Lo que ha hecho el Partido Nuevo Progresista lidereado por Ricardo Roselló es el ridículo al proclamar la gran victoria de la estadidad cuando el porciento ha sido el más bajo en toda la historia. Así lo confirma Jesús Dávila en su columna de hoy en la que afirma que "ha sido la peor derrota del movimiento anexionista en cincuenta años-500,000 frente a 1,700.000 que boicotearon el plebiscito sobre la condición colonial de Puerto Rico". Dice Dávila: "El alzamiento verdadero fue el de la abstención, con cerca del 77 por ciento de los electores que no acudieron a votar, mientras la anexión competía sola y logró el favor de apenas un 23 por ciento de los ciudadanos con derecho al voto. Como medida para tratar de legitimar el plebiscito, el Gobierno había conseguido de antemano un par de personas que figuraron como representantes nominales de las alternativas del territorio y la libre asociación/independencia, que recibieron algunos miles de votos."
Como siempre, confían en la poca memoria histórica del pueblo engañado con falsas promesas.
Los que decidieron votar por la estadidad para provocar que la pidan, nos la nieguen y podamos encausar otras alternativas, se equivocan en su estrategia. Los Estados Unidos no nos quieren pero no lo van a decir nunca. Y peor los que votaron creyendo las mentiras de la costosa publicidad que saturó todos los medios en medio de la crisis fiscal que padecemos.
La única salida a este pantano vergonzoso es que el Partido Nuevo Progresista deje de engañarse y engañar al pueblo y admita que no nos van a aceptar NUNCA como estado. Solamente así nos podríamos unir en un frente amplio para descolonizar sin la estadidad como opción pues es un esfuerzo inútil y costoso seguir pidiéndola.
Pero conociendo a los líderes de ese partido y su empeño en sacarle el máximo a la colonia mientras estén en el poder, esa salida es soñar con pajaritos preñados. Seguiremos en el pantano hasta que los Estados Unidos decidan, como decía mi marido, "mandarnos para el Car... ".
lunes, 12 de junio de 2017
El plebiscito de 2017 lo ganó el boicot y no la estadidad
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Ivonne Acosta Lespier
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martes, 31 de enero de 2012
El 2012: más engaños, corrupción e impunidad. Pero sigamos escribiendo..
El 2012 sonaba tan distante y tan inquietante que todavía no puedo creer que ya se terminó su primer mes. No empezó bien, ni para la humanidad ni para el planeta que habitamos. Suenan de nuevo tambores de guerra mientras se intenta amordazar el vehículo de expresión más prevaleciente y efectivo con leyes que limitan el acceso al Internet.
En Puerto Rico casi no da tiempo a reaccionar a cada desvergüenza de la ralea de políticos corruptos que nos gobiernan, mientras el Gobernador Fortuño le hace campaña en la Florida al candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Mitt Romney. En la escena de esa campaña política, en el estado con la segunda mayor concentración de boricuas, se inserta el supuesto respaldo de los candidatos principales del partido de Fortuño a la estadidad para Puerto Rico. Le conviene a los penepés seguir engañando al pueblo con esa posibilidad (en el plebiscito que nos van a atragantar este noviembre), cuando sabemos que antes llegamos a Marte que a la estadidad.
Entretanto, en nuestra Isla, en toda mi existencia, nunca antes había presenciado una corrupción tan prevaleciente a todos los niveles y un desgobierno que lleva a la anarquía y al aumento en criminalidad. Mientras los que sostenemos el país con nuestras contribuciones nos empobrecemos a pasos agigantados, vemos enriquecerse a costa nuestra a unos energúmenos con poca o ninguna educación y mucha fuerza de cara.
Lo mismo me comentan a diario amig@s, familiares y gente con quien uno se encuentra en las gestiones cotidianas. Tod@s terminan su análisis de la situación con dos palabras que destruyen la esperanza y el optimismo: impunidad e impotencia. Lo primero, porque no hay castigo para los delincuentes oficiales que se salen con cosas con las que nosotros los mortales tenemos que cumplir o nos echan la fuerza de la ley encima. Eso nos lleva a sentirnos impotentes porque nada podemos hacer excepto rabiar. Lo triste es que la alternativa que se nos ofrece en estas elecciones es tan floja que los mismos partidarios del candidato se sienten poco esperanzados.
Toda esta situación que apabulla el cerebro ha prolongado mi falta de ánimo para escribir, ya en parte superada mi gran tristeza de los pasados meses. Al parecer algo similar le está pasando a un número de blogueros y blogueras que casi no escriben sobre lo que ocurre o publican sobre asuntos sin importancia local. Prometeo dice, con razón, que los boricuas nos encontramos en estado de estupor.
Por su parte, Siluz, al celebrar los 5 años de Escribiendo en voz alta nos recuerda en la cita de Graham Greene que :“Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto como se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana”.
No... el 2012 no pinta nada bien. Pero quiero (y espero) seguir escribiendo, para sobrevivir y salir del estupor.
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Ivonne Acosta Lespier
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domingo, 3 de abril de 2011
Ana Lydia Vega lo expresa mejor en cuanto al embeleco plebiscitario
Por si no han visto su columna de hoy en El Nuevo Día, la reproduzco completa porque vale la pena. Estoy totalmente de acuerdo con la admirada escritora boricua.
Ya sé que el tema del estatus les da urticaria y que los tejemanejes plebiscitarios son capaces de provocarles una crisis fulminante de aborrecimiento terminal. A mí también, por si les sirve de consuelo.
Pero la culpa no es huérfana. Por no acabar de meterle mano al asunto, seguimos encajándoles el karma a los pobres boricuas del futuro. Perdón: “del futuro” es mucho decir. En unas cuantas décadas, la deserción masiva hacia la Florida podría vaciar de gente esta isla y dejársela a las dos o tres iguanas que hayan sobrevivido al holocausto del gasoducto.
Aparte de la indiferencia bostezante que suscita el dilema, siempre hay buenas razones para posponer su solución. En tiempos de bonanza, la idea ni nos roza las neuronas. Sólo a un loco se le ocurriría llamar al diablo cuando ni su propia madre quiere verlo venir. En tiempos de penuria, tampoco hay ambiente.
Con una crisis económica de siete pares y una guerra civil que entierra casi a un millar de personas al año, ¿por qué perder el tiempo discutiendo semejantes necedades?
Lo peor es que lo son. Y no es porque el problema carezca de importancia. Es que los políticos lo han banalizado con su asqueante chantaje cuatrienal. Cada vez que el quiosco se les tambalea, abren las trincheras ideológicas para engatusar a la feligresía rebelde. Y vuelven a estatuficarnos hasta el tuétano a sabiendas de que a ninguno de ellos le importa un divino el desbloqueo del tranque ancestral.
Existe una obvia complicidad de intereses entre Estados Unidos y Puerto Rico. Si a los de acá el estatus no les quita el sueño, ¿cómo no les va a resbalar a los de allá? Nadie está acostándose a lo Gandhi frente al tren urbano para exigirles un cambio. Nadie está fletando aviones para ir a jorobarles la paciencia a los cangrimanes de Capitol Hill. La filosofía oportunista del pájaro en mano desemboca en la parálisis del “non meneallo”.
Para los americuchis, negocio redondo: lo que reparten en dádivas paternales lo cosechan en ganancias mercantiles. Para nosotros, banquete de migajas: cualquier escrúpulo patriótico se ahoga en el tsunami de fondos federales. Por eso, el que grite colonia pierde aunque se esté cayendo a cantos el País. De ahí el éxito arrollador del estadolibrismo, esa especie de suspensión amniótica en la que chapoteamos hace más de seis décadas.
Así las cosas, no resulta extraño que la Administración Obama haya bajado con un informe tan favorable al limbo territorial. No cabe duda de que sus planes contemplan la rehabilitación del moribundo ELA. Para eso, necesitan una consulta que lo revalide y, sobre todo, que le encargue a San Alejo Security el incordio de la estadidad. No en balde el liderato popular se ha espatarrado de júbilo ante el proyecto. Ya no tendrán que romperse la cabeza buscando un nombre respetable para rebautizar su embeleco. Los pápises del norte lo prefieren muñocistamente igual.
¿Y la oposición? En intensivo, gracias. Mientras su ideal se desmorona, los jeques estadistas procuran fabricar, con un plebiscito ganso, una supermayoría artificial. El colmo del patetismo es esa victoria heroica que pretenden apuntarse sobre una independencia criminalizada y marginada para luego enfrentarse nada menos que a la desprestigiada “opción” colonial. Una maniobra tan absurda huele a desesperación. ¿Será que han entendido demasiado bien el entrelíneas del Task Force imperial?
Desprovisto de cualquier credo que no sea el del billetaje verde, el estadoísmo nunca ha podido alcanzar el rango de movimiento descolonizador. Su prédica de un americanismo mimético y sumiso no inspira ni al fantasma de Barbosa.
Sus funcionarios electos se han dedicado al tumbe presupuestario y a la pantomima del no-poder. Y lejos de lograr la tan cacareada dignidad política, han propiciado exactamente lo contrario: la desigualdad federalizada.
El independentismo -afiliado o realengo- sigue esperando la guagua con el presentimiento de que ya pasó. Atenido a su vocación profética, insiste en que todo lo ha dicho, redicho y predicho desde la época de Agüeybaná. Sus tres sesudas teorías se columpian en la cuerda floja de la credibilidad: que la independencia se adelanta con la crisis, que los americanos la impondrán como detente anti-estadista y que los populares conversos la disfrazarán de soberanía monga para colarla por la puerta de atrás.
Entre plebimitos y otros refritos, con razón los puertorriqueños han perdido la fe en la redención colectiva. La única mística que los convoca ahora es el sálvese quien pueda de la sobrevivencia individual.
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Ivonne Acosta Lespier
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