiencia vital, de la pertenencia al mismo
estamento social, etc.177 ¿Podrá demostrar la Dra. Acosta lo contrario?
Vigésimo quinto paso
El problema grave de la tesis de la Dra. Acosta es que yerra el punto partida.
Sin probar absolutamente nada, dice que la Descripción es respuesta a la Cartarelación
porque don Diego –según ella–, conocedor del contenido del relato
episcopal y herido en lo más profundo de su sentimiento patriótico, la emprendió
contra su superior para equilibrar con sus exageraciones el cuadro negativo que el
prelado había presentado. Nada más lejos de la realidad. La Descripción no entra
en el ámbito de las revanchas de los resentidos y fanáticos, sino en el
cumplimiento de las peticiones de la Corona a los virreyes, gobernadores,
arzobispos y obispos de Nuevo Mundo para que se escribieran relaciones de los
distintos lugares a fin de que el Consejo de Indias tuviese más conocimiento de la
realidad americana y así atenderla mejor. Con ese fin se prepararon unos
cuestionarios a los que se debía responder. De los cientos y cientos de
cuestionarios respondidos en el mundo americano (con distintos nombres:
relaciones, crónicas, descripciones, memorias, etc.), desde los primeros tiempos
de la conquista y colonización de América hasta comienzos del siglo XIX, en
Puerto Rico contamos con dos ejemplos clásicos de los primeros siglos: la
Memoria de Melgarejo (1582), solicitada por Felipe II y la Descripción de la isla
y ciudad de Puerto Rico (1647), pedida en el reinado del nieto. No es mi intento
detallar este proceso, pero sí señalar que Felipe IV mostró gran interés en tener
datos de las provincias americanas y para ello expidió una cédula el 31 de
diciembre de 1635, a los pocos meses de llegar Torres y Vargas a España, a la que
se adjuntó un cuestionario, para que en las Indias se escribiesen relaciones
geográficas y eclesiásticas de lo sucedido en ellas desde el descubrimiento, con el
fin de que sirvieran a don Tomás Tamayo de Vargas, cronista de Indias entonces,
pudiese elaborar en latín una historia de la Iglesia en América. Como don Tomás
murió en 1641, la obra no se llevó a cabo.
Felipe IV buscó sustituto: en 1643 nombró a don Gil González Dávila,
cronista mayor del reino, como cronista mayor de las Indias. Y le dio la misma
encomienda que al predecesor en el oficio. Y don Gil se puso manos a la obra y
escribió los dos tomos del Teatro eclesiástico ya citado, en el primero de los
cuales usa noticias de la Descripción al hablar del obispado de Puerto Rico.
Cuando no había concluido el primer volumen, solicitó el favor real para que
enviara una nueva cédula a las autoridades del Nuevo Mundo a fin de recabar más
datos que le sirvieran de cierre de la obra. La petición fue atendida y Su Majestad
la firmó el 8 de noviembre de 1648. De inmediato fue divulgada en el mundo
177 Cf. el artículo de la nota 121, pp. 29-42.
57
americano y respondida por diversos obispados. Don Gil publicaría su primer
volumen en 1649.
Por las mismas fechas y de forma paralela salieron de la Secretaría de Nueva
España otras muchas cartas a las autoridades y personas particulares indianas para
que mandasen dichos informes, pues don Juan Díez de la Calle llevaba varios
años escribiendo sobre temas de las Indias. Escribe: “Siendo tan importante y
conveniente que esta obra saliese con el ajustamiento que mi buen deseo ha
diligenciado, he reconocido para ello muchos libros y despachos reales de las dos
Secretarías de la Nueva España y el Perú, papeles auténticos, históricos y
relaciones y otros manuscritos que he juntado con mucho desvelo, estudio y costa,
demás de la continua comunicación que he tenido con los sujetos que han venido
de las Indias”.178 La actividad de este funcionario real fue admirable: “Siguiendo
este asunto, comencé a recopilar e imprimir el año de 1643 un breve memorial
que comprendía lo más importante que Su Majestad provee en lo eclesiástico y
secular por el Real y Supremo Consejo de las Indias, Cámara y Junta de Guerra de
ellas, y sus dos Secretarías de la Nueva España y el Perú”.179 Refiriéndose a una
obra en particular, dedicada a don Gaspar de Bracamonte y Guzmán, conde
Peñaranda y presidente del Consejo, anota: “Las Noticias sacras y reales de los
dos imperios de Nueva España y el Perú, que en 32 años que ha que asisto en la
Secretaría del Supremo Consejo de las Indias, de la parte de Nueva España, he
procurado juntar en dos tomos para poner pronto el despacho de sus materias, se
deben poner debajo del amparo de V. E.”.180
Que don Juan Díez de la Calle se comunicaba con gente de Puerto Rico lo
testifica Damián López de Haro en la carta que le dirige: “Lo que yo he hallado
por acá es que en todas partes tiene vuestra merced amigos, como quien siempre
se ha ocupado en hacer bien”.181 Y que su área de relación abarcaba a otros
lugares del Nuevo Mundo lo recogen las siguientes palabras de don Andrés Pérez,
a quien el funcionario real le había solicitado su colaboración: “Señor mío: En
conformidad de lo que vuestra merced me manda, habiendo visto el muy curioso
papel de vuestra merced, demás del memorial impreso […], pondré aquí algunas
advertencias que se me han ofrecido, que aunque menudas, pueden servir a la
obra, y son las siguientes”. Claras referencias a que don Juan le había escrito una
carta en la que le pedía determinada información, aparte de la alusión al libro
impreso de Díez de la Calle y a que éste va a seguir perfeccionándolo, como así
sucedió. Continúan las propuestas de añadidos de los datos del receptor a los del
emisor, y termina el primero: “Lo dicho es lo que se me ha ofrecido en lo que
vuestra merced me ha mandado. Otros punticos menudos he añadido al margen
del papel de vuestra merced en materia de distancias de lugares, y lo que juzgo de
178 J. Díez de la Calle, Noticias sacras i reales de los dos Ymperios de las Indias Occidentales de
la Nueva España, t. I, ms. 3023 de la Biblioteca Nacional, Madrid.
179 Loc. cit.
180 J. Díez de la Calle, Noticias Sacras y Rs del Imperio de las Yndias occidentales del Perú, t. II,
ms. 3025 de la Biblioteca Nacional, Madrid.
181 D. López de Haro, Carta-relación…, p. 110. La relación de don Juan con Puerto Rico fue más
intensa que la anotada, pues llegó a tener un hijo, Francisco, en la fortaleza del Morro (Cf. mi
Introducción a D. López de Haro, op. cit., p. 27).
58
él es que es muy curioso, útil y provechoso para noticias de materias que son de
importancia en muchas ocasiones”.182
Tenemos, pues, a dos afanosos recopiladores de datos del Nuevo Mundo en la
Corte, don Juan y don Gil, que solicitan informes a gentes de la otra orilla del
Atlántico para utilizarlos en sus obras respectivas. Y esos dos personajes son
precisamente quienes se dirigen al cronista criollo para recordarle que en la
Descripción y en los Anexos enviados de Puerto Rico faltan algunos datos de los
establecidos en los cuestionarios, datos que se debían subsanar y que el cronista
atiende posteriormente en las Adiciones. De la misma manera, en años anteriores
se habían dirigido a Puerto Rico para que alguien escribiera la crónica criolla con
destino a la obra de González Dávila, cronista mayor de las Indias. Petición
atendida en su momento con la Descripción. Prueba de que esta obra no surgió
como respuesta al escrito episcopal.
La Descripción fue, por lo tanto, una obra por encargo, nacida no por
iniciativa del autor, sino a propuesta de instancias superiores, las cuales, al no
sentirse satisfechas con la obra recibida, pidieron al autor que supliera las
ausencias. Nada de eso sucede con la Carta-relación: ninguno de los dos
escritores cortesanos –y mucho menos el cronista mayor de las Indias, destinatario
de la Descripción– se dirigieron a don Damián para exigirle cuentas de sus
posibles silencios, porque la Carta-relación no pasaba de ser una obra privada, un
escrito particular de un amigo a otro amigo, y no seguía ningún patrón o
cuestionario. Por la misma razón, el destinatario de la Carta-relación no tuvo que
comunicar nada de su contenido al cronista criollo. Mientras que la Descripción
tenía una finalidad pública y al no colmar las exigencias de los corresponsales
madrileños, éstos presentaron al autor los consabidos comentarios.
Al tener el relato episcopal y la crónica criolla distinto origen, se justifican las
diferencias de contenido, extensión y enfoque en ambos escritos.183 Y, por todo lo
dicho, se prueba que la segunda no es una réplica al primero. Seguir manteniendo
que la Descripción es una respuesta a la Carta-relación equivale a sostener la
misma patraña de que don Diego de Torres y Vargas fue secretario episcopal. Y
ya sabemos que no ejerció dicho cargo.
Vigésimo sexto paso
Impasible el ademán, añade la “historiadora”: “Medrano no logra demostrar
que el hecho de no haber sido secretario del Obispo hace imposible que don
Diego haya conocido el contenido (o al menos el tono) de la Carta-relación del
mismo. Por tanto, seguiré creyendo que su crónica sí fue una refutación de lo
escrito por fray Damián”.
Medrano no lo logra demostrar, pero ¿logra la “historiadora” Acosta
demostrar lo contrario? ¿Puede decir qué refuta don Diego de la Carta-relación?
Es más: ¿Puede demostrar que Torres y Vargas es el autor de la Descripción? No
obstante, a medida que avanza su discurso, las exigencias de la Dra. Acosta
disminuyen. Antes se refería a que Torres y Vargas había conocido el “contenido”
182 Ms. 3000 de la Biblioteca Nacional, Madrid.
183 Lo estudiamos en el artículo de la nota 177.
59
de la Carta-relación; ahora se limita al “tono”. Espero que pronto termine en
“nada”, como el famoso verso de don Luis de Góngora: “En tierra, en humo, en
polvo, en sombra, en nada”.
La Dra. Acosta tiene todo el derecho del mundo a seguir pensando lo que
quiera, aunque sea contra razón, porque cada uno es libre de hacer de su capa un
sayo. Pero lo que no debe, como profesional, es oponerse a los documentos
aducidos sin ofrecer pruebas.
Vigésimo séptimo paso
Llegamos al paso crucial de nuestra exposición. Tendría que haber sido el
primero si la Dra. Acosta hubiese enfocado bien el tema. Pero nunca es tarde si la
dicha llega. Me refiero al asunto de la autoría de la Descripción de la isla y
ciudad de Puerto Rico. La “historiadora”, sin haber “hurgado” tan siquiera en
dicho escrito, ha partido de la creencia generalizada en la historiografía
puertorriqueña de que la referida crónica pertenece al canónigo Torres y Vargas.
Y en esa creencia ha cifrado su diatriba contra mí. Sin embargo, cualquier lector
que haya seguido atentamente mis expresiones al respecto, habrá observado que
no he adjudicado –al menos lo he pretendido– esa obra a don Diego, aunque lo
haya hecho en escritos anteriores. ¿Puede demostrar la “historiadora” que Torres
y Vargas escribió la Descripción? Eso es lo primero que tenía que haber probado,
y después arremeter contra mí. Se quedará sorprendida –e indignada– de mi
pregunta. Antes de responder, puede seguir leyendo.
He demostrado, documento en mano, que don Diego nació en Puerto Rico.
Ese documento lo he ofrecido en mi libro, criticado por la “historiadora”.
Pertenece a la matrícula del joven Diego en la Universidad de Salamanca en 1635.
Dice así: “Don Diego de Torres y Vargas, natural de Puerto Rico, de 20 años,
moreno y menudo de rostro, nariz afilada, [pasa] a cánones en 13 de agosto de
1635. Testigos, el licenciado Calzas y Antonio López. [Al margen derecho:]
Indias”.184 Si en 1635 Torres y Vargas contaba con veinte años, quiere decir que
había nacido en 1615; no en 1590, como inventó Coll y Toste. Otras referencias
documentales que obran en mi poder, certifican esa fecha.
Pues bien, trasladémonos a la Descripción. En la serie dedicada a los
gobernadores de Puerto Rico, escribe el cronista que en el ejercicio de don
Gabriel de Rojas Páramo vivía una negra poseída por un espíritu, la cual “decía de
las cosas ausentes y ocultas con una voz como silico, que yo la oí algunas
veces”.185 Sabido es que don Gabriel gobernó de 1608 a 1614, por lo que no me
detengo a probarlo. Si don Diego nació el año siguiente, no pudo oír las voces de
la posesa. ¿Puede la Dra. Acosta argumentar en contra?
Pero la Descripción ofrece más sorpresas, entre las que resalto lo sucedido en
la gobernación de don Felipe de Beaumont y Navarra, sucesor de Rojas Páramo:
“En tiempo de este gobernador, llovió en esta Ciudad el año de 614 granizo, que
184 En P. Medrano Herrero, Don Damián…, p. 150.
185 En A. Tapia y Rivera, op. cit., p. 567. Es de notar que en la deficiente transcripción de Tapia
falta el sintagma “con una voz”.
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yo vi […], y luego a poco tiempo sobrevino la gran tormenta”.186 Pregunta: Si don
Diego no había nacido, ¿cómo pudo ver el granizo que cayó en la ciudad de
Puerto Rico en 1614?
¿Está segura la Dra. Acosta de que la Descripción es obra de don Diego de
Torres y Vargas? ¿Qué argumentos esgrime? Si la “historiadora” no ha escrutado
juiciosamente el texto que le sirve de base contra mis argumentos, ¿qué otras
fuentes de primera mano habrá consultado sobre el señor obispo y el señor
canónigo? ¿Con qué autoridad se presenta para criticar a los demás? ¿No cree que
debe dedicar más tiempo a “hurgar” en los documentos de la historia de Puerto
Rico del siglo XVII? Si se tiene en cuenta que la Descripción fue dada a conocer
por Alejandro Tapia y Rivera en su Biblioteca histórica hace más de ciento
cincuenta años, ¿cuál ha sido la crítica histórica que de esta crónica han hecho los
historiadores puertorriqueños al no haber advertido el descuadre que yo señalo?
¿No es prueba de que la han leído con superficialidad, revanchismo y
resentimiento? ¿No es ejemplo de ello la “historiadora” Ivonne Acosta Lespier?
Aunque el asunto de la Descripción ofrece más tela de que cortar, basta por hoy.
Último paso
Es hora ya de recogernos. Con tantos pasos en nuestro caminar, estaremos un
poco cansados. Echemos el pestillo a nuestra réplica sirviéndonos de las palabras
finales de la “historiadora”: “Me imagino que para este señor caeré en el saco de
los historiadores que siguen creyendo en ‘patrañas’. O a lo mejor me dice ‘¿Por
qué no te callas?’” Pierda cuidado, pues “este señor” no acusará a tan gentil dama
de que siga creyendo en “patrañas” porque no será necesario: visto lo visto, ya
habrá llegado ella a esa conclusión. Y “este señor” tampoco recordará a tan
distinguida señora las oportunas y precisas palabras reales al lenguaraz y
dictadorzuelo venezolano porque, a esta altura del discurso, ella misma pensará:
“Trágame, tierra”, pues ya se sabe que a veces es mejor estar callado –sin
mordaza–, pues en boca cerrada no entran moscas, y por la boca muere el pez, no
sea que al ir por lana vuelva uno trasquilado, ya que quien se mete a redentor
puede terminar crucificado. Lejos de amordazar, “este señor” anima a dicha
señora a que hable y escriba lo que quiera, pero que a partir de hoy –es mera y
tímida sugerencia– lo haga con más fundamento y rigor intelectual para que en
sus futuros escritos sobre don Damián López de Haro y don Diego de Torres y
Vargas no se deje “llevar de desahogos emotivos y de resentimientos, reflejo de
un fanatismo trasnochado, un subjetivismo a ultranza y una ignorancia supina”.
¡Ah! Y que comparta este escrito con su “vecina” en un gesto de reciprocidad.
Nobleza obliga.
186 Ibíd., p. 568.

Ivonne Acosta Lespier dijo...

El Dr. Pio Medrano ha dejado un comentario que por lo extenso no pude incluir porque Blogger no lo acepta. Intenté enviarle un email pero no lo incluye por lo cual le invito a que intente nuevamente en forma resumida o que lo divida por partes. De esta forma se lo publicaré con mucho gusto.