domingo, 6 de febrero de 2011

Irreversible el daño a la naturaleza en Puerto Rico: muy buena columna de Mayra Montero

Bajo el título "Querer" (poco impactante por cierto, no debe haber sido ella la que lo puso), Mayra Montero nos presenta la realidad a la que nos enfrentamos en nuestra pequeña y hermosa Isla. Dice que muchos de los males que están ocurriendo en Puerto Rico son dolorosos pero se puede el país recuperar de ellos. El único que es irreversible es el daño a la naturaleza. Les cito partes de la columna:

Lo que resulta sin embargo en un daño para toda la vida es el que se le inflige a la naturaleza. En esos casos no hay marcha atrás, lo que se arruina no se renovará más nunca. No hay recuperación posible después que se arrasa con un bosque, se anula un cuerpo de agua o se rellena un humedal, y el plano resultante se cubre de cemento. La palabra más hipócrita y recurrida en ese panorama es mitigación. Arrasan por aquí, pero siembran arbolitos allá. Es más, dos arbolitos por cada tronco derribado, en extrema generosidad. No obstante, la mayoría de las veces, los que valen y son insustituibles son los que caen. Y no hacen falta en otro lado, sino precisamente donde estaban.

Esa es la urgencia de defender ahora lo que por obra y gracia de la avaricia, y el toma y daca partidista, ha quedado desprotegido. Pero el problema es que hay tantos frentes abiertos, tantas preocupaciones por tantos temas, que es casi imposible que la gente pueda poner toda su atención y su energía en cuestiones esenciales como es el daño que va a causar el gasoducto, si es que se construye; o los zarpazos intermitentes que ha estado recibiendo la zona del Karso, más los que se aproximan.

El martes pasado, sin ir más lejos, se daba a conocer una carta, proveniente de una firma de consultores contratada por la Compañía de Turismo, donde se especificaban las zonas que debían de “liberarse” para construir hoteles y centros comerciales en terrenos del Corredor Ecológico del Noreste.

...
En ocasiones, la misma gente que viaja a zonas selváticas de Centro o Sur América (Costa Rica, Panamá, Brasil), y regresa maravillada de los proyectos turísticos integrados a la naturaleza, mimetizados con su entorno, que además gozan de una enorme acogida, son los que luego no conciben para Puerto Rico otra cosa que no sea la devastación, la planicie reverberante de cemento, con palmeritas, campos de golf y achicharramiento general.
...
Tan pronto aplasten, desmonten, extirpen y pavimenten, no habrá remedio. Ni recuperación. Ni volverá jamás a ser lo que era.
¿Quién que quiere algo en la vida quiere eso para su País?


La contestación a la pregunta de Mayra es que los que amamos a Puerto Rico no queremos eso y seguiremos luchando, como lo hacen los del Sierra Club, los de la Coalición Pro Defensa del Corredor del Noreste y otros grupos que el gobierno de Fortuño y los contratistas que lo mantienen considera terroristas. Ciertamente a este Gobierno del Such Is Life no le importa porque con los millones que sacan pueden vivir en cualquier lugar cuando nuestra isla se achicharre. Como decía aquel analista, "el capital no tiene patria".

4 comentarios:

Prometeo dijo...

Los otros días iba en el auto paseando con mi familia y pasé por el barrio donde me crié cuando pequeño en Beatriz de Cayey. Se me zafó un "coño". Mis hijos y mi esposa me miraron asombrados porque saben que no suelo usar palabras así regularmente. Les dije, "miren a la derecha". Vieron una urbanización. Les conté que cuando pequeño eso era un monte bien lindo y que justo en un cul-de-sac que se veía desde la caretara había un codo de río que era profundo y ahí era donde nos tírabamos a nadar los muchachos por las tardes cuando salíamos de la escuela y los sábados. Era nuestro lugar, las tierras de don Norberto. Habían toros vacas y era un mini-paraíso. Algún desgraciado logró borrar aquel río que no sé por donde correrá ahora.

Todavía pienso en ese día y me de rabia. En esta isla están sembrando cemento a todo lo que da. Vamos a ver que comerá la gente cuando llegue un tiempo de hambruna y de los EEUU no puedan enviar alimentos para acá por tener que usarlos para la gente de ellos. Vamos a ver como se come un pedazo de cemento con aderezo.

Adelante y éxito.

Ivonne Acosta Lespier dijo...

Prometeo: Ese cuadro desolador es el que se repite por toda la isla. Te cuento que yo vivo en el medio de Hato Rey hace años en un condominio. Al lado teníamos un bosque urbano con una quebrada y era una delicia el silencio, el canto de los pájaros, la familia de guaraguaos que nos encantaba ver por allí en toda su majestuosidad. Pero hace unos años, y gracias a la Norma Burgos cuando estaba en la JP, se aprobaron unos proyectos de varias torres de 19 pisos, en un área altamente inundable, cada una justamente donde estaba nuestro paraíso. Todo el esfuerzo por salvar los árboles y la quebrada fue en vano. Yo formé un comité, depuse en vistas públicas en el Senado y hasta me metí en el lugar con un grupo para detener el tumbe de los árboles y me llevaron en un carro de la policía ante una juez pero pudo más el dinero que pagaban ellos, entre otros Cleofe Rubí, el cubanazo que ojalá y se largara de nuestra isla. El resultado: estamos rodeados de 3 torres de cemento rodeadas a su vez de edificios de estacionamiento casi vacías, de apartamentos super caros que nadie compra. Pero nos quedamos sin el verdor, los pájaros y con más contaminación de polvo y de ruido.
Gracias por compartir tu experiencia, la entiendo y entiendo tu rabia.

Reggie dijo...

Ecelente articulo de Mayra Montero. Lo lei. Aqui en Puerto Rico la tecnocracia nos esta matando. La falta de respeto por el ambiente que ha caracterizado a los gobiernos que nos ha tocado sobrevivir ha sido la orden del dia.
Demasiado tecnico o ingeniero haciendo las funciones que le corresponderian a un cientifico. Hay tanta tela que cortar sobre este tema, que comenzamos y no acabamos.

Ivonne Acosta Lespier dijo...

Reggie: Cuánta razón tienes. Y lo que enfurece más es que el Gobernador ayer en su mensaje se las echaba de lo que han hecho por el ambiente. Es como para ir y darle dos o tres bofetadas, al menos en la imaginación.