domingo, 1 de noviembre de 2015
Columna de Ana Lydia Vega: "Los 'locos' de la patria"
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Ivonne Acosta Lespier
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Labels: Ana Lydia Vega, historia, La Insurrección Nacionalista de 1950, Ley de la Mordaza
domingo, 8 de enero de 2012
Ana Lydia Vega y su columna sobre la despedida del 2011
Iba a escribir sobre este asunto pero al leer la columna de Ana Lydia esta mañana pienso que mejor la dejo de escritora, huésped de honor, en mi blog.
Tonada de Año Nuevo
El sonado vídeo puertorriqueño de la despedida de año a tiro limpio ha causado casi tanta sensación como el de aquel notorio trasero senatorial. Hasta provocó una reacción indignada del “Sindicato de gatilleros encapuchados”, simpatizantes autodeclarados de la campaña pacifista papocristiana.
Y con razón. Nadie quiere cargar la culpa del salvajismo generalizado que volvió a desatarse pese a las súplicas de tregua navideña piadosamente sometidas por los periodistas a los ejecutivos de la narcoindustria.
El vídeo de marras me trajo a la memoria otro espectacular micrometraje de YouTube difundido el año pasado. Es el de la maestra de kinder que, en pleno tiroteo entre matones, calmaba a los niños con una canción. Pongan las caritas en el piso, se le oye decir entre detonaciones de armas largas. Los pequeños la obedecen temblando y llorando. Y ella entona una melodía que, cachetes sobre losetas, el coro horizontal comienza a cantar: “Si las gotas de lluvia fueran de chocolate...”
La historia es tan conmovedora como escalofriante. El escenario, un salón de clases poblado de infantes aterrorizados, tiene como telón de fondo la masacre droguera en el municipio mexicano de Monterrey. La música y la fantasía sirven aquí de escudo contra los horrores del mundo exterior, ese campo de batalla ilimitado en el que se exterminan mutuamente los verdugos a sueldo de carteles rivales.
Simbolismo no le falta al episodio: arte contra muerte, educación contra barbarie. Con un acto de magia improvisada, una maestra brava y tierna protege del caos asesino las delicadas mentes de sus alumnos.
Su inventiva de emergencia convierte las balas en gotas de lluvia con sabor a chocolate. Y, de paso, les demuestra a los chicos el poder infinito de la imaginación.
En países como el nuestro, eternamente sujetos a catástrofes climáticas, políticas, económicas y sociales, sobreponerse a las desgracias es casi una especialidad. Cuando los cuatro jockeys del boricualipsis –miseria, ignorancia, corrupción y violencia– nos tiran encima sus caballos furiosos, afinamos por fuerza estrategias de salvación.
Hay quien se encierra a doble llave entre los muros y las rejas de Villaestrés. Hay quien se dedica a soñar con un lugar lejano y perfecto donde reinen por siempre el orden y la tranquilidad. Y hay quien se tira de pecho al degenere como antídoto a la persistencia inmisericorde del “down”. Toda jugada conlleva sus riesgos. La primera podría conducir al consultorio del siquiatra, la segunda, al aeropuerto y la tercera, al hospital.
Por suerte, formas menos drásticas de capear las crisis crónicas también están disponibles. Una de ellas requiere encarar las desventuras como observador distanciado. Para eso, habría primero que ponerse filosófico, meditar sobre la extrema brevedad de la existencia y la absoluta inutilidad de recomerse las entrañas por lo que, al fin y al cabo, no se puede controlar. Y, después, a pasearse indiferente entre casquillos y cadáveres.
La postura del escéptico divertido es una variante placentera de la anterior. Burlarse de todo –hasta de uno mismo– resulta sumamente terapéutico. Toda adversidad, por peor que sea, produce algún motivo legítimo de risa. Menos mal que en Puerto Rico la política es fuente inagotable de ridiculeces y payasadas. Si hubiera que tomarla en serio, las bajas potenciales de la salud mental serían más numerosas que las del crimen.
A falta de vocación migratoria, la posibilidad de la fuga intermitente ayuda a mantener boyante el ánimo, aunque no el bolsillo. Esa opción, accesible sólo a los abilletados, permite esquivar el calor, los malos ratos, las temporadas de huracanes y las navidades. El turista esporádico disfruta así, por espacio de un viaje, la ilusión de la evasión, y se ahorra los molestos escozores de la nostalgia con el regreso al rincón natal. A veces, tras un día particularmente feroz, uno se acuesta con el moco caído.
La locura y la apatía parecen haber ganado la partida. El País se va a pique y, con él, la energía vital. El manual “Cien razones para largarse p’al carajo” está ahí, al alcance del deseo. Entonces es cuando a uno se le forma la cortina en los ojos y el taco en la garganta.
Pero, acabando de apagar la luz, sin que nada lo anuncie ni lo explique, uno escucha esa vocecita tenue, traviesa, inesperada que, desde el fondo de la voluntad, se ha puesto a cantar como un niño bajo el embate incontenible de la balacera. Y ya hoy es ayer. Y mañana será otro día.
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Ivonne Acosta Lespier
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domingo, 3 de abril de 2011
Ana Lydia Vega lo expresa mejor en cuanto al embeleco plebiscitario
Por si no han visto su columna de hoy en El Nuevo Día, la reproduzco completa porque vale la pena. Estoy totalmente de acuerdo con la admirada escritora boricua.
Ya sé que el tema del estatus les da urticaria y que los tejemanejes plebiscitarios son capaces de provocarles una crisis fulminante de aborrecimiento terminal. A mí también, por si les sirve de consuelo.
Pero la culpa no es huérfana. Por no acabar de meterle mano al asunto, seguimos encajándoles el karma a los pobres boricuas del futuro. Perdón: “del futuro” es mucho decir. En unas cuantas décadas, la deserción masiva hacia la Florida podría vaciar de gente esta isla y dejársela a las dos o tres iguanas que hayan sobrevivido al holocausto del gasoducto.
Aparte de la indiferencia bostezante que suscita el dilema, siempre hay buenas razones para posponer su solución. En tiempos de bonanza, la idea ni nos roza las neuronas. Sólo a un loco se le ocurriría llamar al diablo cuando ni su propia madre quiere verlo venir. En tiempos de penuria, tampoco hay ambiente.
Con una crisis económica de siete pares y una guerra civil que entierra casi a un millar de personas al año, ¿por qué perder el tiempo discutiendo semejantes necedades?
Lo peor es que lo son. Y no es porque el problema carezca de importancia. Es que los políticos lo han banalizado con su asqueante chantaje cuatrienal. Cada vez que el quiosco se les tambalea, abren las trincheras ideológicas para engatusar a la feligresía rebelde. Y vuelven a estatuficarnos hasta el tuétano a sabiendas de que a ninguno de ellos le importa un divino el desbloqueo del tranque ancestral.
Existe una obvia complicidad de intereses entre Estados Unidos y Puerto Rico. Si a los de acá el estatus no les quita el sueño, ¿cómo no les va a resbalar a los de allá? Nadie está acostándose a lo Gandhi frente al tren urbano para exigirles un cambio. Nadie está fletando aviones para ir a jorobarles la paciencia a los cangrimanes de Capitol Hill. La filosofía oportunista del pájaro en mano desemboca en la parálisis del “non meneallo”.
Para los americuchis, negocio redondo: lo que reparten en dádivas paternales lo cosechan en ganancias mercantiles. Para nosotros, banquete de migajas: cualquier escrúpulo patriótico se ahoga en el tsunami de fondos federales. Por eso, el que grite colonia pierde aunque se esté cayendo a cantos el País. De ahí el éxito arrollador del estadolibrismo, esa especie de suspensión amniótica en la que chapoteamos hace más de seis décadas.
Así las cosas, no resulta extraño que la Administración Obama haya bajado con un informe tan favorable al limbo territorial. No cabe duda de que sus planes contemplan la rehabilitación del moribundo ELA. Para eso, necesitan una consulta que lo revalide y, sobre todo, que le encargue a San Alejo Security el incordio de la estadidad. No en balde el liderato popular se ha espatarrado de júbilo ante el proyecto. Ya no tendrán que romperse la cabeza buscando un nombre respetable para rebautizar su embeleco. Los pápises del norte lo prefieren muñocistamente igual.
¿Y la oposición? En intensivo, gracias. Mientras su ideal se desmorona, los jeques estadistas procuran fabricar, con un plebiscito ganso, una supermayoría artificial. El colmo del patetismo es esa victoria heroica que pretenden apuntarse sobre una independencia criminalizada y marginada para luego enfrentarse nada menos que a la desprestigiada “opción” colonial. Una maniobra tan absurda huele a desesperación. ¿Será que han entendido demasiado bien el entrelíneas del Task Force imperial?
Desprovisto de cualquier credo que no sea el del billetaje verde, el estadoísmo nunca ha podido alcanzar el rango de movimiento descolonizador. Su prédica de un americanismo mimético y sumiso no inspira ni al fantasma de Barbosa.
Sus funcionarios electos se han dedicado al tumbe presupuestario y a la pantomima del no-poder. Y lejos de lograr la tan cacareada dignidad política, han propiciado exactamente lo contrario: la desigualdad federalizada.
El independentismo -afiliado o realengo- sigue esperando la guagua con el presentimiento de que ya pasó. Atenido a su vocación profética, insiste en que todo lo ha dicho, redicho y predicho desde la época de Agüeybaná. Sus tres sesudas teorías se columpian en la cuerda floja de la credibilidad: que la independencia se adelanta con la crisis, que los americanos la impondrán como detente anti-estadista y que los populares conversos la disfrazarán de soberanía monga para colarla por la puerta de atrás.
Entre plebimitos y otros refritos, con razón los puertorriqueños han perdido la fe en la redención colectiva. La única mística que los convoca ahora es el sálvese quien pueda de la sobrevivencia individual.
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Ivonne Acosta Lespier
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