lunes, 6 de agosto de 2007

Nos llevan el país

Nota: este artículo mío fue publicado en el semanario Claridad en la edición de octubre 23-29 de 2003. Me parece más apropiado que nunca.
“…salga a la calle y mírele la cara a la verdad, excelencia, estamos en la curva final, o vienen los infantes o nos llevamos el mar… de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing… a pesar de que él había apelado a los registros más audaces de su astucia milenaria tratando de promover una convulsión nacional de protesta contra el despojo, pero nadie hizo caso….”
(Gabriel García Márquez El otoño del patriarca).

La escena de la novela citada viene a la mente con tan sólo mirar a nuestro alrededor o leer los periódicos del país. La diferencia está en que no es una metáfora sino la realidad dolorosa que vivimos los que amamos esta Isla al ver cómo se llevan la naturaleza pieza a pieza en un despojo generalizado.

Un estudio dirigido por la Universidad Metropolitana hace poco concluyó que de seguir la trayectoria de enfatizar la infraestructura gris (todo lo que depende del concreto, asfalto y bitumul), Puerto Rico en 75 años perderá casi toda su infraestructura verde (lo que permite la vida de todas las especies, incluyendo la humana). Quedaría un 5 por ciento de territorio protegido en medio de un mar de cemento, de acuerdo a María A. Juncos Gautier. Otro estudio llevado a cabo en el Recinto Universitario de Mayagüez ha encontrado que para el 2050 San Juan podría estar alrededor de 6 á 8 grados Fahrenheit más caliente que las áreas verdes de su periferia debido a la masa de concreto prevaleciente. El cuadro es realmente deprimente.

Sin embargo, ese futuro está más cerca de lo que se describe en esos estudios. La velocidad con la cual se destruyen árboles, se pelan los montes, se siembran de cemento las tierras fértiles, se eliminan manglares y quebradas a lo largo y ancho de esta pequeña isla no puede llevar a otro resultado que a una catástrofe ecológica. Ya empezamos a ver los resultados en el calentamiento de nuestro clima, las inundaciones y los deslizamientos de terrenos. Son innumerables las quejas de vecinos en toda la Isla ante el peligro constante que viven cada vez que llueve por culpa de desarrollos de viviendas (casi siempre de lujo) cercanos a sus viviendas. ¿Porqué esperar un desastre? ¿Porqué esperar a que el país se torne inhabitable? ¿Seremos los Mayas del siglo XXI y tendremos que abandonar nuestro país de origen?

El problema es que Puerto Rico fue entregado a los desarrolladores por la pasada administración con sus megaproyectos, sus “empresarios” y al basar el empleo en la construcción. Estos grandes mogules son los que sufragan las campañas (en ambos partidos) para asegurarse luego contratos del gobierno, ventas de terrenos aunque sean públicos y permisos garantizados para construir donde quieran, aunque sea en áreas inundables o protegidas.

Los constructores, más bien destructores, han convencido a los gobiernos de turno de que de ellos depende la economía del país. Así lo expresaron en un suplemento publicado, bajo el cínico título de “Desarrollo y ambiente”, con motivo de la Convención Anual de la Asociación de Constructores de Hogares en Puerto Rico en el pasado mes de agosto. Esta Asociación, al menos su pasada directiva, se desprestigió ante los ojos de muchos al conceder los principales premios y reconocimientos no a los que hacen algún esfuerzo por preservar la naturaleza (que los hay) sino a los que han sido denunciados por desarrollos plagados de irregularidades. El Alcalde de “Guaynabo City” (¡hasta cuándo!) es ejemplo de un político entregado de tal forma a los constructores de desarrollos exclusivos que en poco tiempo ha creado un verdadero desastre ambiental.

Confieso que cuando ganó Sila Calderón tuve fe en que iba a mejorar la situación ambiental. Fue la única de sus promesas que creí, por su actuación como Alcaldesa al imponer la moratoria a los desarrollos en Caimito, lo de la “ventana al mar” en el Condado y la ruta 66. Esto me dio esperanzas de que no se entregaría a la avaricia de los desarrolladores. Pero el poder de estos mogules obviamente se hizo sentir.

La primera señal de que íbamos a caer en más de lo mismo fue la destitución el verano del 2001 de Hermenegildo Ortiz y Félix Aponte de la Junta de Planificación. De ahí en adelante todo han sido malas noticias: la agilización de permisos, el seguir la política del Rosellato de hacer depender el empleo de la construcción (nadie se pregunta qué pasará cuando no quede espacio para construir) y que el Departamento de Obras Públicas, igual que bajo Pesquera, se haya convertido en un masacrador contínuo de árboles para seguir abriendo carreteras(lo cual es una invitación a que más automóviles circulen).

En el área donde vivo en Hato Rey ya se nota la aceleración de los permisos. Algunos vecinos llevamos una lucha, cada vez más solitaria, para evitar que un bosquecito que es lo único que queda de vegetación en el área detrás del Colegio de la Merced y por donde discurre la Quebrada de los Muertos sea eliminado. Desde hace cinco años hay un proyecto pendiente para construir cuatro condominios de 19 pisos que habíamos logrado detener.

Pero aplicando el principio de “divide y vencerás” en enero de este año Cleofe Rubí se adelantó, compró la mitad del solar y logró permisos para proceder con las primeras dos torres sin avisar a los vecinos. Ya eliminó parte del bosquecito, incluyendo el hermoso árbol donde anidaba una familia de guaraguaos desde hace dos décadas y se está entubando la quebrada. El otro proyecto ya está diseñado y en la maqueta se ve que eliminan toda la vegetación para dos torres y un edificio de estacionamiento. Si los vecinos del área no hacemos algo se perderá otra zona de amortiguamiento más con el consabido aumento en temperatura, en ruidos y en inundaciones.

Sé que hay muchos dando la batalla en todos los frentes para detener el desastre ecológico que se nos viene encima. Hay inclusive por vez primera un movimiento político de los “verdes” al igual que los existentes en Europa. Ese grupo, bajo el nombre de Puertorriqueños por Puerto Rico, está haciendo una gran labor ayudando a grupos comunitarios, como el de la Alianza pro desarrollo de Ceiba. Ha habido victorias en esa lucha, sobre todo para la comunidad de Caimito. Sin embargo, es tanta la avaricia y tan poco respeto por la naturaleza por parte de muchos desarrollistas (con el contubernio del Gobierno, muchos alcaldes y banqueros) que ni el Fideicomiso de Conservación, ni José Molinelli, ni Fernández Porto, Jaime Altieri, Wanda Colón, Haydée Colón, Jessica Rodríguez y los de Puertorriqueños por Puerto Rico dan abasto. Los destructores de la naturaleza tienen el dinero para convencer tanto al Gobierno como a la prensa (con sus anuncios en suplementos semanales). Por eso se sigue dando la impresión de que es posible el crecimiento contínuo cuando como dijo un científico, “la psicología del crecimiento ilimitado es la de las células cancerosas”.

Eso mismo sufrimos en este país, un cáncer generalizado. Ha llegado el momento de dejar de hablar o de especular sobre cómo será Puerto Rico en 75 ó 50 años. Eso es dar esperanzas de que se puede esperar para tomar acción. La crisis es ahora y es urgente la acción de todos para defender lo que queda de nuestra pobre Isla. Tenemos que unirnos, como hicimos con tanto éxito en la lucha para sacar la Marina de Vieques. Esta vez la consigna debe ser: “¡Ni un árbol más, ni un cerro más, ni una quebrada más!” Es hora de promover una convulsión nacional de protesta contra el despojo.