El escándalo
sobre la infidelidad del director de la CIA, David Petraeus, revela una vez más
la doble moralidad de los estadounidenses en el poder. Para la clase dirigente de los Estados Unidos
es mucho peor acostarse con otra mujer que ser responsable de haber prolongado la
guerra y las muertes en Afghanistan como lo es Petraeus. En esto coinciden
dos columnistas de muy diferentes medios: Maureen Dowd en The New York Times y
Luis Martín-Cabrera en Rebelión.
Maureen Dowd es
siempre mordaz en el tono de sus escritos. En su columna titulada "Reputation, Reputation, Reputation", se burla del
renunciante Petraeus a quien se refiere por su apodo “Peaches” (que sugiere
muchas cosas no asociadas con un militar de renombre como ese). Dowd lo describe como un hombre acostumbrado
a ser un semidios, una celebridad y a influir en la opinión pública. Por eso no aceptó que Obama quisiera salir de
Afghanistan el primer año de su mandato como presidente electo y empezó de
inmediato una campaña privada a favor del “surge” en ese país. Lo increíble es que Obama cayó en esa trampa y
Dowd lo describe así:
Petraeus rolled the younger commander
in chief into going ahead with a bound-to-fail surge in Afghanistan, just as, half a century earlier,
the C.I.A. had rolled Jack Kennedy into going ahead with the bound-to-fail Bay of Pigs scheme. Both missions defied logic, but the
untested presidents put aside their own doubts and instincts, caving to
experience. Once in Afghanistan, Petraeus welcomed prominent conservative hawks from Washington think tanks. As Greg Jaffe wrote in The Washington Post, they were “given permanent office space at his headquarters and access to military aircraft to tour the battlefield. They provided advice to field commanders that sometimes conflicted with orders the commanders were getting from their immediate bosses.”
Concluye que el
resultado fue la muerte de muchos jóvenes americanos y civiles afganos en una
guerra que se extendió demasiado. Eso para Dowd es el verdadero escándalo.
Por su parte,
Martín-Cabrera lo dice todo en el título mismo de su artículo “¿Qué es eyacular
en la vagina equivocada comparado con bombardear un país? No puedo menos que estar de acuerdo con lo
que dice sobre el “escándalo Petraeus”:
Hay algo profundamente perverso,
transparentemente perverso, en este escándalo de chicas de “sorority” tirándose
de los pelos por su machote preferido. Todo esto sería esperpéntico y risible,
sino fuera por la podredumbre moral que expresa: que para la clase dirigente de
este país es más reprobable una infidelidad que ordenar bombardeos con aviones
no tripulados, levantar prisiones clandestinas, detener indefinidamente a
prisioneros en Guantánamo, desestabilizar países y tantas otras formas de
violencia sancionada y no sancionada. ¡Viva el heterosexismo fundamentalista!
Es peor perseguir tu deseo, aunque sea ilegal, aunque sea pecado, aunque sea un
adulterio, que dirigir la maquinaria de muerte más poderosa del mundo.

