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sábado, 1 de diciembre de 2012

La invasión de Estados Unidos a Puerto Rico en 1898 (segunda parte)


(Como prometí, aquí está la continuación del post anterior . Lo dedico a las y los estudiantes y sus profesores del curso de Historia de Puerto Rico de la Universidad del Turabo que he tenido la suerte de conocer en este semestre sirviendo de recurso para esa clase en algunos temas.) 

En el escrito anterior vimos como el General Nelson Miles le hace caso al espía Whitney y logra que la invasión se haga por Guánica y no por Fajardo.  Luego de izar la primera bandera estadounidense en Puerto Rico, le envía un mensaje al Secretario de la Guerra en el que le dice que se tomó el puerto “felizmente”, encontraron “débil resistencia” y no hubo bajas. Al menos menciona que hubo resistencia que según Angel Rivero en su Crónica consistió de “once guerrilleros de caballería” al mando del Teniente Méndez quienes dispararon a los soldados estadounidenses cuando arriaron la bandera española pero luego corrieron fuera del pueblo cuando les cañonearon desde el Gloucester y los marinos desembarcados les dispararon con rifles. Fue la primera sorpresa para esos pobres soldados españoles que empezaron a ver la diferencia entre ellos y los invasores.
 
Para conocer en detalle lo ocurrido antes, durante y después de la invasión por Guánica el 25 de julio de 1898, nuestra mejor fuente es la Crónica de Angel Rivero, el capitán boricua que fue asignado al Fuerte San Cristóbal seguramente cuando ya las autoridades conocían lo de la explosión del Maine en La Habana y esperaban la guerra en cualquier momento.  Lo más valioso del libro, por ser la verdadera crónica, es el Diario que por suerte no descartó sino que publicó como Apéndice del libro.  Son anotaciones cortas de lo que ocurría a su alrededor y de todo lo que se entera a partir de marzo de 1898.  Por tanto son valiosísimas para permitir ubicarnos en ese momento tan dramático y entender el cambio de actitud en la población que fue del patriotismo exaltado y vociferante al “embriscamiento” (palabra que significaba huída) o a la observación silenciosa. 

Así vemos que según empiezan a circular rumores de posible guerra, impresiona la lealtad a España y el entusiasmo general.  Se forman variados grupos de voluntarios que abarcan todas las clases sociales y todos los pueblos desde las guerrillas hasta los macheteros (obreros y campesinos) pasando por el batallón de “Tiradores de Puerto Rico” donde jovencitos de clase alta se alistaban.  El Gobierno mantiene ese entusiasmo publicando noticias falsas en el periódico oficial, La Gaceta. Algunas son hasta risibles, como la de que la escuadra española había derrotado a “los yankis” en Filipinas cuando había sido todo lo contrario.

A la misma vez que se entera el pueblo a principios de mayo de la verdad, aparece al norte de San Juan un buque de vapor de tres chimeneas sin llevar bandera. Los sanjuaneros lo veían cada día y lo bautizaron como el “buque fantasma”. Rivera le dispara un cañonazo para que muestre su bandera y al amanecer del 12 de mayo comienza el bombardeo a la ciudad capital que dura tres horas. Luego de eso comienza el éxodo de los sanjuaneros, los llamados “embriscados” que se van en lo que encuentren o a pie para Río Piedras y en botes de vela para Cataño.  Pero al ver el pueblo retirarse al enemigo sin intentar tomar la ciudad, se da por sentado que han derrotado a los yankis y hay una euforia enorme en la población (que vuelve a la ciudad) y la prensa –aun la antiespañola- publica artículos patrióticos y hasta una décima titulada Doce de mayo (la ven en la p. 546 de la Crónica).  El ánimo se torna eufórico al ver llegar al torpedero Terror, que se espera que elimine los buques que quedan bloqueando el puerto de San Juan.   Pero el 22 de junio Rivero anota en su Diario que ha tenido lugar un combate entre uno de los cruceros americanos, el St. Paul y el Terror frente a una multitud de curiosos en las murallas.  Dice que “ha causado mucho malestar y todas las esperanzas depositadas en el Terror se han desvanecido”. Lo mismo ocurre con el Antonio López que es atacado y se incendia también ante los ojos horrorizados de los habitantes de la capital y sus mandatarios. En esas batallas un mes antes de la invasión por Guánica, las embarcaciones españolas en las que cifraban sus esperanzas fueron destruidas a la vista de los sanjuaneros.  Vean los combates navales en estos enlaces. 

Rivero es bien crítico de la forma en que actuaron los mandatarios españoles durante todo el conflicto, empezando por el Capitán General Manuel Macías y en especial el jefe de Estado Mayor que era el coronel Camó. Al único que destaca y admira es al general Ricardo Ortega. Pero a Ortega le tenían "casi recluído en San Cristóbal y tratado como un loco peligroso, porque había dado en la manía de soñar con días de gloria para su Patria y para su Ejército".  Dice que una vez se enteran en San Juan de que los yankis han invadido por Guánica, Ortega va a Fortaleza con un plan de ataque a las tropas invasoras pero el coronel Camó se lo rechaza.  Lo que describe Rivero que pasó a partir de ese momento da pena y coraje. Por no admitir que ya se estaba negociando un protocolo de paz (seguramente por mandato de la Corona) arriesgaron vidas y reputaciones.  Lo que sorprende es que hubiera oficiales y soldados que estuvieran dispuestos a luchar como lo hicieron y Rivero se ocupa de describir en detalle sus valientes ejecutorias. 

Una de las víctimas de las decisiones incomprensibles y desacertadas de Macías fue el jefe del batallón Patria que quería enfrentarse a los invasores a las afueras de Guánica.
El coronel Francisco Puig pidió órdenes de atacar y lo que recibió por respuesta fue un telegrama con órdenes de retirarse por Adjuntas hacia Arecibo.  A regañadientes Puig obedeció y procedió a la retirada atravesando montes bajo lluvia, teniendo que dejar la mayor parte de la carga que llevaban y llegando exhaustos. Para su sorpresa, le esperaba un telegrama del coronel Camó exigiéndole que se presentara para explicar "su marcha desastrosa". Puig se da cuenta de que lo van a procesar y se vistió de uniforme, agarró su sable y se fue va a una playa de Arecibo y frente al mar se pegó un tiro. 

Lo que ocurrió en Ponce

En la llamada capital criolla del sur de la Isla, Macías por poco provoca que la bombardeen.  Cuando se le dio aviso de que había tres buques con los cañones apuntados hacia el poblado de Ponce, Macías contesta (desde la comodidad de su despacho en Fortaleza) que deben resistir. Los que asumen control son los cónsules en Ponce, particularmente el vicecónsul de Inglaterra, Fernando M. Toro, quien luego de varias entrevistas con los invasores consigue que les den una prórroga para negociar la rendición. Toro acuerda con los otros cónsules que deben insistirle a Macías que la resistencia es inútil. Entretanto el coronel a cargo, Leopoldo San Martín, le comunica a Macías que solamente tiene 3 compañías de Patria y algunos voluntarios y guerrilleros a lo cual le contesta el gobernador “Cumpla usted con su deber”.  Y a los cónsules les contesta que “no tengo autorización para parlamentar con los americanos. Lamento, como amante de Puerto Rico, los destrozos que el enemigo puede hacer en una guerra que nosotros no hemos buscado. Ponce y todo el territorio será defendido por cuantos medios tenga a mi alcance”. Palabras ofensivas por lo falsas que tienen que haber sido para complacer a los del Gobierno en Madrid.  Pero en Ponce la reacción del pueblo al enterarse fue querer atacar a las tropas españolas para impedir el bombardeo.  Finalmente Macías le escribe a San Martín que “si usted cree que toda defensa es imposible, evacue la plaza en mejor orden”.  El cónsul Toro entonces negocia la capitulación con el general Davis en su buque pero al regresar al poblado se entera de que Macías ha anulado lo anterior, destituído a San Martín (a quien toman prisionero al llegar a Aibonito) y nombrado a un tal Julián Alonso con órdenes de “resistir a todo trance”. Los cónsules obtienen nueva prórroga de Davis y envían un telegrama caliente a Macías.  El Gobernador entonces contesta echando la culpa al pobre San Martín y aceptando la evacuación de la plaza.  Finalmente el 28 de julio desembarcaron las tropas estadounidenses en Ponce y se izó la bandera en la capitanía y más tarde en la Casa Ayuntamiento.  El General Miles reunió esa tarde en el Hotel Francés a las autoridades, emitió la famosa Proclama y regresó a su barco.

Coamo y Asomante

Un grupo de oficiales españoles se negó a rendirse en Ponce y siguieron hasta Aibonito permaneciendo en las trincheras del Asomante donde participaron del combate que allí tuvo lugar el 12 de agosto. Otro grupo siguió hasta Coamo en donde hubo un combate en el que murieron el coronel Illescas y el capitán Frutos López.  De allí un grupo de oficiales y soldados huyó sin aceptar rendirse y también se refugió en el Asomante.

Rivero en su Crónica revela que Asomante en Aibonito fue escogido como lugar para cerrar el paso a los invasores donde no pudieran ser ayudados por su fuerza naval.  Sin embargo dice que “muy poco se hizo para aumentar su valor defensivo” (p. 254).  Con todo y eso, luego de una batalla los invasores se tuvieron que retirar y los defensores quedaron a la espera hasta que les vinieron con informes de que se había firmado un armisticio, les pedían que dejaran las armas y se rindieran. Los combatientes del Asomante, bajo el mando del Capitán Ricardo Hernáiz, se negaron a rendirse porque Macías lo había ordenado así. Pero ya la guerra había terminado y las tropas estadounidenses recibieron estrictas órdenes de parte de Miles de retirarse.

De ahí en adelante se llevó a cabo la ocupación por las fuerzas militares de Estados Unidos de cada uno de los 48 pueblos que quedaban bajo la bandera española. (Rivero publica la lista completa con la fecha de posesión en la p. 689.)  Finalmente el 18 de octubre de 1898 en el Palacio de Santa Catalina (La Fortaleza) en San Juan se realizó la entrega oficial de la ciudad capital y la Isla al izarse la bandera estadounidense y tocarse el himno de los Estados Unidos.  Rivero aclara que la bandera española nunca fue arriada oficialmente porque ya se habían ocupado días antes de colocarlas en un cofre especial y enviarlas a España.  Irónicamente en ese momento histórico en que se hacía oficial el traspaso de la isla de Puerto Rico y sus habitantes al nuevo dueño, en la ceremonia estuvieron Luis Muñoz Rivera y los otros miembros del legítimo Gobierno Autonómico de Puerto Rico como observadores de algo en lo que no tuvieron nada que decir y no pudieron evitar. Irónicamente también el que representó al Gobierno de España en el traspaso de propiedades militares (a petición del general Ricardo Ortega) fue un boricua: el Capitán Ángel Rivero Méndez.

(Del Tratado de París nos ocuparemos en una próxima entrada.)

miércoles, 25 de julio de 2012

Nelson Miles, asesino de indios (Segunda parte)


Las guerras contra los indios en Estados Unidos terminaron en forma dramática y penosa. Nuevamente Nelson Miles desempeñó un papel importante en la destrucción de los sueños de la nación Sioux. Los hechos los relata Dee Brown, historiador indio, en su libro Bury My Heart at Wounded Knee.

En 1888 un indio de Nevada llamado Wovoka había fundado una religión llamada “Ghost Dance”-Baile Fantasmal- una extraña mezcla de cristianismo y creencias indígenas que ofrecía una esperanza a los indios en su angustiosa situación frente a los blancos. En su reservación de Standing Rock, Sitting Bull, el anciano jefe Sioux, quiso conocer sobre esta religión e invitó a Kicking Bear-un Sioux que se había convertido al Baile Fantasmal- para que se lo explicase. El Ghost Dance se basaba en la creencia de que Cristo había regresado a la tierra como indio y había prometido que aquellos indios que bailaran el baile fantasmal serían preservados hasta que la tierra entera fuese para ellos nada más, pues el baile hacía posible el retorno de los indios guerreros muertos. Irónicamente Sitting Bull creyó que esto era posible porque había aprendido del Cristianismo la existencia de un Mesías que había resucitado.

Sin embargo, a Sitting Bull le preocupaba que su gente hiciera el baile fantasmal porque ese año de 1890 el ejército estadounidense había prohibido dicha práctica en las reservaciones Sioux. En respuesta a la preocupación de Sitting Bull Kicking Bear le convenció de que si los indios usaban vestimentas sagradas- camisas pintadas con símbolos mágicos- nadie les podría hacer daño pues ni las balas podían atravesar las camisas fantasmales. El Ghost Dance se propagó como fuego por todas las reservaciones indias de modo que el ejército decidió impedirlo a la fuerza a pesar de que la nueva religión enfatizaba la no violencia. A Sitting Bull se le ordenó expulsar de la reservación a Kicking Bear y al rehusar hacerlo, el Comisionado de Asuntos Indios fue convencido de que Sitting Bull era el líder de la “perniciosa religión”.

Entretanto el baile fantasmal se hizo todavía más prevaleciente al extremo de que todas las demás actividades se paralizaron; los indios no hacían otra cosa que bailar frenéticamente. El Buró de Indios en Washington pidió una lista de los que fomentaban el baile fantasmal. El Buró transmitió la lista a Nelson Miles en Chicago y al éste ver el nombre de Sitting Bull-el asesino de Custer- decidió buscar la manera de sacarlo de la reservación sin que esta acción fomentara violencia. Al no lograrlo utilizando de intermediario a Buffalo Bill, envió a un agente indio para arrestar a Sitting Bull.

En diciembre de 1890, la cabaña de Sitting Bull fue rodeada por policías indios y cuando lo sacaron se vieron a su vez rodeados por indios haciendo el baile fantasmal. En la confusión que se formó, Sitting Bull cayó muerto de un tiro a la cabeza.

De acuerdo con la versión de Dee Brown, el hecho de que los indios creyeran fielmente en que los hombres blancos habrían de desaparecer, según decía la religión del Baile Fantasmal, impidió que reaccionaran violentamente ante el asesinato de Sitting Bull. Pero como los ánimos del ejército estadounidense estaban caldeados, la confrontación final con los Sioux tuvo lugar en un campamento de la ensenada conocida como Wounded Knee.

Todo comenzó cuando el General Miles ordenó el arresto de Big Foot-jefe de una banda de Sioux que vivía en el Río Cheyenne-por haberlo encontrado también en la lista de los que respaldaban el Ghost Dance. Irónicamente, Big Foot había perdido la fe en esta nueva religión, pero Miles no lo sabía y envió la Séptima Caballería para Pine Ridge. Los indios no ofrecieron resistencia, sobre todo porque su jefe Big Foot se encontraba gravemente enfermo de pulmonía, y fueron llevados hasta Wounded Knee. Allí acamparon un total de 350 indios Sioux, en su gran mayoría mujeres y niños. El destino quiso que entre los indios estuviesen algunos de los guerreros que le propinaron la derrota en Little Bighorn a algunos de los soldados que allí les rodeaban.

A la mañana siguiente los soldados que rodeaban el campamento entraron a quitarle las armas a los indios por la fuerza. Uno de éstos, Yellow Bird, pidió que resistieran porque sus camisas fantasmales les protegerían de las balas pero Big Foot sabía que ello sería suicida. Entonces un soldado quiso desarmar a un indio sordo y el rifle se descargó. Lo que siguió fue un estruendo de balas y una carnicería al final de la cual habían muerto dos terceras partes del grupo de Big Foot, incluyendo su jefe.

Un grupo de treinta guerreros logró escapar y se refugió en un campamento de indios donde imperaba el odio y el deseo de venganza por lo de Wounded Knee. Entonces Nelson Miles rodeó a los indígenas con sus soldados pero en lugar de atacar envió mensajes conciliatorios urgiéndoles la rendición con promesas de que serían tratados con decencia. Así consiguió la rendición completa el 15 de enero de 1891 sellando el destino de esas naciones para siempre.

Un mes después de la terrible masacre, demostrando una vez más su total carencia de sensibilidad, el General Nelson Miles llevó a cabo una celebración de triunfo con una parada formal de sus soldados, banda musical y fiestas en el mismo lugar en que se había derramado la sangre de tantos inocentes. Por esas ejecutorias Nelson Miles fue ascendido en 1895 a Comandante General del Ejército de los Estados Unidos y se decía que aspiraba a la presidencia de la nación.

En 1898, al iniciarse la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense, le tocó protagonizar el esfuerzo de invadir la isla de Puerto Rico, la cual había insistido ante el Presidente McKinley que se tomara antes que a Cuba. Sagaz como siempre, se las arregló para enterarse del lugar más apropiado para entrar en gloria a Puerto Rico: el área sur, donde no encontraría resistencia alguna porque sus habitantes nunca perdonaron la persecución del 1887 bajo España. Dicen que su ambición fue lo que le hizo cambiar-sin informárselo al Secretario de Guerra-el lugar de la invasión, que se suponía fuese por Fajardo, para no tener que compartir el triunfo con la Marina.

Es en ese contexto del pasado del famoso exterminador de indios, que debemos releer la famosa Proclama que emitió Nelson Miles el 28 de julio de 1898 en Ponce:

“No hemos venido a hacer la guerra contra el pueblo de un país que ha estado durante algunos siglos oprimido, sino por el contrario a traeros protección, no solamente a vosotros, sino también a vuestras propiedades, promoviendo vuestra prosperidad y derramando sobre vosotros las garantías y bendiciones de las instituciones liberales de nuestro Gobierno. No tenemos el propósito de intervenir en las leyes y costumbres existentes que fuesen sanas y beneficiosas para vuestro pueblo, siempre que se ajusten a los principios de la administración militar, del orden y de la justicia. Esta no es una guerra de devastación, sino una guerra que proporcionará a todos, con sus fuerzas navales y militares, las ventajas y prosperidad de la esplendorosa civilización.”

Si los puertorriqueños hubiesen tenido idea de ese pasado de Miles como asesino de indios a lo mejor no hubiesen creído las palabras grandilocuentes de este “pavo real”. Para Miles no éramos distintos a los indios que estorbaban el paso de la expansión estadounidense.

Todavía está por verse si este pueblo, al cabo de una resistencia de ciento catorce años- en que nos pusimos las “camisas fantasmales” con los símbolos mágicos de nuestra cultura y nuestro idioma- preferirá terminar como los indios estadounidenses (en una gran reservación en el Caribe) o si nos atreveremos a ser una nación soberana.

viernes, 20 de julio de 2012

Nelson Miles, asesino de indios (Primera parte)

(Este artículo lo publico aquí a petición de mi amiga la profesora Blanca Facundo. Le he hecho algunos cambios mínimos al original que se incluye en el libro El Grito de Vieques.)

Todos los que conocemos nuestra Historia, recordamos para esta época a Nelson Miles como el general estadounidense que dirigió la invasión a Puerto Rico el 25 de julio de 1898, el de la famosa Proclama. Pero es interesante ver lo que dice la propia historiografía revisionista en Estados Unidos sobre este personaje.

El libro I Love Paul Revere, Whether He Rode Or Not, de Richard Shenkman, desbanca muchos de los mitos patrióticos de la nación estadounidense. En una parte en que relata la historia de George Armstrong Custer, el General que perdió la famosa batalla de Little Bighorn frente a los indios Sioux en 1876, el autor dice que el nombre de Custer es odiado por haber sido un asesino de indios. Sin embargo alega que hay otros generales que mataron muchísimos más indios que Custer, pero que a esos nadie los recuerda. Entre éstos destaca como uno de los principales asesinos de indios a Nelson Miles y se pregunta: “¿Pero quién ha oído mencionar a Nelson Miles?”

Los boricuas sabemos quién es Nelson Miles desde hace más de un siglo. Lo que pocos sabíamos es que Miles fue el responsable de la derrota final de las naciones amerindias, los dueños originales del territorio de los Estados Unidos, cuyo destino fue terminar en reservaciones especiales y con una ciudadanía de tercera clase en ese país.

Nelson Miles nació en una familia de bajos recursos en el estado de Massachusetts. Participó como voluntario en la Guerra Civil, combatió en la mayoría de las batallas y ascendió al rango más alto del ejército a los 25 años. Al concluir la guerra se unió al esfuerzo por terminar de una vez por todas con el “problema” que representaban los indios para la expansión hacia el territorio occidental de los Estados Unidos. En 1866 un nuevo ejército con generales que se habían lucido en la Guerra Civil, incluyendo a Miles, marchó al oeste. (Este episodio de esa historia sirvió de base para la película Dances with Wolves.)

En todos los recuentos sobre las acciones en que se vio involucrado Nelson Miles, éste aparece como un hombre implacable que logra vencer a los indios a través del engaño, aprovechándose siempre del arraigado concepto del honor que tenían estas naciones.

Miles se hizo de fama al ganar la Guerra del Río Rojo (Red River War) al norte de Texas en 1875, que para los indios fue la batalla por salvar el búfalo, animal del cual dependían totalmente para sobrevivir. Miles logró rendir a los indios Cheyenne, Kyowa y Comanche y estos tuvieron que aceptar abandonar sus tierras ancestrales y aceptar ser encerrados en reservaciones.

Luego vino el confrontamiento con los “Nez Percés” (nombre dado por los franceses a este grupo) del oeste de Idaho, lidereados por el valeroso jefe conocido por su nombre cristiano de Joseph. En mayo de 1877 los Nez Percés fueron amenazados con el exterminio por los colonos blancos si no abandonaban el valle Wallowa; tras varias batallas y muchos muertos decidieron huir a Canadá. Pero cerca de la frontera fueron sorprendidos por el General Miles quien había estado siguiéndoles durante meses con una fuerza enorme de soldados. Al sufrir bajas en el ataque Miles decidió enviarles un emisario con una bandera de tregua. Joseph creyó que de verdad el general quería la paz y aceptó la invitación de reunirse con él. El General Miles de inmediato lo apresó pero los Nez Percé continuaron batallando y lograron liberarle. Entonces Miles les prometió que si entregaban las armas los devolvería a su reservación con sus familias. Joseph entregó sus armas y se rindió a Miles pero no sin antes pronunciar un elocuente discurso que fue traducido al inglés por un teniente que presenció el acto. Nuevamente faltó Miles a su promesa y envió a Joseph y a sus guerreros a Fort Leavenworth en Kansas como prisioneros de guerra. Años después Joseph expresó que había creído en la palabra de Miles y que si no, nunca se hubiera rendido. Cuando murió el médico de la reservación dijo que el famoso jefe indio había muerto de dolor en el alma.

Por ese acto de “heroísmo” de hacer rendir a los Nez Percés, el presidente Theodore Roosevelt premió a Nelson Miles con el sobrenombre de “valiente pavo real”. Ese nombre que le diera Teddy Roosevelt a Miles alude a la personalidad de este general que lo hacía muy poco atractivo a los demás. Miles fue descrito con adjetivos tales como: vano, pomposo, dogmático, buscabullas y ambicioso en extremo. Se dice que buscó la fama y las posiciones proclamando sus propias virtudes y ridiculizando a sus compañeros oficiales. Supo aprovechar las influencias que consiguió por estar casado con la sobrina del poderoso General William T. Sherman, el de la marcha destructora que acabó con la resistencia en las zonas bajas del Sur en la Guerra Civil.

Las influencias de que gozó por su matrimonio lograron que se le incluyera en la importante guerra contra los Sioux en las Dakotas, sobre todo cuando se supo de la muerte del General Custer, Miles vio la oportunidad de vengar la muerte de su amigo y sobre todo, alcanzar la gloria.

Al enterarse de que el ejército estadounidense se dirigía hacia su territorio con ánimo de venganza, el jefe de los Sioux conocido como “Sitting Bull” pidió conferenciar con Miles para convencerle de que ellos sólo querían cazar sus búfalos. La entrevista entre Miles- a quien los indios apodaron “Bear Coat” por el abrigo que llevaba- y el jefe de los Sioux es reveladora. Miles acusó a Sitting Bull de estar siempre en contra del hombre blanco y su forma de vida, a lo cual el jefe indio ripostó que era cierto pero que no querían considerarles enemigos y no querían la guerra sino que los dejaran en paz. Miles quiso saber qué hacían enYellowstone y aunque la pregunta era tonta el jefe indio cortésmente respondió que estaban cazando búfalos para alimentar y vestir a su gente. Sitting Bull prometió que no habría más guerra si los blancos se iban de la tierra india, a lo cual Miles contestó que no habría paz hasta que los Sioux estuviesen en reservaciones. Poco después Sitting Bull tuvo que rendirse y lo llevaron a la reservación en Standing Rock.

Entonces entra en escena en esta historia un último jefe guerrero de los Sioux, el legendario “Crazy Horse”, considerado uno de los guerrilleros más efectivos de la historia. Confrontado con el exterminio de su gente, no le quedó más remedio que aceptar convertirse en un indio de reservaciones. Pero al verse atrapado entre rejas, intentó escapar y fue asesinado de un bayonetazo por un soldado. Crazy Horse fue enterrado en secreto por sus padres en un lugar que sería tristemente famoso años más tarde: Wounded Knee.

Quedaba el último de los grandes guerreros Apaches, llamado Jerónimo, refugiado en las montañas de la Sierra Madre mexicana. A Miles se le encomendó acabar con la resistencia de Jerónimo y llegó al frente de cinco mil soldados pero Jerónimo logró evadírseles por un tiempo. A fin de obligarlo a rendirse a Miles se le ocurrió que se deportara a todos los miembros del grupo Apache y los Chiricahua de Jerónimo a un centro de detención en la Florida. Tuvo razón pues Jerónimo se rindió personalmente a Miles en septiembre de 1886, lo cual infló todavía más el ego de este general. (Continúa)

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